Las trampas de la neutralidad y del asistencialismo humanitario

FREDDY CANTE *

Las trampas de la neutralidad y del asistencialismo humanitario

Desafíos, vol. 34, núm. 2, 2022

Universidad del Rosario

Carsten Wieland, académico y diplomático alemán, consultor senior de la Onu para el Medio Oriente, experto en mediación de conflictos, ha conocido directamente la experiencia de ayuda humanitaria en Siria. En este libro presenta una crítica al asistencialismo humanitario. Además, expone una alternativa impregnada de realismo político y de pensamiento estratégico, con algunas pautas concretas para superar la denominada trampa de la neutralidad.

El libro está estructurado en los siguientes capítulos: 1. Introducción a un fuerte dilema; 2. Expectativas y desengaños, más allá de Siria; 3. Conteniendo a la bestia humana: fundamentos de la ley internacional humanitaria y la ley internacional de los derechos humanos; 4. Un blanco móvil: dinámicas de la ley internacional humanitaria y de la ley internacional de los derechos humanos; 5. El instrumento del terrorismo: deshumanizar al “otro”; 6. Des-neutralizando la ayuda: todos los caminos conducen a Damasco; 7. En la Picota: el dilema de la ONU en Siria; 8. Crisis de credibilidad; 9. Diversificando la ayuda: caminos para evadir Damasco; 10. Posiciones irreconciliables: caminos hacia ninguna parte; 11. Argumentos para el cambio: cómo evitar la trampa de la neutralidad; 12. Conclusión.

El texto está escrito de forma narrativa, de quien ha tenido una experiencia directamente; además, plantea reflexiones desde la experiencia directa e indirecta y también desde algunos enfoques académicos.

En lo que sigue se comentan y resaltan algunos aspectos centrales del texto y, además, se tienden puentes con diversas perspectivas teóricas.

La trampa de la neutralidad, según Wieland, significa que los bienintencionados tomadores de decisiones (de los gobiernos donantes) pretenden resguardar su asistencialismo humanitario de los contextos geopolíticos e históricos y de espinosas deliberaciones políticas. Consecuentemente, tal ayuda termina siendo desviada y distorsionada y, peor aún, favoreciendo a gobiernos que hacen la guerra contra su propia población. Así las cosas: a) los conceptos de neutralidad e imparcialidad devienen en una farsa; b) las finalidades puramente humanitarias no son alcanzadas; c) las intervenciones humanitarias terminan prolongando la guerra y generalizando el sufrimiento; y, finalmente, d) lo que se suponía una elección altruista termina siendo una postura dogmática y es, por sí misma, una posición política en la ausencia de una genuina neutralidad en la práctica.

Wieland resalta que la asistencia humanitaria de la Onu a Siria fue financiada por gobiernos opuestos al cuestionado presidente Bashar al-Ássad. No obstante, los recursos internacionales, que, por todo tipo de asistencia, recibió el gobierno sirio, ascendieron a un tercio de su piB en tiempos de guerra. Así, las ayudas humanitarias terminaron financiando la sobrevivencia y la estabilidad de un violento régimen.

Tal problema, dice Wieland, se agrava al constatar que Estados Unidos exige a sus agencias humanitarias no financiar actores políticos que pongan en riesgo su seguridad nacional. Esta estrategia se fortaleció con las leyes antiterroristas (resultantes de la reacción estadounidense ante los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001). Señala Wieland que, en 2010, Estados Unidos y sus aliados (Canadá, Reino Unido, Australia, Suecia y Suiza) le retiraron la ayuda humanitaria a Somalia (en represalia a los grupos somalíes islamistas).

Las leyes internacionales son una especie de blanco móvil, afirma Wieland. Pone, como ejemplo, la normativa sobre la responsabilidad de proteger, un concepto que ha perdido plausibilidad para ser una pauta de acción concertada. Afirma que esta noción aparece estancada y olvidada en las discusiones, a pesar de que había evolucionado con el fin de la guerra fría, la caída del muro de Berlín, la intervención en Kosovo, pasando por los rampantes genocidios en Bosnia y Ruanda, hasta llegar a los albores de la primavera árabe. Señala que esta bella idea está sepultada bajo los escombros de la estrepitosa intervención humanitaria en Siria. Añade que su letargo también resulta de las controvertidas intervenciones militares de Estados Unidos en Iraq (2003) y de influyentes actores internacionales en Libia (2011).

