10.12804/revistas.urosario.edu.co/territorios/a.14936
Sección temática
Ginette Lucia Tolosa Ruiz 1
Elkin Raúl Gómez Carvajal 2
Jemay Mosquera Téllez 3
1 Arquitecta. Facultad de Ingenierías y Arquitectura de la Universidad de Pamplona. Grupo de Investigación Gestión Integral del
Territorio (GIT) (Colombia).
ginette.tolosa@unipamplona.edu.co
0009-0008-4162-1379
2 Arquitecto. Magíster en Ingeniería Ambiental. Facultad de Ingenierías y Arquitectura de la
Universidad de Pamplona.
Grupo de Investigación Gestión Integral del Territorio (GIT) (Colombia).
elkin.gomez@unipamplona.edu.co
0000-0002-8581-4374
3 Arquitecto. PhD en Arquitectura. Facultad de Ingenierías y Arquitectura de la Universidad de Pamplona.
Grupo de Investigación Gestión Integral del Territorio (GIT) (Colombia).
jemay.mosquera@unipamplona.edu.co
0000-0001-5989-5644
Recibido: 15 de octubre de 2024
Aprobado: 11 de octubre de 2025
Para citar este artículo: Tolosa Ruiz, G. L., Gómez Carvajal, E. R., & Mosquera Téllez, J. (2025). Infraestructuras urbanas y condiciones geográficas de producción en Arcabuco, Boyacá: un estudio crítico desde el placemaking. Territorios, (53-esp), 1-24. https://doi.org/10.12804/revistas.urosario.edu.co/territorios/a.14936
RESUMEN
Este artículo analiza el papel de las infraestructuras urbanas en la cocreación y realización de condiciones geográficas de producción, tomando como base teórica a Garza (2013) y los aportes de Lefebvre (2020) sobre la producción social del espacio. El propósito es comprender cómo las infraestructuras, más allá de ser dispositivos técnicos, actúan como actores sociales que configuran dinámicas económicas, territoriales, culturales y sociales en contextos latinoamericanos marcados por desigualdades espaciales. Para ello se adoptó un enfoque socio-crítico y la Investigación Acción Participación (IAP), aplicada en un estudio de caso en Arcabuco, Boyacá, mediante entrevistas, mapas sociales y análisis crítico del espacio. Los resultados muestran que entornos, como el parque central, constituyen un lugar de memoria colectiva y cohesión social, pero enfrentan riesgos de intervenciones homogéneas y desvinculadas de la comunidad en las intervenciones municipales, lo que refuerza la tensión entre espacio concebido y espacio vivido. Se concluye que el placemaking, como metodología participativa, ofrece un camino para reducir desigualdades y promover escenarios de planeación urbana inclusivos y sostenibles.
Palabras clave: Infraestructuras urbanas; condiciones geográficas de producción; placemaking; desigualdades socioespaciales; producción del espacio; Colombia.
ABSTRACT
This article examines the role of urban infrastructures in the production of geographical conditions of production, drawing on Garza's (2013) theoretical framework and Lefebvre's (2020) contributions on the social production of space. The objective is to understand how infrastructures, beyond their technical dimension, operate as social actors that shape economic, territorial, and cultural dynamics in Latin American contexts marked by spatial inequalities. A socio-critical approach was adopted, complemented by Participatory Action Research (par), applied through a case study in Arcabuco, Boyacá, using semi-structured interviews, social mapping, and critical spatial analysis. Findings reveal that urban environments such as the central park function as spaces of collective memory and social cohesion yet face the risk of homogenizing interventions disconnected from community needs, thereby reinforcing the tension between conceived space and lived space. The study concludes that placemaking, as a participatory methodology, provides a pathway to reduce inequalities and foster inclusive and sustainable urban planning processes.
Keywords: Urban infrastructures; geographical conditions of production; placemaking; sociospatial inequalities; production of space; Colombia.
