Identidad, Modernidad y Familia

Rodríguez Salón, R.  (2010). Identidad, Modernidad y Familia. Anuario Electrónico de Estudios en Comunicación Social "Disertaciones", 3 (1), Artículo 5. Disponible en la siguiente dirección electrónica: http://erevistas.saber.ula.ve/index.php/Disertaciones/

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Identidad, Modernidad y Familia
IDENTITY, MODERNITY AND FAMILY

* Rodríguez Salón, Román, Profesor de la Universidad de Los Andes - Mérida.

 

Indice

 

  • RESUMEN

El presente discurso analiza la condición de algunos procesos de formación de la identidad de las generaciones más jóvenes, relacionados directamente con la organización de la familia y con los cambios de reingeniería que se suceden en el presente dentro de las funciones del núcleo familiar. Dos categorías de análisis son básicas en este estudio: la pretensión de autenticidad y los procesos de diferenciación. Ambas categorías están íntimamente relacionadas, y su condición actual denota un problema de fondo: el achicamiento del horizonte de las fuentes de la identidad; y connota la ambivalencia del conjunto de valores socializados por la familia y otras agencias sociales.

Palabras clave: Identidad, familia, modernidad, reingeniería, capitalismo flexible, valores sociales.

Recibido: 15 de marzo de 2010
Aceptado: 09 de abril de 2010

  • ABSTRACT

The present speech analyzes the condition of some processes of formation of the identity of the youngest generations, related directly to the organization of the family and with the changes of reengineering that happen in the present inside the functions of the family core. Two categories of analysis are basic in this study: the pretension of autenticity and the processes of differentiation. Two categories are intimately related, and his current condition denotes a basic problem: the achicamiento of the horizon of the sources of the identity; and it connotes the ambivalence of the set of values socialized by the family and other social agencies.

Key words: Identity, family, modernity, reengineering, flexible capitalism, social values.

Submission date: March 15th 2010
Acceptance date: April 09th 2010

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1. Introducción. Familia e identidad generacional.

Cada generación vive sus tiempos de auge y sus momentos cataclísmicos de declive. La nuestra no es la excepción. Escribir, desde una perspectiva sociológica, sobre la situación de la juventud en la modernidad que nos ha tocado como historia de nuestra experiencia, representa un acto de descripción y, en algunos casos, de prescripción sobre el auge y la caída de los contenidos de nuestra civilización, en la que “el futuro es esbozado en el presente por medio de la organización reflexiva de los ambientes de conocimiento” (Giddens, 1996: 36); de lo cual se desprende que, dado que la familia constituye la organización primaria donde el lenguaje de esa reflexión es aprehendido concientemente (aunque no necesariamente comprendido), es válido estructurar el análisis de los procesos de formación de la identidad de las generaciones más jóvenes en términos de la relación entre el estatus sociológico de la familia y la eficacia de los procesos de identidad que en ella se recrean.

El atractivo del declive de nuestra generación temporal es una oferta tentativa, y más lo es cuando toca las fibras sensibles de las generaciones más jóvenes siempre propensas a la rebeldía y al cambio radical del orden social. Sin embargo, primeramente debe entenderse que la crítica, convertida en diagnóstico de nuestro tiempo, sólo es resultado de una profunda reflexión descriptiva de la relación entre experiencia, marco social (familia) e identidad de los miembros de la sociedad; por ello, las ideas principales del presente discurso se dirigen al análisis de esta relación.

En la actualidad, y respecto al proceso de formación de su cosmovisión del mundo y de su posición identitaria respecto a ese mundo, las generaciones más jóvenes se enfrentan,  al menos, a tres grandes contradicciones: la primera de ellas, es el cambio repentino y estructural de la cosmovisión de socialidad proveniente de los valores enseñados en la ‘vida’ familiar; la segunda, se refiere a la construcción de la identidad del ‘yo’, en un mundo normativamente más comprensible y aprehensible, pero fácticamente más estrecho y cerrado; la tercera de las contradicciones está representada por la condición del aumento de la percepción de riesgo estructural que contrasta con la condición de transformación psico-biológica que ocurre en la pubertad.  

En estas contradicciones el análisis debe abordar un elemento complejo principal: la pubertad se presenta como la condición cataclísmica de los aspectos bio-fisiológicos de las generaciones más jóvenes. La identidad formada y la identidad en formación se enfrentan en una lucha interna, una por sobrevivir y la otra por imponerse ante los cambios fisiológicos. Es una lucha que se ocurre en el terreno normal de la autonomía del ser-en-el-mundo del sujeto que la experimenta en su interior, pero cuando dicha lucha interna se contrasta con la lucha exterior por la propia supervivencia (por ejemplo, cuando observamos que “ahora que la naturaleza como fenómeno externo a la vida social, ha llegado al ‘fin’ en cierto sentido… los riesgos de la catástrofe ecológica constituyen una parte inevitable de nuestro horizonte cotidiano” -Giddens, 1996: 37), la normalidad sede espacios al conflicto de las pre-programaciones estructurales de la identidad y como consecuencia, la propia formación de esta se convierte en un proceso obscuro y conflictivo en sí mismo; especialmente cuando las presiones sociales pretenden, junto a la visión de la era cataclísmica, asignar roles subalternos a la familia.

Así observado, estas contradicciones arrastran consigo a los procesos de identidad (no a la identidad misma) a la ambivalencia – esa “posibilidad de referir un objeto o suceso a más de una categoría” (Bauman, 1996: 73), esto es, generan condiciones para aumentar la posibilidad de que las agencias de socialización como la familia y la capacidad bio-fisiológica cognoscitiva del sujeto joven para aprehender y comprender dicha socialización sean referidas a más de un objeto, suceso, valor, categoría, fuente, generalmente contradictorios.

En este sentido, la familia, otrora unidad de socialización básica de las sociedades industriales, a raíz de cambios profundos como el advenimiento de la sociedad post-industrial (Bell, 1979) y el advenimiento del capitalismo flexible (Sennett, 2000), ha experimentado transformaciones internas y externas que afectan el grado de seguridad que, por un lado, reducía las posibilidades de ambivalencia de los procesos de formación de la identidad y que, por otro lado, sustentaba la presión organizacional para socializar específicos contenidos valorativos de experiencia, tradición, historia, interacción y comunicación dirigidos a la creación de la cosmovisión del mundo y de la visión de propiedad de su lugar en el mundo de los miembros más jóvenes de la sociedad.

Internamente, en buena medida, la familia se observa afectada en el grado de eficacia con que trasladaba a la psico-socialidad de los niños y adolescentes aquellas enseñanzas de la experiencia de los propios miembros de la familia, de la historia familiar y, principalmente, de la experiencia de los padres. El grado de presión moral, constituido a partir de las concepciones de ‘bueno-malo’, ‘permitido-sancionado’ y ‘correcto-incorrecto’, ha decrecido en las estructuras de pedagogía de la familia, porque las figuras con capacidad de asignación autoritativa de valores, o bien se han reducido en su número porque la familia se ha vuelto más estrecha (familia nuclear), o bien han desplazado el centro de atención desde la familia hacia el trabajo enmarcado en un sistema laboral flexible (Sennett, 2000).

Externamente, la familia combate, sin las fuerzas y racionalidad suficiente, contra la irrupción de medios y agencias de pedagogía de valores y de socialización directa, cuyos contenidos son, generalmente, ajenos al conjunto de tradiciones y procesos de formación de la identidad a partir de los cuales fueron educados e integrados éticamente a la sociedad los hoy jefes de familia.

Esto implica tanto un cambio en las formas y contenidos de integración ética en la sociedad como una profunda transformación de la constitución del tejido moral de esta, porque, tras la reducción de la efectividad de la pedagogía familiar de valores, las tendencias siempre presentes de los miembros más jóvenes a criticar todo, a derrumbar las barreras del mundo y a revolucionar el status quo pasan por otro tamiz del conocimiento del mundo que no es la propia enseñanza de valores familiares, al menos no principalmente; y en este sentido, el mundo futuro, como en A. Giddens (1996), puede seguir siendo “esbozado en el presente por medio de la organización reflexiva de los ambientes de conocimiento” (36), pero la seguridad y la capacidad vinculativa de los principios de esa reflexión y de esos ambientes de conocimiento (incluso el contenido de ese conocimiento) ha entrado en una a-lógica de ambivalencia, en la cual se produce, en referencia a las generaciones más jóvenes, lo que A. Bloom denomina como ‘el cierre de la mente moderna’ (Bloom en Taylor, 2002: 49).

