Rodríguez Cortés, Astrid Bibiana, Subjetividades en el espacio público la ciclovía de Bogotá. Cádiz: Universidad de Cádiz – Universidad Pedagógica Nacional, 2017, pp. 273

John Jairo Uribe Sarmiento *
Universidad de Ibagué, Colombia

Rodríguez Cortés, Astrid Bibiana, Subjetividades en el espacio público la ciclovía de Bogotá. Cádiz: Universidad de Cádiz – Universidad Pedagógica Nacional, 2017, pp. 273

Territorios, núm. 42, 2020

Universidad del Rosario


Los mundos de la creatividad, de la diversión, del deseo o de la recreación se encuentran vinculados a complejos mecanismos de regulación y control. Ahora bien, dichos mecanismos son tan efectivos como invisibles. Con todo, a pesar de su poderosa efectividad, los análisis suelen dejar de lado las complejas conflictividades que subyacen a la diversión y al espectáculo, dejan de lado las múltiples formas como las relaciones de poder operan en y a través del juego, de las exhibiciones de los cuerpos, de las dinámicas lúdicas. El libro de la doctora Astrid Bibiana Rodríguez Cortés analiza a profundidad varios de estos mecanismos: la ciclovía se entiende entonces como uno que regula las conductas, promueve cierto desarrollo urbanístico, procura la consolidación de una imagen de la ciudad y se constituye en estrategia de promoción turística. Esta es también una vitrina de exhibición de los cuerpos, específicamente un dispositivo para la constitución de sujetos que se hacen cargo de sus cuerpos, su salud, su autocontrol, su seguridad, en últimas, de sujetos que participan en la reproducción del orden social que los somete.

En efecto, el libro pretende “desvelar cómo la creación de espacios impone un orden establecido de las cosas y el pensamiento, instaurando modelos de gestión del deseo y regulación de los cuerpos” (p. 25). La ciclovía se ha constituido en un enorme dispositivo para promover modelos de ser y estar en la ciudad, es una compleja maquinaria que produce subjetividades, una máquina de gobierno (de conducción de las personas) en la que se despliegan, no obstante, resistencias. De ahí que la pregunta inicial del libro sea: “¿Cómo la configuración de un espacio público como la ciclovía bogotana es un dispositivo de producción biopolítico de subjetividades, en un periodo comprendido entre 1974-2013?” (p. 26). Pero el análisis de este tipo de relaciones de poder es extremadamente difícil, en tanto que (como ya se dijo) su efectividad depende de su invisibilidad, ¿cómo, entonces, dar cuenta de este objeto difuso, elusivo y gaseoso?

El libro presenta una interesante e ingeniosa respuesta a esta cuestión metodológica: abordar la ciclovía como dispositivo, esto es como una compleja red de discursos y prácticas capaces de involucrar a los sujetos en un proceso que a un tiempo supone la construcción de sí mismos y del orden social en el que participan. Así que no solo se trató de identificar esos discursos y prácticas, sino que implicó un esfuerzo por establecer las maneras como operan y se vinculan entre sí; un trabajo capaz de generar evidencias de sus dinámicas y para ello las entrevistas a funcionarios y beneficiarios fueron claves, como se verá más adelante.

Por ejemplo, en los años 1990, se impone la idea de que la ciclovía contribuye a moralizar el espacio público, en últimas, a generar procesos de autorregulación ciudadana. Al mismo tiempo, con el eslogan: Bogotá coqueta, la ciudad se convierte en una vitrina cultural y una marca: “Hacer una ciudad competitiva es volverla una mercancía, un producto para ser vendido. En esto el papel de los ciudadanos puede quedar reducido a una pieza del marketing, configurados a partir de estrategias para generar relaciones de emocionalidad con el lugar promocionado” (pp. 148). Para lograr “vender” la ciudad, se promovió la idea de que Bogotá contaba con varias ventajas como su diversidad social, su vocación de apertura, la recursividad de sus habitantes y el entorno natural. En este escenario, la ciclovía era tanto un espacio para disfrutar la ciudad, como un lugar para cambiar la relación de los ciudadanos con ella y, de este modo, contribuir a venderla. De esta manera, Bogotá hizo parte del esfuerzo por lograr que las ciudades se convirtieran en objetos de deseo (consumo, oferta, servicios), un esfuerzo que en América Latina provenía del trabajo desarrollado en Barcelona años atrás.

Para entonces, la ciclovía educaba a los ciudadanos, haciendo de la calle una apuesta didáctica, todo ello como parte de un esfuerzo por conquistarla para los ciudadanos. La autora logra mostrar que la forma como se administra la ciclovía se constituye en una manera de gestionar cómo se pasean, juegan, divierten, comparten y educan los bogotanos. Así, la recreación aparece como mediadora para lograr objetivos sociales.

Al mismo tiempo, la ciclovía se ha convertido en un espectáculo, una pasarela de cuerpos cuidados. En esta, los cuerpos experimentan con los ejercicios (aeróbicos), que promueven la visión de un cuerpo como experiencia de sí mismo, del ejercicio para sentirse dueño de sí. Así que a la autorregulación de los comportamientos, se suma el cuidado del cuerpo y su exposición.

En la mitad de los años noventa en Bogotá, el programa de ciclovía plantea el ejercicio físico no solo como una experiencia gratificante corporal, sino que diseña un escenario para mostrarlo y exhibirlo, es decir, la intimidad empieza a modificarse, ya no se trataba solamente de un proceso que se vive y experimenta consigo mismo, sino que se puede ver a otros, seguir modelos de belleza y estética corporal (p. 164).