RESUMO
Este artigo analisa o papel das infraestruturas urbanas na cocriação e materialização das condições geográficas de produção, tomando como base teórica as contribuições de Garza (2013) e Lefebvre (2020) sobre a produção social do espaço. O objetivo é compreender como as infraestruturas, além de dispositivos técnicos, atuam como atores sociais que configuram dinâmicas económicas, territoriais, culturais e sociais em contextos latinoamericanos marcados por desigualdades espaciais. Para tanto, adotou-se uma abordagem sociocrítica e de pesquisa-ação participativa, aplicada em um estudo de caso em Arcabuco, Boyacá [Colômbia], por meio de entrevistas, mapas sociais e análise crítica do espaço. Os resultados indicam que ambientes como o parque central constituem um lugar de memória coletiva e coesão social, mas enfrentam riscos de intervenções homogeneizadoras e desvinculadas da comunidade nas intervenções municipais, o que reforça a tensão entre o espaço concebido e o espaço vivido. Conclui-se que o placemaking, como metodologia participativa, oferece um caminho para reduzir desigualdades e promover cenários de planejamento urbano inclusivos e sustentáveis.
Palavras-chave: Infraestruturas urbanas; condições geográficas de produção; placemaking; desigualdades socioespaciais; produção de espaço; Colômbia.
Introducción
El pensamiento geográfico ha sido clave para entender la relación entre el entorno físico y los seres humanos, como señaló Friedrich Ratzel (Borja, 2020). Este enfoque se conecta con las condiciones geográficas de producción, que abarcan factores ambientales, sociales y económicos que condicionan las actividades productivas en una región. Sin embargo, la visión globalizada del espacio ha reducido esta relación a una percepción utilitaria, despojándola de su valor simbólico. En América Latina, las transformaciones urbanas, marcadas por desigualdades sociales y territoriales, han ignorado el papel central de las infraestructuras urbanas, que no solo facilitan la vida diaria, sino que configuran las relaciones comunitarias y económicas, amplificando en muchos casos las desigualdades socioespaciales.
Garza (2013) destaca que las infraestructuras son bienes colectivos esenciales para la reproducción de la fuerza de trabajo y el desarrollo urbano e incorpora esta línea como una condición general y geográfica de producción, ya que no solo configuran la economía urbana, sino que modelan el crecimiento demográfico y la expansión territorial, permitiendo identificar dinámicas de empleo, producción y localización espacial y de aglomeración y desigualdad entre sectores urbanos, con su respectiva vinculación a la disponibilidad de infraestructura básica (transporte, energía, agua, comunicaciones, equipamientos y espacios urbanos, educación, salud, entre otros).
Por otra parte, autores como Blackman y colaboradores (2020) aluden que, dentro de la infraestructura, lo relevante no es la obra física, sino su capacidad de transformarse en un servicio social y público eficaz, de forma que cumple su papel cuando posibilita movilidad, resiliencia, conectividad social, espacial y digital, de manera inclusiva y sostenible. En una línea cercana, a partir de los postulados de Lefebvre (2020), se concibe que el espacio no es un contenedor neutro, sino un producto social resultado de prácticas, representaciones e imaginarios; es un producto de relaciones sociales y económicas, por lo que la ciudad no debe entenderse, además de un espacio físico o económico, como espacio social producido históricamente, como obra colectiva y como lugar de encuentro, centralidad y vida comunitaria.
De otro lado, Uribe Cortez (2023) analiza la producción del espacio desde la perspectiva teórica que contrasta espacio social y espacio estatal, diferenciándolos por límites, actores, escala y funciones, pero reconoce su importancia para interpretar los procesos territoriales: social, por su dimensión simbólica, vivencial, cultural y estatal.
La investigación se soporta en un estudio de caso realizado en el municipio de Arcabuco, Boyacá, que explora la producción espacial a través de un enfoque multidimensional que integra las perspectivas teóricas de Lefebvre y Fals Borda, entre otros autores, amplia el debate sobre las condiciones geográficas de la producción espacial y destaca el papel que desempeñan el placemaking y la participación comunitaria como mediadores clave en la constitución de los dominios urbanos (Tolosa, 2024).
La integración de perspectivas anteriores permiten analizar las infraestructuras y el espacio urbano, ya que ambos son factores de producción. A través del placemaking o creación de lugares, se pueden estudiar las infraestructuras y el espacio urbano como factores de producción, entender su impacto en la configuración del espacio social y político y generar estrategias de producción espacial, abarcando dinámicas sociales, ambientales y económicas, entre otras, con criterios de participación e inclusión, sostenibilidad y competitividad, para crear, mejorar o transformar espacios urbanos (Wesener et al., 2020). Sin embargo, tal como advierte la literatura contemporánea, el placemaking no está exento de limitaciones, puede ser coaptado por dinámicas capitalistas, de consumo o globalización, como se ha documentado en experiencias de urbanismo social en diversas ciudades.