Desde éste enfoque de cambios internos y externos de la familia, los principales esfuerzos de análisis se dirigen a la aprehensión y comprensión de la condición contemporánea del proceso de formación de la identidad de los miembros jóvenes de la sociedad; específicamente, se estudia el sentido de los valores de socialidad, esto es, al conjunto de significados psico-sociológicos que interiorizan los niños y adolescentes desde agencias especializadas de socialización, en este caso particular, las agencias familiares en el marco de lo  que Ch. Taylor (2002) denomina ‘ética (pretensión) de autenticidad’.  

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2. Aspectos teórico-metodológicos

Es lugar común entre los autores que realizan aportes teóricos y descriptivos sobre nuestro tiempo, determinar el sentido cultural de la modernidad a partir de la ‘capacidad de presión espiritual’ que ejerce la cultura sobre la organización de la sociedad y sobre la identidad de sus miembros, individuales y colectivo-institucionales. Sin embargo, desde los objetivos planteados en el presente estudio, adherirse a estos enfoques metodológicos implicaría desplazar algunos elementos vitales para el cumplimiento de dichos objetivos, ya que, generalmente, en estos análisis

No hay [algunas veces válidamente] una concepción del actor social que usa sus recursos interpretativos para entender el carácter de las circunstancias en la que se encuentra y que, como parte de este proceso, determina qué posibles alternativas se evaluarán con relación al orden normativo [cultural] de los acontecimientos en que se haya envuelto (Heritage, 1990: 311).

Las contemporáneas críticas culturales de la modernidad actual (Herederas de la tradición weberiana, en el sentido de que para dicho autor era “evidente de suyo la conexión interna, es decir, la relación no contingente entre modernidad y lo que él llamó racionalismo occidental” (Habermas, 1989: 11)), resultan, al menos, en tres unidades problemáticas generales: a) “la primera fuente de preocupación la constituye el individualismo… vivimos en un mundo en el que las personas tienen derecho a elegir por sí mismas su propia regla de vida, a decidir en conciencia qué convicciones desean adoptar…” (Taylor, 2002: 38). b) la segunda unidad se define como la consecuencia de la secularización racionalista del mundo, “podríamos llamarla como la primacía de la razón instrumental” (2002: 40). c) la tercera unidad hace referencia a la pretensión de dominación del individualismo y de la razón técnica: “se trata de que las instituciones y estructuras de la sociedad tecnológico-industrial limitan rigurosamente nuestras opciones, que fuerzan a las sociedades como a los individuos a dar a la razón instrumental [y a la individualidad] un peso que nunca le concederíamos en una reflexión moral seria, y que incluso puede ser enormemente destructiva” (2002: 44).  

Cada unidad problemática se hace de su auditorium particular, en términos de métodos y preocupaciones de análisis: el individualismo, en sentido crítico, se presenta como el análisis de las consecuencias que la moderna organización social trae consigo respecto al despliegue de la subjetividad moral de los hombres, lo que terminará, de seguir el curso histórico coagulado, en la destrucción de la socialidad, incluso de los nexos sociológicos de agencias de socialización como la familia; entre estos estudios, los ensayos de corte marxista juegan un papel principal como crítica a la alienación, a la anomia y a la cosificación de la sociedad. La razón técnico-instrumental se presenta como el centro de los estudios culturalistas que pretenden encontrar lineamientos y fundamentos axiales que permitan, mediante la prognosis social, dar transparencia a la oscuridad de los cambios que trae el advenimiento de la sociedad post-industrial; bien representativo de esta corriente son los análisis de D. Bell (1979 y 1997); la pérdida de la libertad ante la dominación de la tecnología y del individualismo (egoísmo) analiza el fuste torcido de esa filosofía práctica cuyas exposiciones están centradas en el presupuesto de que “en el mundo moderno la peculiaridad infinitamente particular puede hacer valer sus pretensiones” (Habermas, 1989: 29).

A diferencia de estas corrientes teórico-metodológicas, nuestro análisis de la formación de la identidad de las generaciones jóvenes contemporáneas, partiendo de su relación con la familia entendida como agencia primaria de socialización y pedagogía de valores de socialidad, se inicia con el uso, al menos, de dos categorías de análisis: a) la pretensión de autenticidad como valor moral y; b) la explicación del estatus sociológico de los procesos de integración ética (enseñanza de valores sociales) a partir del funcionamiento de la organización familiar.

La pretensión de autenticidad, representa lo contrario al fuste torcido de la individualidad. Tal fuste consiste en la no-diferenciación entre individualismo y egoísmo, entendiendo por el primero “una idea moral… [y por el segundo] un fenómeno amoral, algo parecido a lo que entendemos por egoísmo… que supone un fenómeno de descomposición, en el que la pérdida del horizonte tradicional deja tras de sí la anomía, y en el que cada cual se las arregla por sí mismo” (Taylor, 2002: 56). En este sentido, para que la modernidad se constituyera como nova aetas hubo que colocar como principio fundante el rol de clasificar, “en otras palabras, [hubo] de dotar al mundo [moderno] de una estructura: manipular sus probabilidades; hacer algunos sucesos más verosímiles que otros; comportarse como si algunos sucesos no fueran causales o limitar o eliminar la arbitrariedad de los acontecimientos” (Bauman, 1996: 74). Siendo así, la individualidad sólo adquiere sentido determinado cuando clasifica entre un entorno (de individuos y objetos) y un sistema cognitivo interior.

Y así como adquiere sentido la nova aetas clasificando entre entorno histórico medieval y despliegue de la subjetividad de una nueva era ‘aparte de la historia’, concentrándose en la división clasificatoria pasado/progreso, así también (de modo similar) adquiere sentido la individualidad cuando la estructura que forma es la identidad del sujeto autónomo particular, cuestión que, generalmente se inicia con las clasificaciones del ‘yo’ y el mundo exterior. En contraste con los análisis de crítica cultural, la pretensión de autenticidad se dirige más al habitus conceptuado por P. Bourdieu que al sistema de roles y normas de T. Parsons (1976). En tal sentido, la formación de la identidad así entendida, permite que la formación de la clasificación ‘yo’/mundo “genere estrategias que permitan a los agentes habérselas [como en el concepto bourdeano de habitus] con situaciones imprevistas y continuamente cambiantes” (Bourdieu y Wacquant, 2008: 44), sin que, con el cambio de situación se genere un cambio de condición de la propia identidad. 

Sin embargo, siguiendo el sentido de P. Bourdieu, entendida la identidad como pretensión de construcción y conservación de la autenticidad (incluso de su validación), ella sólo es operativa armando estrategias autónomas respecto al marco social, y en esto la clasificación entre el ‘yo’ y el mundo vuelve a aparecer. En contraste con el concepto de habitus/identidad, el concepto de campo se entiende como sigue:

Cada campo prescribe sus valores particulares y posee sus propios principios reguladores. Estos principios delimitan un espacio socialmente estructurado en el que los agentes luchan, según la posición que ocupan en ese espacio, ya sea para cambiar o para preservar sus fronteras y su forma… [de esta forma] un campo es un sistema modelizado de fuerzas objetivas (muy a la manera de un campo magnético), una configuración relacional dotada de gravedad específica que se impone sobre todos los objetos y agentes que se hallan en él (Bourdieu y Wacquant, 2008: 42).