Wieland juzga que la intervención violenta de Rusia en Siria responde a su estrategia de evitar interferencias humanitarias y defender la soberanía estatal ante otros conflictos en la región como la primavera árabe, el movimiento verde en Irán, la guerra chechena de comienzos de siglo y las protestas en Hong Kong de 2019.

Según Wieland, la férrea defensa de la soberanía nacional hoy hace casi imposibles las interferencias internacionales, aunque estas sean de carácter humanitario, y consistan en operaciones de pequeña escala a nivel transfronterizo.

Algunos de los principales argumentos sugeridos por Wieland para evitar caer en la trampa de la neutralidad se enuncian así: a) la ayuda no se debería entregar a regímenes violentos e inescrupulosos, victimarios en un conflicto asimétrico, aunque estos constituyan el gobierno de turno; b) se debe actuar estratégicamente y defender posiciones humanitarias no negociables; c) la ayuda humanitaria es más certera y confiable cuando se construyen alianzas con actores locales y se establecen oficinas en diversas municipalidades.

El crudo juzgamiento que del asistencialismo humanitario hace Wieland, lo lleva a uno a comprobar, una vez más, que la realidad suele ser una pesadilla peor que las narradas en la literatura. El escritor checo Kundera (1992) plantea que muchos siguen el ideal de la Gran Marcha, que “es ese hermoso camino hacia delante, el camino hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá, a través de todos los obstáculos” (p. 112). Yo agregaría que es la guía de muchos bien-intencionados asistencialistas humanitarios. Uno de los protagonistas de esta novela muere, absurdamente, horas después de haber participado en una masiva (y publicitada) misión humanitaria. Una marcha de médicos, intelectuales y actores que hizo el ridículo internacional al no haber podido ingresar con ayuda humanitaria a Camboya, pues las fuerzas militares les impidieron cruzar la frontera.

El aporte de Wieland nos puede motivar a examinar algunos problemas de la complejidad inherentes a la política doméstica e internacional.

El mundo de la política doméstica y, más decididamente, el de la política internacional es complejo y no lineal: sin transitividad (con escogencias y priorizaciones contradictorias), y sin el simplismo en el que el todo equivale a la suma de las partes. Es un mundo de complejos conflictos, con múltiples jugadores, con disímiles preferencias y divergentes intereses, que no permite la comodidad de una postura neutral.

Los consensos democráticos son complejos y, con frecuencia, imposibles. Haciendo eco de las discusiones sobre los consensos, que en tiempos de la revolución francesa sostuvieron Condorcet y Borda, a mediados del siglo XX, el economista Arrow (1963) mostró los límites del consenso democrático de una nación. Bastó un modelo con tres electores y tres alternativas para mostrar la imposibilidad de un acuerdo consensuado.

Ampliando el modelo de Arrow, el investigador Barrow (1998) mostró que, uno de los grandes atributos de la escogencia (y de la libertad humana) es la capacidad de cada elector para decidir, priorizar y elegir de una manera irrestricta. Al aumentar la complejidad de las elecciones, se puede constatar que los disensos tienden hacia menos de un 10 % cuando aumenta el número de electores y, dramáticamente, se acercan al 100 % cuando se incrementa el número de opciones.

Para el caso de Siria, Wieland muestra la complejidad de múltiples jugadores con poder global y regional, con disímiles preferencias, lo que es una pesadilla para los civiles sirios y para cualquier mediador. En el ámbito global menciona la lucha inconclusa entre grandes poderes de un mundo multipolar (Estados Unidos, Rusia y China) y, en el terreno regional, la confrontación entre Arabia Saudita, Irán y Turquía.