Este artículo examina cómo las infraestructuras urbanas contribuyen a la producción de condiciones geográficas en la región, desde un enfoque sociocrítico que permite integrar el placemaking como un proceso creativo y participativo que resignifica el territorio, y comprender cómo las infraestructuras no solo facilitan la vida cotidiana, sino que transforman el espacio a través de las interacciones humanas y las dinámicas sociales y económicas. En ese sentido, las infraestructuras urbanas organizan el espacio físico y generan condiciones geográficas que inciden en el desarrollo económico, la interacción social y la apropiación simbólica del territorio. Este enfoque integrador permite interpretar la ciudad como un producto histórico, material y social, con implicaciones directas para políticas urbanas inclusivas y sostenibles. Finalmente, los estudios teóricos y aplicados revisados subrayan que la producción del espacio y la formación de infraestructuras urbanas deben ser analizados desde una perspectiva holística, que combine teoría, práctica participativa y observación crítica.
Metodología
El proceso investigativo, de tipo documental, con carácter interpretativo y sociocrítico, fue complementado con herramientas metodológicas de Investigación Acción Participación (IAP) de un estudio de caso llevado a cabo con siete lideres y lideresas representantes de distintos sectores (campesino, turismo, historia, artístico, académico y económico, entre otros) de la comunidad del municipio Arcabuco, Boyacá. Para ello, se integró y aplicó una serie de instrumentos metodológicos de IAP (cuestionario sociodemográfico, entrevistas semiestructurada con enfoque temático, mapa metafórico como estrategia de desarrollo en la producción e instrumentos de análisis de datos y reflexión cualitativos) (Tolosa, 2024). Esta combinación metodológica permitió una comprensión profunda de las dinámicas territoriales y las interacciones sociales en el contexto urbano y posibilitó analizar el impacto de las infraestructuras e involucrar a la comunidad en la generación de soluciones ajustadas a sus realidades.
A nivel metodológico y práctico, la IAP se ha consolidado como una estrategia clave para conectar teoría y práctica sobre el sujeto-objeto del conocimiento (Fals Borda, 1986), convertir a la comunidad en protagonista de la construcción del espacio social y armonizar la reflexión crítica, el aprendizaje colectivo y la acción transformadora. La IAP se integra de forma natural con el enfoque del placemaking, entendido como la construcción participativa de espacios urbanos que promueven la identidad, el sentido de pertenencia y el bienestar de la comunidad, cuestionando el concepto de infraestructura que se limita a nociones puramente técnicas y funcionales.
La propuesta de un marco metodológico integrador se soporta en la teoría de las condiciones geográficas de producción en las que las infraestructuras urbanas son esenciales para la sostenibilidad de la producción económica y social de una región, en la medida que vinculan dinámicas políticas, de poder y de distribución espacial de la riqueza (Garza, 2013). Integrada con el placemaking, esta visión revela cómo las infraestructuras no solo afectan aspectos técnicos, sino la experiencia vivida por las comunidades, resaltando su capacidad de potenciar la creación de espacios para promover e impulsar prácticas culturales, económicas y sociales, adecuadas y ajustadas a las necesidades locales.
Para el estudio de caso se realiza la articulación teórica y metodológica que subyace en la comprensión del espacio urbano al vincular estructuras geográficas y espaciales con infraestructuras y en el reconocimiento de las interacciones entre lo físico, lo social y lo mental, desde una perspectiva sociocrítica (Tolosa, 2024). Además, para abordar esta interacción entre las condiciones geográficas de producción, las infraestructuras y las comunidades, desde una perspectiva crítica y participativa, se definió una serie de categorías de análisis orientadas a desentrañar las múltiples capas de la realidad urbana:
Espacio social: inspirado en Lefebvre (2020), el espacio social es producido por las relaciones humanas y las prácticas cotidianas; en este contexto, la infraestructura urbana no es simplemente un conjunto de estructuras técnicas, sino el resultado de procesos sociales, culturales y políticos. Al mismo tiempo, se concibe que las personas se ubican de acuerdo con la distribución de capital económico, cultural, social y simbólico, enfatizando que el espacio social se constituye en las prácticas cotidianas y memorias colectivas de los sujetos (Uribe, 2023).