Entendido así, el proceso de integración ética que determina el grado no-relativo de autonomía para armar las estrategias sociales de los miembros más jóvenes de la sociedad, se encuentra íntimamente relacionado con el estatus sociológico de la agencia familiar que funge como campo social para las estrategias de formación de la identidad. Cada proceso de integración ética se corresponde con el sistema modelizado de fuerzas objetivas que en la familia se constituyen de manera estructural-tradicional. Al tiempo que se corresponde a la capacidad y al contenido de vinculación del sistema de roles y normas de la sociedad.

De esta manera, la crítica culturalista queda integrada, en el sentido del análisis de la identidad de las generaciones más jóvenes, en un marco general de análisis en el cual “se trata de saber cómo los hombres [individuos], aislados pero al mismo tiempo en una extraña comunión, acometen la empresa de construir, probar, mantener, alterar, legitimar, cuestionar, definir un orden juntos [a partir de su propia identidad, la cual implica pretensión de autenticidad] (Garfinkel en Heritage, 1990: 300).  

Sin embargo, tal marco no es sólo metodológico-individualista, pues también presupone la existencia de consecuencias fácticas estructurales de la forma occidental como se ha construido la modernidad, en tanto acepta como presupuesto que “el que muy diferentes asentamientos culturales alimentan una fe en la coherencia de la vida cotidiana, la cual es realizada a través de las interpretaciones simbólicas de las interrogantes existenciales, es algo… muy importante [e incluso determinante para nuestras sociedades contemporáneas]” (Giddens, 1996: 45).

Dos etapas del desarrollo de la investigación serán presentadas a continuación. En la primera, con el contraste del estatus sociológico actual de nuestro sistema de la cultura, se analizarán las condiciones  de la pretensión de autenticidad y los problemas principales que le son inherentes, en términos de la formación de la identidad de los miembros más jóvenes de la sociedad; en la segunda, a partir de tal estatus, se analizarán algunos de los principales procesos de integración ética de la familia, como la autoridad, la socialización de valores y la pedagogía de las experiencias de adultos a jóvenes. Hay que advertir de una vez que, estas dos cuestiones, aparecen en una sucesión de continuidad en el punto que sigue.

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3. Pretensiones de autenticidad. Individualismo integrador vs. Individualismo corrosivo

La autenticidad, al menos en Occidente, ha sido parte del imaginario social de nuestra civilización. Desde el heroicismo homérico hasta la corrosión del carácter de R. Sennett, la pretensión de hacer valer la particularidad frente a la historia y frente a los contemporáneos, generalmente estructurada como diferencia, es parte de nuestro imaginario social.

Así, entendiendo que “un imaginario social no es un conjunto de ideas; es más bien lo que hace posible las prácticas de una sociedad, al darles un sentido” (Taylor, 2006: 13), la autenticidad, definida por ese carácter clasificatorio que sólo se presenta como conciencia de sí en el ‘yo’ del individuo, hace valer sus pretensiones estructurales como ideal moral: “este se convierte en algo de crucial importancia debido a una evolución que tiene lugar después de Rousseau y que asocio a Herder… [quien] adelantó la idea de que cada uno de nosotros tiene una forma original de ser humano… que cada persona tiene su propia medida…” (Taylor, 2002: 64), siendo que, desde tal perspectiva, la identidad es la auto-representación de esa propia medida frente a los ‘Otros’ del mundo social y frente al cosmos.

Dentro de la cultura, el ideal de libertad auto-determinada impulsa la estructura de la auto-clasificación de la identidad, esto es, la capacidad de usar el capital social histórico de la civilización, si bien no aprendiendo el lenguaje específico de la cultura, si aprendiendo a identificarse a partir de su lenguaje sedimentado. Esto evita que la cultura sea descaradamente opresiva y manipuladora, y aunque no deja de tener algo de ello, las normas y convenciones sociales permiten que el individuo haga valer, con mayor o menor grado de dificultad, su pretensión de ser-en-el-mundo. Como resultado,

Las prácticas humanas son la clase de cosa que se definen por tener un sentido, y eso significa que son inseparables de ciertas ideas… y lo que encontramos en la historia de la humanidad es más bien un abanico de prácticas que son ambas cosas al mismo tiempo, es decir, prácticas materiales desarrolladas por seres humanos en el espacio y el tiempo, a menudo de forma coercitiva, y también modos de comprenderse a sí mismos, autoimágenes (Taylor, 2006: 47)

En esto la familia juega un rol fundamental: en su estructura de interacción social la lengua materna, en relación a la geografía, es internalizada en el uso cotidiano de la palabra. La ‘clarificación clasificatoria’ del lenguaje se convierte en uno de los primeros pasos de la identidad. La diferencia entre la comprensión de lo que J. Habermas (1996) denomina marco de entendimiento comunicativo1, supone un aparte de la posición de las generaciones más jóvenes respecto a miembros cuya socialización ha gastado más tiempo y recursos.

La efectividad, medida en tiempo requerido, de la formación de la identidad depende en alto grado de la claridad de las normas del marco de entendimiento comunicativo familiar: mientras más tiempo se dedique al perfeccionamiento de la comprensión de dichas normas (clarificación y clasificación) más acelerado será el proceso de formación identitaria.  

Adelantado este proceso de diferenciación inicial, el proceso de constitución de la identidad de los miembros más jóvenes de la familia atraviesa una etapa importante conocida como la relación mímesis/diferenciación, a partir de la cual el capital social de la familia, ese conjunto “de experiencias compartidas… logros  y talentos individuales” (Sennett, 2000: 88), queda expuesto para que, en su autodeterminación inicial, los miembros jóvenes echen mano de los sedimentos experenciales de los miembros mayores de la familia; sedimentos que van desde la ocupación profesional de los padres hasta el aprendizaje del lenguaje de nuestra civilización, generalmente utilizado para darle continuidad a las pretensiones de disminución del riesgo social y natural.

En el forjamiento de un contenido de identidad específico, lo que implica ya una cierta madurez fisiológica en la cual “la maduración física del cuerpo erige… el escenario para la transición a una nueva fase de desarrollo” (Giddens, 2006: 89), la pretensión de autenticidad generaliza el resultado de la relación mímesis/diferenciación: si bien, los miembros de la familia mantienen lazos estrechos entre sí, juegan dentro de un contexto de reglas similares, son socializados por valores formalizados, la generalidad resultante apunta a la diferenciación, esto es, a la formación de un sentido aparte del ‘yo’.

A tenor de la segunda etapa que anunciamos supra, referente a los principales procesos de integración ética de la familia, importa decir que, si bien el proceso de formación de la personalidad se inicia en un contexto común y adquiere del campo de la familia valores comunes, interioriza los valores sociales a través de modos diferentes de interpretación en términos de gradación de la capacidad de interiorización y de los recursos que se usen para aprehender y comprender la acción del proceso de socialización familiar. Con ello se produce “… aquello que es esencial para los participantes en esa acción: la inteligibilidad mutua [padres/hijos] y la explicabilidad moral de la acción” (Heritage, 1990: 311).

De esta manera, en la familia todo proceso de socialización y pedagogía de valores, en las diferentes etapas de la evolución bio-psicológica de los miembros de las generaciones más jóvenes, “impone una demanda social que presagia las sanciones normativas asociadas con la posterior formación de relaciones sociales” (Giddens, 2006: 89). En tal demanda queda inscrito el sistema de roles y normas sociales basado en el esquema de premiaciones/castigos con el que modernamente se ha estructurado, de continuo, a la sociedad. Y si bien “cada individuo tiene el derecho [a la autenticidad, esto es, el derecho] de mantener una distancia de otros en la que preserve una privacidad… el propio ser tiene que avenirse a un compromiso social… [estructurado en términos de] el delicado reconocimiento de las necesidades de otros” (Giddens, 2006: 89).

Las funciones familiares son vitales en este sentido. Tanto la fijación del espacio de privacidad como la capacidad de diferenciar la estructura del lenguaje requieren recursos de atención inmensos que la familia debe aportar. Generalmente estos recursos tienen caracteres más normativos que materiales, pero estos últimos son también imprescindibles. Así, en la medida en que la organización familiar suponga la capacidad suficiente de recursos en esa medida la pretensión de hacer valer el derecho a tener privacidad con que se inicia la pretensión de autenticidad se convierte en más legítima y menos problemática, en la generalidad de los casos.