Pero la ciclovía también fue escenario para rechazar los secuestros y la situación del país:

Sin distingo de color, raza o credo, todos marchaban en la ciclovía por un motivo justo y necesario: la libertad. Así, este espacio, concebido para la recreación y el disfrute capitalino, se convertía en un escenario para denunciar los dolores de la guerra (p. 166).

Ante la zozobra que la inseguridad y el consecuente aumento de los mecanismos de vigilancia (cámaras, funcionarios, policía), los ciudadanos respondieron con creatividad: “Si bien por un lado la gestión del miedo en la ciudad de Bogotá creció a pasos agigantados, las posibilidades de resistencia, entendida como el uso creativo del espacio público, fue un factor determinante” (p. 172). Sin embargo, las administraciones capitalinas asumen la idea de que el ciudadano es corresponsable del espacio público. Para la primera década del siglo xxi , la discusión sobre el espacio público en Bogotá giró en torno al retroceso, al deterioro y a la inclusión social. En este escenario, la autora señala la presencia de una “lucha por la calle”, esto es entre modelos de ciudad: la planificada y la espontánea. La primera representó la exclusión de los vendedores ambulantes de las calles: “La discusión puso sobre la mesa la idea de una ciudad con mejor estética y más desigual, o una ciudad más igualitaria y menos bonita” (p. 182).

Para entonces emerge la cuestión de la movilidad y la inscripción de los cuerpos en juegos de verdad-poder que expresa el cambio de paradigma, que pasó de la noción de transporte urbano, al de sistema-movilidad. Aquí se desarrollan esfuerzos por lograr una cultura de la bicicleta para todos:

En este sentido empezó a circular la idea de que el automóvil se constituía en un enemigo para la vida sana y se valoró la posibilidad de una existencia más tranquila por medio de la actividad física para lograr respirar en un mejor ambiente (p. 186).

La cruzada por la bicicleta establece una relación entre el cuidado ambiental y el corporal. Un personaje clave de todo este proceso es el “guardián de la ciclovía”. Estos no solo procuran que los ciudadanos se autorregulen, sino que asuman cierto cuidado corporal y del entorno. La autora analiza el proceso de selección de estos funcionarios, poniendo en evidencia los mecanismos a través de los cuales los dispositivos dan forma a las subjetividades. Dicha selección se despliega como una competencia en la que los aspirantes demuestran sus habilidades físicas (resistencia, agilidad, fuerza, etc.). Aquellos que logran superar las pruebas entienden que no se trata solo de ganarle a los demás, se trata de un modo de gestionarse a sí mismo:

Ser el primero, superar al otro, ahora no es tan importante como superarse a sí mismo, es una competencia consigo mismo. Es una demostración constante en la cual se está inmerso, y se requiere de la voluntad para vencerse a sí mismo, a su propio yo, el que se establece en algunas oportunidades de forma débil. Por ello, los retos planteados en la ciclovía hacen que los guardianes, al final del proceso, agradezcan todas las operaciones, los procedimientos y las tecnologías de poder que se establecen para disciplinarse y superarse a sí mismos (p. 198).

De hecho, los guardianes respondían a órdenes militares durante su trabajo. Así lo recoge la autora a través del testimonio de Ivonne Rodríguez:

luego del formulario que llenamos en línea, nos hicieron una convocatoria por listados para unas entrevistas, en [estas] entonces sacaban dos notas, una era [referida a] la entrevista general a la cual asistimos muchas, […] ese fue el primer filtro; la otra nota era de estereotipo de belleza [y en esta se tenía en cuenta el] perfil físico; [para esta última] se asignaba otro valor (198).

Los guardianes representan todo ese esfuerzo por involucrar a los ciudadanos en la lógica del cuidado corporal, de la belleza y de la exhibición, elementos que se combinan con la calle educadora y vitrina que contribuye a la mercantilización de Bogotá. El elogio a la disciplina y el ejercicio se encuentra vinculado a la gestión de la ciudad, de sus ciudadanos y al complejo proceso que nos convierte en sujetos idóneos, comprometidos con nuestras responsabilidades.

Ahora bien, puede decirse que la investigación de la profesora Bibiana Rodríguez evidencia las complejidades y dinámicas que operan entre la cultura y el poder. De un lado, se encuentran los diversos mecanismos que adecúan a los sujetos a las demandas del sistema, esto es, que los involucran activamente en la reproducción de su sociedad y promueven la aceptación de la desigual distribución de sus beneficios. En este caso, se trata del modo como las identidades se han convertido en mercancías, para hacer de la ciudad una marca (Bogotá coqueta, 2600 metros más cerca de las estrellas o cualquier otra), del modo como la ciclovía promueve la constitución de los sujetos como empresarios de sí mismos que cuidan y exhiben sus cuerpos. Se trata, en últimas, de la cultura como herramienta del poder.

De otro lado, están en juego las tensiones, fugas y rupturas que las dinámicas culturales efectúan sobre todos esos mecanismos, es decir, se trata de la cultura como poder. En este caso, se evidencian las estrategias creativas de uso y significación de la ciclovía, de la manera como permiten la expresión del descontento y la recreación de los proyectos de ciudad que la han animado.

Como se ha señalado, no se trata de un esfuerzo teórico para desvelar las lógicas de la biopolítica que dan forma a una ciudad, se trata de desarrollar un impresionante esfuerzo metodológico para evidenciar desde las prácticas y los discursos la eficacia de los dispositivos, así como sus límites y fugas. En esta dirección, el libro que aquí se reseña, es un estupendo ejemplo de cómo investigar el poder, de cómo hacerlo visible.

Notas de autor

* Doctor en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Colombia. Magíster en Ciencia Política. Antropólogo. Docente Investigador de Planta Universidad de Ibagué.