Infraestructuras urbanas: son condiciones generales de producción que permiten la reproducción de las economías y paralelamente influyen en la configuración del espacio urbano, social y territorial, optimizando la movilidad, el acceso a servicios y la articulación del espacio social y económico (Garza, 2013). También facultan la conexión entre la dimensión material con procesos sociales, culturales y económicos, evidenciando la necesidad de vincular teoría y praxis en proyectos de intervención comunitaria (Balza et al., 2023).
El poder: se manifiesta en la forma en que se diseñan, gestionan y controlan las infraestructuras urbanas. Además, de las decisiones sobre qué infraestructuras se construyen y dónde se ubican reflejan las relaciones de poder en la sociedad; por lo tanto, el análisis del poder permite comprender quién se beneficia de las inversiones en infraestructuras y cómo se reproducen las desigualdades sociales y espaciales.
Desigualdad: la distribución desequilibrada de las infraestructuras urbanas provoca disparidades en el acceso a servicios esenciales, como el transporte, el agua y el saneamiento, y, a menudo, es resultado de decisiones políticas que priorizan ciertos sectores urbanos sobre otros, afectando a la calidad de vida de las comunidades vulnerables (Jaffe et al., 2020).
Territorialidad: se refiere a cómo las comunidades definen, controlan y reclaman su espacio dentro del contexto urbano, las infraestructuras; en este sentido, no son neutrales, sino que desempeñan un papel central en la configuración de los territorios urbanos. La territorialidad incluye las luchas por el acceso a los recursos urbanos y la reivindicación del derecho a la ciudad por parte de los habitantes locales (Harvey, 2014).
A partir de las categorías enunciadas, la IAP se convierte en una herramienta esencial para entender su impacto en las condiciones geográficas de producción, mientras promueve la participación comunitaria en los procesos de toma de decisiones y desarrollo territorial (Fals Borda, 1986). Esta participación garantiza que las soluciones adoptadas respondan a las necesidades reales del territorio, evitando la imposición de modelos estandarizados que no consideran las particularidades locales (Escobar, 2021). Además de democratizar la investigación, la IAP valora los conocimientos locales y genera transformaciones sociales concretas, lo que la convierte en una estrategia clave para afrontar los desafíos actuales. Tal como señala Tolosa Ruiz (2024), esta metodología integra perspectivas locales y ofrece respuestas adecuadas a contextos en constante evolución, desde enfoques complementarios que permiten su articulación con la producción del conocimiento y la transformación de la realidad de cada comunidad (ver figura 1).
Figura 1. Enfoques IAP implementados en el estudio de campo
Fuente: Tolosa Ruiz (2024), a partir de Zapata y Rondán (2018).
En el marco de la IAP, se aplicó una serie de herramientas metodológicas cualitativas para visualizar la forma en que las infraestructuras afectan la vida cotidiana y al acceso a los servicios esenciales, identificar los problemas y reforzar la capacidad de la comunidad para establecer recursos y soluciones locales. De esta manera, el uso de mapas sociales, complementado con la interpretación crítica, facilitó el reconocimiento de las desigualdades espaciales como base para la creación de infraestructuras que promuevan una mayor equidad territorial (Piñeiro et al., 2023).
Las condiciones geográficas de producción del espacio
El concepto de condiciones geográficas de producción propuesto por Garza (2013) examina cómo los elementos materiales e infraestructurales de una región interactúan con las relaciones sociales y económicas, facilitando o restringiendo los procesos de producción, de forma que sobrepasan los enfoques tradicionales que las consideran como simples herramientas técnicas y se conviertan en factores decisivos para la configuración de las estructuras espaciales y de poder en las sociedades.
Esta noción se basa en la idea de que las infraestructuras no son neutrales, sino que están influenciadas por las condiciones geográficas, políticas y sociales de cada región y actúan como determinante histórico fundamental en la concentración espacial del capital y como medios de producción requeridos principalmente por el sistema productivo de espacios y comunidades. Es pertinente, por tanto, problematizar cómo estas infraestructuras, además de ser elementos técnicos y físicos, pueden ser entendidas como actores o indicadores sociales que participan de manera activa en la producción del espacio. En línea con ello, es conveniente examinar la planificación urbana y las desigualdades espaciales desde una concepción teórico prácticos de las realidades comunitarias (Balza et al., 2023).