A pesar de las diferencias contextuales, la familia como agente de socialización se basa en la capacidad para crear las condiciones para la creación de relaciones sociales en que “se da un vínculo por el que los agentes se identifican mutuamente de forma personalizada” (Cohen, 1990: 391). La constitución de la familia depende del grado de éxito que sus miembros tengan en el establecimiento de ese vínculo. Son muchos los factores que intervienen en la eficacia de la arquitectura de las condiciones de identificación relacional personalizada, pero la dedicación, la autoridad y la atención representan, al menos, tres de los más importantes.

En su relación con la formación de la identidad del individuo, la familia se comporta como un agente de socialización con una doble estructura: interna, en la que se desarrollan y son ejecutadas las planificaciones referidas a la construcción racional de esquemas de pedagogía de valores, destinados a la integración social de los ‘nuevos miembros’ del grupo familiar. Externa, en que los procesos de planificación conducen a la interacción de los actores sostenedores materiales de la familia con las estructuras de la ocupación profesional y los vínculos establecidos a lo largo del despliegue de las experiencias particulares. Una estructura depende intrínsecamente de la otra para lograr el éxito, porque sea por formación de valores que capaciten una mejor interacción externa o sea porque las obligaciones y compromisos impulsen mejoras sustanciales en los esfuerzos por conseguir recursos de manutención, las funciones familiares dependen de la efectividad de ambas para aceptar como válida la pretensión de autenticidad y, al tiempo, para acceder a estrategias eficientes de clasificación pedagógica del lenguaje.

Desde tal perspectiva, la presión cultural sobre la constitución de la familia contemporánea se entiende como una condición sine qua non de la existencia de la propia familia: por su dependencia mutua, aunque la estructura interna y la externa cumplen roles diferenciales en métodos y espacios de ejecución (que, a la postre, son similares en fines de éxito familiar), en la práctica social la planificación interna de la familia queda, sin embargo, amarrada, en la generalidad de los casos, por el sentido que es específico de (y por tanto connatural a) la propia interacción (imprescindible) con las agencias externas de cara a los referidos fines.

Con esto queda demostrado, al menos en el nivel normativo, el cómo y el por qué de la reciprocidad del cambio de algunas estructuras sociales externas a la familia con la pretensión de autenticidad y con los procesos de formación de identidad desarrollados por las agencias familiares: con respecto a la pretensión de autenticidad, la ambivalencia y los riesgos de la sociedad de la reingeniería son trasladados a la familia por el entendimiento de reglas y roles producido en la esfera económica por parte de padres, representantes y profesionales de la atención y educación de los niños. Con respecto a los procesos de formación de la identidad, la reingeniería se convierte progresivamente en el método de reorganización de la estructura familiar. Las consecuencias, como veremos, de estas dos relaciones radican en el aumento del grado de ambivalencia y en las consecuencias del aumento de relativismo y el egoísmo como reacciones sociales predeterminadas a tal aumento.

En este punto, cobran importancia los aportes de los estudios culturalistas, porque analizados desde la perspectiva del impacto sociológico a los requerimientos de consumo de recursos de la familia y a los esquemas de planificación de los procesos de clasificación y clarificación del lenguaje, algunos cambios importantes generados por los programas de constitución de la sociedad post-industrial y del capitalismo flexible impactan profundamente en los propios programas familiares de formación de la identidad de la juventud.
Entre estos cambios se pueden destacar tres principales: “reinvención discontinua de las instituciones, especialización flexible de la producción y concentración sin centralización del poder” (Sennett, 2000: 48). Por razón de espacio explicaremos, a bien de continuar la exposición en otro estudio, el primero de estos cambios, no sin antes advertir que será desligado de su campo social de origen, residenciado en el contexto de las relaciones laborales contemporáneas.  

La reinvención discontinua de las instituciones apunta hacia la primacía de la superación de la rutina, al parecer de toda rutina social. El horror por las tradiciones (más que por el tradicionalismo) y por los males de una vida petrificada sin cambios se convierte en el leit motiv de las nuevas fórmulas de reengineering (reingeniería) de las instituciones sociales. Pese al consenso de  sociólogos renombrados en “el valor fundamental de la costumbre en las prácticas sociales y en la autocomprensión [y de que] probamos alternativas sólo en relación con hábitos que ya hemos dominado [con lo cual] imaginar una vida de impulsos momentáneos, de acciones a corto plazo, desprovista de rutinas sostenibles, una vida sin hábitos, es, en el fondo, imaginar una vida sin sentido” (Sennett, 2000: 45), sin embargo la reingeniería se ha apoderado de muchos de los procesos de constitución de las instituciones formales, principalmente de las ocupacionales.

Siendo que con el advenimiento de las prácticas de reingeniería “el resultado básico es la reducción de puestos de trabajo” (Sennett, 2000: 50), la preocupación de los miembros familiares cuyo compromiso con los requerimientos de manutención familiar son mayores se bifurca conflictivamente: por un lado, las preocupaciones por conservar el puesto de trabajo aumentan el grado de atención a las ya de por sí absorbentes funciones laborales; por otro lado, conlleva a que los miembros de la familia sean integrados, en la brevedad posible, a las ocupaciones profesionales remuneradas, como una vía de auto-estabilización con miras al éxito de las funciones de manutención familiar: mujeres y jóvenes se inician, ahora con mayor ahínco, en el mercado de trabajo.

En estos avatares de la condición laboral la reeingineering es arrastrada a las agencias de socialización familiares, con cambios importantes en sus funciones básicas de aportes efectivos a la construcción de identidades de sus miembros jóvenes: el inicio acelerado, poco alternativo y la reducción progresiva de la tasa de éxito en el mercado laboral impulsan cambios en las programaciones de atención de los niños y de educación de los adolescentes. Siendo el leit motiv la estabilidad de la manutención material y que los requerimientos normativos son imprescindibles, la programación de la atención de los niños y adolescentes cambia de curso; ahora los padres no serán exclusivos actores de atención y los contratos de profesionales en esta área aumentan exponencialmente.

El problema no se presenta en un sentido dual: en el momento en que se inicia la labor de los profesionales de la enseñanza y de la atención de niños y adolescentes se origina, al tiempo, la bifurcación del aprendizaje del sujeto que se dispone a construir su identidad: los padres establecen un sentido específico a los procesos de clarificación y clasificación del lenguaje, crean y recrean un ambiente comunicacional específico, pero esto lo hacen también los profesionales de la enseñanza y de la atención: domésticas y niñeras especifican y usan contenidos distintos de diferenciación, en especial aquellas valoraciones que entran en el sistema de sanciones, premiaciones, a lo que se suman las diferencias de la formación educacional, de los valores de identidad y de los esquemas de socialización.

La síntesis mímesis/diferenciación, al menos en lo que respecta a la identidad ocupacional y a las concepciones de bueno/malo, empieza a hacerse ambivalente: domésticas y niñeras especifican algunos valores, padres y demás miembros adultos especifican otros y a medida que avanzan los cambios físicos y psíquicos las estructuras formales asumen posiciones diferentes al respecto de estos contenidos. En el medio de este trinomio de agencias especificadoras los sujetos cuya identidad está en formación empiezan a referirse a más de una categoría y contenido. La programación de la conciencia inicia su recorrido en un mar de fuentes diversas, en conflicto algunas, otras pocas complementarias; sin embargo, con la garantía de que ninguna sigue ‘el modelo de la flecha guiada’.

En este sentido, la reingeniería complica la situación: las fuentes internas de especificación/diferenciación de valores se cambian constantemente, pues la irrupción del sistema laboral flexible alcanza prontamente al empleo de domésticas, niñeras y miembros del sistema de instituciones formales de educación. Internamente, el cambio es la regla y no la excepción: no sólo se cambian de continuo a los profesionales de la atención, la tensión empleo/desempleo permite lapsos temporales en que padres y representantes se encuentran en casa y prescinden de los servicios profesionales.