De acuerdo con Wieland, los contextos de conflictos internacionales, como el de Siria, aumentan ostensiblemente los disensos (aún en temas de supuesto consenso como los derechos humanos), debido a problemas como los siguientes: i) el país intervenido y sus aliados (y rivales) de la región presentan diversas y disímiles jerarquizaciones políticas, esto implica que no existe un único ni dominante orden mundial deseable; ii) la ciudadanía del país intervenido puede estar enormemente dividida, polarizada o fragmentada, pues su oposición o lealtad con el gobierno de turno está influenciada por las alianzas y simpatías con diversos actores internacionales; iii) no existe un único y dominante lenguaje legal que todos respeten; y, finalmente, iv) en la constelación de variables de un conflicto nacional con implicaciones internacionales, los disensos aumentan con la cantidad de alternativas, la diversidad de jugadores y las cuantiosas y disímiles escogencias (variaciones y vacilaciones) de estos.

La complejidad también está relacionada con los riesgos extremos y con las incertidumbres radicales. Paradójicamente, las modernas sociedades son demasiado propensas y, sin embargo, insensibles ante los riesgos y catástrofes. La mayoría de la población (incluso de los tomadores de decisiones) vive en un terreno de “mediocristán”, con unos riesgos delimitados y previsibles, con preferencias adaptativas a lo conocido.

Hoy, en complejos conflictos como el de Siria, existe una distancia abismal entre el pueblo sirio y sus autoritarios gobernantes. También entre los trabajadores humanitarios en el terreno y los tomadores de decisiones, desde los gobiernos de los países donantes y desde las juntas directivas de gigantescas organizaciones, con enormes burocracias, como la ONU.

Sobre este particular matiz de la complejidad, el estudioso Taleb (2018) ha mostrado que, solo aquellos jugadores que tienen, literalmente, el pellejo en juego, son más inteligentes y sensibles para percibir riesgos e incertidumbres. Los que, cómodamente, gobiernan desde la distancia y en su zona de confort, ponen en juego, si acaso, su imagen y, por tanto, son habitual y prolongadamente torpes e insensibles ante la existencia de riesgos e incertidumbres. El fracaso de la intervención humanitaria en Siria (y en otros lugares del mundo) también es resultado de jugadores que gobiernan y no ponen la piel en el juego. Preocupado porque asépticos intelectuales no entienden de cisnes negros ni de riesgos extremos, Taleb (2014) encontró que alguien, con la piel en juego, como un bombero, es más inteligente para afrontar eventualidades extremas que los sofisticados y estudiados gerentes y líderes políticos. Sin duda, los curtidos activistas de misiones humanitarias en el terreno, por mero instinto de sobrevivencia, saben más que sus dirigentes.

Wieland menciona que existe otro problema, de seguro mucho más grave, que es la denominada trampa del asistencialismo humanitario. Este radica en que tal asistencia se concentra en apagar incendios sin afrontar las sus causas: atender los síntomas de una crisis humanitaria pero no sus raíces sociales, económicas y culturales. Esto funciona, según algunos de los críticos de tal asistencialismo, como un sistema de contención (para no perjudicar a los países opulentos), pero que, en los países afectados e intervenidos, prolonga los conflictos. También argumenta que esta ayuda es una especie de dulce envenenado, pues debilita o destruye las economías locales del país intervenido y, consecuentemente, genera una mayor dependencia de entes internacionales, al cimentar un subdesarrollo mendicante.

Finalmente, parafraseando a Ruskin (2016), la ayuda humanitaria, suponiendo que esta fuese efectivamente entregada a las víctimas, es tan estéril como las limosnas, pues las víctimas necesitan justicia en lugar del opio (asistencialista) que, provisoriamente, calma sus dolores. Pero la justicia para el pueblo sirio, al igual que para otros pueblos violentados, implicaría una radical transformación del ominoso orden internacional, además de saldar unas onerosas y, quizás, impagables deudas históricas con las naciones intervenidas.

Referencias

Arrow, J. K. (1963). Social Choice and Individual Values. Wiley.

Barrow, J. (1998). The Limits of Science and the Science of Limits. Oxford University Press.

Kundera, M. (1992). La insoportable levedad del ser. Tusquets. Ruskin, J. (2016). El bienestar de todos. Ediciones UC.

Taleb, N. (2014). What we learn from firefighters: how fat are the fat tails? En J. Brockman (Ed.), What Should We Be Worried About? (pp. 464467). Harper Perennial.

Taleb, N. (2018). Skin in the Game: Hidden Assymmetries in Daily Life. Random House.

Notas de autor

* Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Correo electrónico: documentosong@gmail.com. orcid: https://orcid.org/0000-0002-6654-3206