En etapas posteriores del desarrollo individual, cerca de los cambios físicos de la pubertad, la irrupción de la reingeniería en la construcción de la identidad a partir de los procesos de socialización de valores familiares atraviesa una etapa posterior de ambivalencia: el conflicto de los contenidos de la conciencia práctica.
Una conciencia práctica consiste en entender las reglas y las tácticas por las que se constituye y reconstituye la vida social diaria en tiempo y espacio. Actores sociales se pueden equivocar algún tiempo sobre lo que esas reglas y tácticas sean, y en esos casos sus errores pueden aparecer como ‘inconveniencias situacionales’. Pero toda vez que en la vida social exista continuidad, la mayoría de los actores no puede menos que acertar la mayor parte del tiempo; es decir: entiende lo que hace, y comunica logradamente su conocimiento a otros (Giddens, 2006: 123).   

En este punto, la comprensión de las reglas, lo que implica el conocimiento de su contenido pero también y más importante su reconocimiento (como válido) está atado a la multiplicidad conflictiva de valores: en la medida en que las primeras etapas de atención son superadas y en que la crianza ha pasado de ser función cuasi exclusiva de la estructura familiar para convertirse en función de las agencias formales de socialización y educación, la pretensión de autenticidad enfrentada desde el inicio a la coerción estructural de la agencia familiar y a las variaciones de los contenidos valorativos de clasificación/diferenciación inician el tránsito desde el contexto familiar a un contexto social tan ampliado como diverso, disperso y ambivalente.

Sin el reforzamiento de linealidades de aprehensión y comprensión de valores, las metas a largo plazo, los programas de planificación de las acciones sociales y la racionalización de la interacción con el otro social aquejan preocupantes debilidades. Si era difícil para el sujeto cuya conciencia se encuentra en formación crear cierto nivel de conciencia en la ambivalencia que arropa sus núcleos valorativos familiares, el tránsito a la educación formal y al contexto social ampliado resulta en una complejidad difícil de aprehender y comprender.

Es un problema de recursos interpretativos para entender el carácter de las normas y reglas de la socialidad que viene dado, principalmente, por el conflicto de las interpretaciones que genera la interna reingeniería familiar. En este sentido, el presupuesto normativo funcional de que “las normas morales se interiorizan para constituir las disposiciones de necesidad de los individuos en un proceso de socialización que, en lo esencial, consiste en un condicionamiento mediante la administración de premios y castigos” (Heritage, 1990: 310) ya no es suficiente para amalgamar un programa de interiorización racional con sentido definido e instrumentalizarlo como esquema de recursos interpretativos.
Esto se observa principalmente en las estructuras de sentido de la conversación cotidiana de los jóvenes, especialmente de aquella que expresa intereses e inquietudes. En tal sentido,

La conversación ordinaria no es sólo el medio de interacción predominante en el mundo social, sino que es también, con las simplificaciones que se quiera, la forma de interacción primaria a la que el niño [y la juventud] es expuesto por primera vez y mediante la que actúa la socialización. Existen por tanto muchas razones para suponer que las formas básicas de conversación cotidiana constituyen una especie de punto de referencia que sirve para conocer y experimentar otros tipos de interacción más formales o institucionales… por tanto, la conversación ordinaria representa un amplio y flexible dominio de prácticas interactivas primarias (Heritage, 1990: 331).

Basta analizar el conjunto de sentidos que la juventud otorga a la conversación para determinar el contenido de las clarificaciones/clasificaciones con las que se enfrenta la capacidad de construir un esquema especifico de comprensión de normas y reglas de socialidad.

En un estudio poco conocido en América Latina, Allan Bloom define a lo que él mismo denomina como el futuro ilustrado de Estados Unidos, esto es, una generación entrada en una etapa en que su autenticidad, base de su identidad, se enfrenta al achicamiento.

La posición que adoptaba [Bloom] se mostraba severamente crítica con la juventud cultivada de hoy en día. El rasgo principal que advertía su visión de la vida era su aceptación de un relativismo bastante acomodaticio…[ese] relativismo era en sí mismo un vástago de una forma de relativismo, cuyo principio es algo parecido a esto: todo el mundo tiene derecho a desarrollar su propia forma de vida, fundada en un sentido propio de lo que realmente le importa o tiene valor. Se les pide a las personas que sean fieles a sí mismas y busquen su autorrealización. En qué consiste esto debe, en última instancia, determinarlo cada uno por sí mismo. Ninguna otra persona puede tratar de dictar su contenido (Taylor, 2002: 49).

En la realidad social de la comunicación cotidiana de los miembros más jóvenes esta situación del relativismo tiene, al menos, tres connotaciones negativas para el entendimiento de las reglas y normas de socialidad.

a) Como producto, en buena medida, de las consecuencias de la reingeniería familiar, los valores del relativismo y el relativismo de los valores no es sólo una opción, es el método par excellence del conciente proceso de internalización. Si por ideal moral se entiende “una descripción de lo que sería mejor o superior, en el que ‘mejor’ y ‘superior’ se definen no en función de lo que se nos ocurre desear o necesitar, sino de ofrecer una norma de lo que deberíamos desear” (Taylor, 2002: 51), entonces como método de internalización, el relativismo se transforma, ahora con los cambios bio-fisiológicos de la madurez, en un ideal moral. Así, estamos ante tiempos en que el predominio del lenguaje que asigna valores se ha dejado –en parte- cautivar de la estafa inherente a la concepción postmoderna, cuya precisión invita a distinguir entre la ironía antigua y la postmoderna: la ironía antigua

…era un artificio sin dolo [y] consistía en expresar una cosa diciendo la contraria [en la que] nadie podía considerarse estafado, [por lo que]  la ironía es un recurso retórico muy bien definido, [que] consiste en decir lo contrario de lo que parece decirse, expresar algo diciendo lo contrario. [Muy contra,] la ironía postmoderna es una concepción del mundo. La afirmación desenfadada de que nada tiene un significado preciso. Un elogio de lo equívoco, de la hermenéutica infinita, de la multivocidad. La realidad ha sido convertida en texto y todos los textos son irónicos. [Esta] ironía expande confusión (Marina en Rotterdam, 2008: 37, 30, 36)

Por la ‘autopista’ de la imprecisión, la ambigüedad y la confusión recorre sus anchos caminos el hombre masa, propio de la racionalización occidental  y consciente de la artificialidad (no naturalidad, ni divinidad ni historicidad) del orden social, que inscribe su perfil espiritual en la concepción de sujeto que surge de la modernidad, según la cual los seres humanos son […] sujetos múltiples y contradictorios, habitantes de una diversidad de comunidades […] construidas por una variedad de discursos, precaria y temporalmente suturadas en la intercesión de esas posiciones subjetivas” (Mouffe, 1999: 42); respecto del hombre masa, Ortega y Gasset llega a apuntar

…en el diagrama psicológico del hombre-masa actual dos primeros rasgos: la libre expansión de sus deseos vitales, por tanto, de su persona, y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Uno y otro rasgo componen la conocida psicología del niño mimado. Y, en efecto, no erraría quien utilice ésta como una cuadrícula para mirar a su través el alma de las masas actuales. Heredero de un pasado larguísimo y genial –genial de inspiraciones y de esfuerzos–, el nuevo vulgo ha sido mimado por el mundo en torno. Mimar es no limitar los deseos, dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado. La criatura sometida a este régimen no tiene la experiencia de sus propios confines. A fuerza de evitarle toda presión en derredor, todo choque, con otros seres, llega a creer efectivamente que sólo él existe, y se acostumbra a no contar con los demás, sobre todo a no contar con nadie como superior a él. Esta sensación de la superioridad ajena sólo podía proporcionársela quien, más fuerte que él, le hubiese obligado a renunciar a un deseo, a reducirse, a contenerse. Así habría aprendido esta esencial disciplina: «Ahí concluyo yo y empieza otro que puede más que yo. En el mundo, por lo visto, hay dos: yo y otro superior a mi.» Al hombre medio de otras épocas le enseñaba cotidianamente su mundo esta elemental sabiduría, (…) Ningún ser humano agradece a otro el aire que respira, porque el aire (…) pertenece al conjunto de lo que «está ahí», de lo que decimos «es natural», porque no falta. Estas masas mimadas son lo bastante poco inteligentes para creer que esa organización material y social, puesta a su disposición como el aire, es de su mismo origen, ya que tampoco falla, al parecer, y es casi tan perfecta como la natural. Mi tesis es, pues, esta: la perfección misma con que el siglo xix ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza. Así se explica y define el absurdo estado de ánimo que esas masas revelan: no les preocupa más que su bienestar y al mismo tiempo son insolidarias de las causas de ese bienestar. Como no ven en las ventajas de la civilización un invento y construcción prodigiosos, que sólo con grandes esfuerzos y cautelas se puede sostener, creen que su papel se reduce a exigirlas perentoriamente, cual si fuesen derechos nativos. En los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las panaderías. Esto puede servir como símbolo del comportamiento que en más vastas y sutiles proporciones usan las masas actuales frente a la civilización que las nutre. (Ortega y Gasset, 1993:  86-87).

El hombre masa es, además, un hombre Light, edulcorado en la era del capitalismo flexible, sin fin y sin finalidad:

La vida Light se caracteriza porque todo está descalorizado, carece de interés y la esencia de las cosas ya no importa, sólo lo superficial es cálido. En Occidente a esto podemos denominarlo indiferencia por saturación. Hay de todo en exceso, y el hombre indiferente no se aferra a nada, no tiene verdades absolutas ni creencias firmes, y sólo quiere toneladas de información, aunque no sepa para qué; deserta de cualquier compromiso, menos del que tiene consigo mismo, y así se convierte en un ser megalómano. Estamos ante una vida-coctel-devaluada: una mezcla de verdades oscilantes, una conducta centrada en pasarlo bien y consumir, en interesarse por todo y, a la vez, no comprometerse con nada. Todo se puede acomodar, todo es transitorio, pasajero, relativo, inconcreto, y hasta la democracia, la vida conyugal o de pareja se vuelve light. El lema es no exigir demasiado y alcanzar una tolerancia absoluta. Ya no hay retos, ni metas heroicas ni grandes ideales, porque lo importante es pasarlo bien, sin esfuerzos ni luchas contra uno mismo, y cualquier resultado es bueno (Rojas, 1998: 88-89).

De cara a su ordenación transformadora la cuestión resulta intensamente complicada si partimos de la consideración según la cual, dentro de la modernidad homologada a la conciencia de la artificialidad del orden social (donde “la obsesión característicamente moderna por el orden es el resultado de esa conciencia” (Bautman/Tester, 2002: 110)), los diseños de orden y pureza crean ambivalencia:

El propósito de la ordenación es la eliminación de la ambigüedad situacional y de la ambivalencia conductual. La clave, sin embargo, reside en que prácticamente nunca se puede conseguir un ensamblaje perfecto de la matriz conceptual que sirve como diseño para la realidad a ordenar en el futuro (“matriz” que responde al hecho de que ordenar siempre implica dividir y clasificar) con la “realidad realmente existente” que tiene que rehacerse a imagen y semejanza de esa plantilla.  Por esta razón, casi todos los mecanismos ordenadores producen nuevas ambigüedades y ambivalencias que reclaman a su vez nuevos mecanismos, en una persecución inacabable. … [Siendo así ostensible] el carácter endémicamente inconcluso de la guerra contra la ambivalencia. (Bautman/Tester, 2002: 111).

En definitiva, no se pueden obviar las consecuencias de “haber comido del árbol del bien y del mal, un festín que ofrece un conocimiento fiable del mal [en el sentido de completo y abarcante, certero por el inmenso recorrido que hemos tenido con él más no porque sea un conocimiento que nos haga llegar a ‘puerto seguro’], pero una idea más bien nebulosa del bien” (Bautman/Tester, 2002: 70).

b) Progresivamente acentuado el ideal moral del relativismo, los valores superiores, trascendentes quedan defenestrados del imaginario social de la juventud, no de toda por supuesto pero si del conjunto mayoritario: “La gran mayoría de los estudiantes, aunque desean tener buena opinión de sí mismos… son conscientes de lo atareados que se encuentran teniendo que atender su carrera profesional y sus relaciones personales… la lucha por la supervivencia [relativizada] ha substituido al heroísmo como cualidad digna de admiración” (Bloom en Taylor, 2002: 51-52), y esta perdida de heroísmo sucede a tal intensidad que

Ejércitos de psicólogos, sociólogos, pedagogos y expertos de todo tipo vigilan ahora al joven y le enseñan a dejarse gobernar por otros y no por sí mismo. Frente a la imposición represiva y cuartelera de las sociedades disciplinares, el tenue deslizamiento de la personalidad hacia el goce pasivo, el consumismo y, en definitiva, el conformismo. El resultado es que los fines de las instituciones encargadas de la enculturación entren en situación de incertidumbre. […]Mientras ganan precocidad el primer coito o el carnet de conducir, con todo lo que ambas cosas implican, pierde popularidad la imagen del estudiante brillante, que sólo se acepta cuando es disimulada y uno gestiona escondidas su éxito académico (Montesinos, 2007: 21).

En este contexto, aquella lucha incansable e inacabable de los sostenedores de la familia en su búsqueda por condiciones materiales de manutención se transforma, de tiempo en tiempo, en el leit motiv de la vida, en un valor en sí mismo, pero a fin de cuentas, un valor mediado por el propio relativismo, de donde

…cristaliza la figura del inadaptado, prisionero de la angustia de no sentirse capaz de dar continuidad a los valores y esperanzas de sus mayores y atraído con frecuencia hacia una vida hedonista e improductiva. […]. El joven empieza a volverse menos sumiso a las técnicas de confinamiento cada vez más sofisticadas a las que se le somete. Es cierto que los viejos procedimientos punitivos del victorianismo empiezan a remitir, pero también que […] él empieza a sentirse cada vez más asfixiado. Ya no es la tradición -con la vara o con la palabra- la que educa, ya no son la familia y el vecindario, es decir, la tribu, los que cuidan de que no se sobrepasen ciertos límites, pero eso tampoco da paso –como podría creerse- a un joven más autodirigido (Montesinos, 2007: 20, 21).

En efecto, no hay tal autodirigismo en la juventud ni, en general, en el hombre promedio del presente de nuestro tiempo, en el que más bien, existe indiferencia, saturación, consumismo, miedo y, al tiempo es a la vez portador de grandes paradojas:

…lamenta un declive que, sin embargo, crea y alienta. Por un lado nos canta gustoso el estribillo de la canción de Edith Piaf ‘todo se va al carajo’, y lamenta sinceramente que los jóvenes estén perdiendo los parámetros éticos y culturales sin los que es imposible una vida en común respetuosa con los demás y con las tradiciones compartidas. Por otro, incita a esos mismos jóvenes a golpe de campañas publicitarias, a entrar lo antes posible en la lógica desenfrenada del deseo y el consumo que arrastra consigo, destruyéndolo, todo lo que la educación de los padres y las enseñanzas de los maestros haya podido meterles en la cabeza en relación con el civismo o la cultura académica. También denuncia los fallos de una escuela que, la verdad sea dicha, tampoco puede remediar toda la mala educación generada por unas  padres que esperan, cobardemente, que los maestros sepan hacer carrera de sus hijos.
[…] Lamenta, de buena fe, el espectáculo de la degeneración de la moral cívica y realmente le asusta la incapacidad de la escuela para civilizar a un  número de ‘salvajes’ que crece de generación en generación inundando sus supermercados. En ningún momento se le pasa por la imaginación que él pueda ser, ciertamente sin buscarlo o quererlo ni por un instante, el responsable de este estado de cosas. Porque no se puede preconizar impunemente el respeto a las tradiciones esforzándose, a la vez, día a día, por sustituir las lógicas de innovación y emancipación de los individuos por otras que les reducen a la nada (Ferry, 2008, 72-73).

De ahí que no es ocioso resaltar, como algunos psiquiatras lo hacen, que

Estamos en la era de la indiferencia, es decir, si la vida estorba, se arranca, y como no podemos hacer lo mismo con la muerte, la borramos psicológicamente de los temas a tratar. No es la autodestrucción lo que late aquí, sino una enfermedad de la mayoría: la banalización de la existencia y el hastío del ser humano, que oscilan entre la teatralidad de los medios de comunicación y una apatía generalizada por la tibieza, el escepticismo y la ambigüedad. Tenemos así un hombre demasiado vulnerable, en el que existe un cansancio por vivir, no como consecuencia de un agotamiento real por  hacer muchas tareas, sino por falta de una proyección personal coherente y atractiva que tenga la suficiente garra como para arrastrarle hacia el futuro. Además, si atravesamos este ‘desierto’ […] sin ningún apoyo trascendente, es más desolador todavía. Por tanto, el narcisismo, la búsqueda personal constante y la obsesión por el hedonismo inmediato hacen al hombre indefenso y propenso a hundirse en cualquier momento. Por otra parte, las actividades habituales se vuelven cada vez más difíciles: la educación de los hijos, mantener un matrimonio estable, saber transmitir un orden y una disciplina al educar, ejercer la autoridad […], etc (Rojas, 1998: 91- 92).

c) Y lo más importante es que “no se trata sólo de la gente que sacrifica sus relaciones sentimentales y el cuidado de los hijos, para dedicarse a su carrera profesional. Lo importante de la cuestión estriba en que mucha gente se siente llamada a obrar de ese modo, en que cree que debe actuar así, y tiene la impresión de que se desperdiciarían o desaprovecharían sus vidas de no actuar de esa forma… lo que se pierde es la fuerza moral del ideal de autenticidad” (Taylor, 2002: 52). De ahí que,

…lo que escasea estos días no son sólo personas que anhelan ‘morir por’ algo o por alguien, o que estén dispuestas a hacerlo cuando se las impulse a ello o se les pida que lo hagan. […]. A medida que la sociedad moderna líquida y su consumismo endémico avanzan, los mártires y los héroes se hayan en franca retirada. […] La sociedad moderna líquida de consumo convierte las hazañas de los mártires, los héroes, y todas las versiones híbridas de unos y otros en hechos sencillamente incomprensibles e irracionales y, por consiguiente, atroces y repulsivos [haciendo lo mismo con la propia autenticidad]. Esa sociedad promete la felicidad fácil, alcanzable por medios nada heroicos y que, por tanto, debería estar –tentadora y gratificadora- al alcance de todo el mundo (o mejor dicho, de todos los consumidores) (Bauman, 2006: 57, 65, 66)

Se rubrica así el nuevo ‘evangelio’, la ‘nueva felicidad’ cuya lógica hedonista lleva a un estilo de vida similar a la crisis de la sociedad estadounidense, que consiste en la destrucción del vínculo social por la promoción liberal del individuo que sólo sabe como cuidar su interés propio y rechaza toda obligación [comunitaria, solidaria, religiosa, materno-paternal] que pueda cercenar su libertad(Mouffe, 1999: 46). Estos fenómenos son particularmente visibles a partir de lo que algunos estudiosos han dado en llamar la neotribalización, según la cual, en el ámbito de interacción de los jóvenes

Se presentaba  (la neotribalización) como la respuesta social y simbólica, frente a la excesiva racionalidad burocrática de la vida actual, el aislamiento individualista a que nos someten las grandes ciudades, y la frialdad de una sociedad extraordinariamente competitiva. Adolescentes y jóvenes solían ver en las tribus la posibilidad de encontrar una nueva vía de expresión, un modo de alejarse de la normalidad que no les satisface y, ante todo, la ocasión de intensificar sus vivencias personales y encontrar un núcleo gratificante de afectividad (Costa,  Pérez Tornero, y Tropea en Montesinos, 2007: 23).

En términos de comprensión de las normas y reglas de la socialidad, así observado el relativismo en relación a la pretensión de autenticidad, la construcción de una posición en el mundo y de un ‘yo’ diferenciado y autónomo parece seguir siendo el contenido de tal pretensión. Lo que ha cambiado, cuasi radicalmente, es el horizonte ampliado en el cual la pretensión de autenticidad busca las fuentes de la diferencia y los esquemas de clasificación conscientes, ya que

Desde la moralidad centrada en el trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo personal, habríamos pasado a una moralidad centrada únicamente en el hedonismo, la irresponsabilidad y la inmediatez. Se trata para algunos estudiosos, de un grave efecto que llega hasta el punto de haber suplantado los impulsos trascendentes del ser humano convirtiéndose en una nueva religión, mayoritaria y única, dominada por el materialismo (Fernández Cavia en Montesinos, 2007: 71).

Por tanto,

Hoy la sociedad de consumo se ha constituido desde la promesa de la eterna juventud, saturando la industria cultural de sus signos, unos signos expurgados del Mal cuyo designio secreto es asfixiar el poder de los jóvenes. Y ese designio parece haberse cumplido. Nuestros jóvenes pueden estar perdiendo el poder de la reflexión, de la crítica y, por tanto, de la praxis revolucionaria2, sustituyéndolos demasiado a menudo por una desobediencia autista, ególatra e inane. La juventud –entendida como categoría que designa una colectividad capaz de desarrollar proyectos con sentido- ya no sería ahora mismo capaz de poner en duda los fundamentos de nuestro sistema de vida (Montesinos, 2007: 24).

El individuo, cuya identidad se ha formado al fragor de la sociedad de la reingeniería y de la familia de valores cambiantes, pierde ventajas para anticipar las posibles interpretaciones de su conducta que puedan hacer, según una relación con las normas de socialidad, los Otros:

Estamos asistiendo a la irrupción de lo precario, discontinuo impreciso e informal en ese fortín que es la sociedad del pleno empleo en Occidente. Con otras palabras: la multiplicidad, complejidad e inseguridad en el trabajo, así como el modo de vida del sur en general, se están extendiendo a los centros neurálgicos del mundo occidental. […] Hasta las propias reglas sobre cómo se gana y cómo se pierde se tornan borrosas e inaprensibles para cada trabajador (Beck en Montesinos, 2007: 55, 58).  

Con ello los caminos hacia el establecimiento de relaciones con vínculos sólidos se desvanecen; por estos derroteros, algunas consecuencias importantes se pueden resaltar:

…en un mundo cuyos valores se desploman a una velocidad inconcebible… la tarea educativa de los padres, toda vez que se ha abdicado de su ejercicio, pasa a ser suplantada por un poder socializador dotado con los atributos de la barbarie. [Además,] los adultos ya no son necesarios, [han] dejado a los jóvenes en una situación de apatridad, desligados de un pasado del que no se sienten herederos (Montesinos, 2007: 95, 96, 109).  

Tal desvanecimiento es producto, en buena medida de la pérdida de capacidad de comprensión/interpretación de las normas de socialidad, porque sea que se obedezca una norma social sólo aprehendida (no comprendida) o sea que respecto a ella la acción social esté desviada, las interacciones personales exigen una explicación, táctica o estructurada más o menos racionalmente, a beneficio de entrar en el marco de entendimiento comunicativo. pero, hay que advertirlo, la perdida de esa capacidad comprensión/interpretación trae causa en parte por la nueva organización del tiempo y la relación laboral dentro del capitalismo flexible, lo que genera en la juventud independencia y violencia, pues estamos ante
una generación que, al final, escapa a la mirada adulta, que ya no se preocupa por llegar a ser adulta, una adolescencia sin fin y sin finalidad, que se independiza sin consideración hacia el Otro, para sí misma, y eventualmente se vuelve con violencia contra el Otro, contra el adulto del que ya no se siente descendiente ni solidaria.

(…) El niño entra así en anomia, en un estado de desocializacion orgánica. (…) El ritmo actual, el de la inmediatez y la aceleración del tiempo real, va exactamente en contra del engendramiento, de la gestación, del tiempo de procreación y de crianza, de esa larga duración que es, en general, la de la infancia humana (Baudrillard en Montesinos, 2007:  96). 

Así pues, respecto al entendimiento comunicativo ha de resaltarse que “con independencia de qué acciones tengan lugar, los actores tratarán de entenderlas por referencia a las normas…” (Heritage, 1990: 316) y el problema de la comprensión relativa de las normas es que aumenta el grado de exigencia racional de los modos de construcción de discursos de explicación de las acciones personales, por lo que, o bien se deja a la norma la capacidad hermenéutica para designar el sentido de la acción como con arreglo a la norma o conducta desviada (con lo cual la racionalidad técnica encontraría la brecha para disminuir definitivamente el rasgo autónomo de la acción social), o bien, como producto de la incapacidad discursiva, el resultado no sería otro que el desplazamiento a un lugar marginal de las propias relaciones personales (cayéndose en la cultura del narcisismo, como lo denomina Lionel Trilling en sincerity and Authenticy).

Siendo que la lucha por la supervivencia (la cual penetra el tejido moral como lucha contra los desafíos de la inseguridad) se convierte en uno de los ideales de la sociedad de la reingeniería, a consecuencia de ello y siguiendo el pronóstico hobbesiano,  la capacidad vinculativa de las normas sólo podría desarrollarse a través de la instauración de un deux et machine.

Sin embargo, y aunque parezca extraño,

Al adoptar el ideal [del relativismo], la gente de la cultura de la autenticidad, como quiero denominarla, presta apoyo a un cierto tipo de liberalismo, que ha sido abrazado también por muchos otros. Se trata del liberalismo de la neutralidad. Uno de sus principios básicos es que una sociedad liberal debe ser neutral en cuestiones que atañen a lo que constituye la vida buena… [siendo que] la vida buena es aquello que cada individuo busca a su manera… un gobierno faltaría a la imparcialidad, y por tanto al respeto equitativo de los ciudadanos, si tomara partido por esta cuestión… [Como resultado, quedan relegadas] las discusiones sobre la vida buena a los márgenes del discurso político (Taylor, 2002: 53). 

Es aquí cuando el estrechamiento del horizonte se convierte en la estructura sobre la cual se sustentan los sentidos de la conversación cotidiana. El achicamiento proviene de dos fuentes principales: por un lado, la esfera íntima se constituye como el espacio de la formación autónoma del ‘yo’ y su despliegue en la sociedad (sin requerimientos sólidos de socialidad); por otro lado, la posibilidad de que desde la esfera privada se impulsen intereses con destino a fijar normas morales y positivas para la realización de los proyectos de vida construidos de manera autónoma, queda reducida a un grado mínimo. De este modo, si bien de acuerdo a “… un leitmotiv omnipresente a lo largo de todos estos años en los medios de comunicación y en los discursos de nuestros dirigentes, la familia actual está en peligro, incluso en una fase de declive [de tal suerte que.] atacada por todas partes, por no decir ya destruida, de aquí en adelante caerá en la decadencia” (Ferry, 2008: 86) a ella (a la familia), como agencia de socialización primaria, le corresponderá –en buena parte- establecer el equilibrio, ya de suyo difícil en el marco del capitalismo flexible, para proporcionar cohesión al tejido moral de la sociedad:

Desde el fondo de su desamparo, la familia parece en condiciones de convertirse en un lugar de resistencia a la tribalización orgánica de  la sociedad mundializada. Y sin duda logrará serlo, con la condición de que sepa mantener como un principio fundamental el equilibrio entere lo uno y lo múltiple que todo sujeto necesita para construir su identidad.
La familia venidera debe reinventarse una vez más (Roudinesco en Montesinos, 2007: 110). 

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4. Análisis de resultados

Muchas son las consecuencias políticas y sociales de tal nueva condición. Pero a raíz del análisis anteriormente esbozado, se presentará una unidad de resultado basada en tres consecuencias medibles para los procesos de formación de la identidad de los jóvenes.

En primer lugar, se produce un achicamiento de las fuentes de donde pueden extraerse contenidos para los procesos de formación de la identidad de los jóvenes. En este sentido, la autonomía se convierte en desprendimiento de las normas y el horizonte de fuentes queda reducido a los vínculos de interacción más inmediatos, en tiempo y en espacio. Y siendo la familiaridad uno de esos vínculos que pueden denominarse como débiles, en el sentido de M. Granovetter2, la apuesta por la reingeniería se convierte en uno de los métodos para el perfeccionamiento del ideal relativista.

En segundo lugar, este achicamiento se convierte en enemigo de la capacidad de comprensión/diferenciación que debe producir cada joven sobre sí mismo, esto es, sobre el mundo que le rodea, su posición en él y su originalidad respecto a él. Al reducirse el horizonte de fuentes del ‘yo’, se reduce tanto la capacidad de entendimiento del mundo exterior como la propia comprensión del sí mismo respecto a ese mundo, pues con fuentes y contenidos reducidos en número a partir del cual diferenciarse, o bien los resultados de la diferenciación se sustentan en erradas apreciaciones de lo que es el mundo, o bien se produce aletargamiento en la propia posibilidad de construcción de un ser-en-el-mundo.

En tercer lugar, y tal vez con mayor importancia en tiempos difíciles y confusos del presente, la comprensión de las normas de socialidad padece del complejo de la hiper-autenticidad, esto es, la inclusión de la ambivalencia en la producción del ‘yo’ de los jóvenes contemporáneos, convertidos muchos de ellos en parte de una generación inane, ególatra y autista. La innovación es la meta, pero el estudio de la historia no es el medio, la crítica se convierte en parte constitutiva del ser pero el estudio de la situación (sabia comprensión del contexto y la realidad) no es el mecanismo para sustentarla, la rebeldía sin causa encuentra causa común en la destrucción del orden coercitivo pero en paralelo ese orden es progresivamente irreconocible para los jóvenes, incapaces de poner en tela de juicio los valores imperantes en la sociedad y, al tiempo, adentrados en el corazón de las tinieblas de la intimidad, su vida social se limita a la supervivencia convertida en norma y los fines a largo plazo quedan desplazados; el miedo, la violencia y la inseguridad personal se convierten en elementos constitutivos de la sociedad, y una vez más nos preguntamos por las consecuencias perversas de la modernidad.

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5. Referencias bibliográficas

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NOTAS

1 El entendimiento comunicativo es un juego de prácticas de interacción comunicativa en el cual “los participantes en la interacción emplean [las] oraciones [que han sido generadas a partir del dominio lingüístico de los actores de aquellas relaciones que entablan con el mundo y son movilizadas con fines cooperativos para entenderse entre sí ], en actos comunicativos con los que tratan de entenderse sobre su propia situación, de suerte que les sea posible coordinar de común acuerdo sus propios planes de acción” (Habermas, 1996: 492).

2La Revolución”, apuntaba J. Ortega y Gasset, no es la sublevación contra el orden preexistente, sino la implantación de un nuevo orden que tergiversa el tradicional(Ortega y Gasset, 1993, 84).

3 Metodológicamente, “el énfasis en los lazos débiles lleva por sí mismo a la discusión de las relaciones entre los grupos y a analizar los segmentos de la estructura social que no quedan fácilmente definidos en términos de grupos primarios… [desde tal enfoque se entiende que] la fuerza de un vínculo es una (probablemente lineal) combinación del tiempo, la intensidad emocional, intimidad (confianza mutua) y los servicios recíprocos que caracterizan a dicho vínculo [los problemas de racionalización de la acción que llevan a una disminución de estas cuatro categorías, resultan en puntos en que si bien existe retorno también se presenta un profundo distanciamiento entre la pretensión de la acción social y la racionalidad por medio de la cooperación o con fines de cooperación, a esto es lo que se denomina la debilidad de los vínculos sociales, o más publicitariamente, la fuerza de los vínculos débiles] (Granovetter, 1973: 1-2).

 

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Universidad del Rosario / Universidad de Los Andes / Universidad Complutense de Madrid - 2016

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