Girola y Garibotti (2022) subrayan que las infraestructuras son activos esenciales para el funcionamiento de los sistemas urbanos y regionales, proveyendo servicios básicos para la vida cotidiana y la actividad económica. Además, como señala Barry (2020), su influencia va más allá de lo tangible, afectando territorios, fronteras y subjetividades. Lo anterior se alinea con el pensamiento de Henri Lefebvre (2020), quien sostiene que cada sociedad produce su propio espacio, el cual se superpone en diferentes procesos históricos. Lefebvre (2020) argumenta que la ciudad es un ente en constante producción, resultado de prácticas sociales y espaciales que están sujetas a continuidades y rupturas en función de las transformaciones sociales.
De manera similar, desde la tradición de la economía política urbana, autores como David Harvey (2008) han llevado este planteamiento hacia el análisis de las relaciones de poder y la lógica del capital; a su vez, la producción del espacio aparece fuertemente mediada por dinámicas de acumulación, apropiación y desposesión (Harvey, 2008). Complementariamente, Soja (1996) enfatiza en el carácter relacional y multitemporal del espacio, donde propone que no existe un espacio realizado, sino múltiples espacialidades entrelazadas que se construyen en procesos históricos y en relaciones sociales heterogéneas. Estos autores amplían la triada lefebvriana y permiten conectar lo local con procesos globales que reconfiguran infraestructuras y modos de uso urbano.
La investigación de Núñez (2016) sobre los procesos de relocalización en Mar del Plata constituye una contribución sustantiva a la teoría de la producción del espacio, pues ofrece una comprobación empírica de la tríada lefebvriana (espacio concebido, percibido y vivido) al mostrar cómo el espacio diseñado por el estado a través de programas y políticas entra en tensión con el espacio cotidiano de los habitantes y deja de lado la identidad del lugar y de la comunidad. De otro lado, Uribe Cortez (2023) enfatiza el papel del espacio estatal como instancia que regula, clasifica, distribuye y ejecuta, pero que también excluye y fractura la memoria colectiva y la participación social, homogenizando espacios en un sentido globalizante. Estos autores confirman que el espacio urbano es una construcción social conflictiva y sostienen que las políticas de espacio en América Latina producen nuevas desigualdades espaciales, al mismo tiempo que abren escenarios de resistencia y resignificación por parte de los propios habitantes.
De acuerdo con lo anterior, las condiciones históricamente estructuradas por intereses económicos y políticos perpetúan las desigualdades estructurales y el espacio urbano, influido por las luchas de poder entre diferentes clases sociales, evidencia que las infraestructuras urbanas desempeñan un papel clave en la configuración de las condiciones geográficas de producción, puesto que determinan el acceso a recursos y mercados.
En Latinoamérica, donde las desigualdades económicas son notables, y la distribución de infraestructuras es desigual, existen las zonas de mayor poder adquisitivo que tienden a concentrar los mejores servicios, mientras que las áreas de menores ingresos sufren de servicios deficientes o inexistentes. Esta disparidad en la distribución de las infraestructuras no es accidental, sino resultado de decisiones políticas y económicas que benefician a ciertos sectores en detrimento de otros; por lo tanto, las infraestructuras no son simplemente medios para mejorar la eficiencia productiva, sino instrumentos de control social que afectan la calidad de vida y las oportunidades de desarrollo de determinadas comunidades (Garza, 2013).
En este contexto, la dependencia de América Latina de inversión extranjera y la privatización de servicios esenciales han exacerbado la generación de infraestructuras que responden a los intereses del capital privado e ignoran las necesidades de las comunidades locales. Este fenómeno de mercantilización del espacio ha creado una brecha aún mayor entre las zonas urbanas prósperas y aquellas que carecen de los recursos básicos para sostener su desarrollo económico. Como resultado, se generan dos identidades contrastantes dentro de una misma ciudad: la utopía de las áreas más desarrolladas y la distopía de las zonas marginadas, lo que conduce a experiencias fragmentadas y deshumanizadas en relación con las infraestructuras urbanas y la producción de condiciones geográficas.
Producción social del espacio y placemaking
La relación entre la producción social del espacio y las condiciones geográficas de producción está intrínsecamente vinculada a las infraestructuras urbanas. Henri Lefebvre (2020) invita a reflexionar sobre cómo el espacio no solo se produce, sino que es vivido y experimentado por las personas. Paralelamente, Garza (2013) destaca el papel central que desempeñan las infraestructuras en la configuración de estas condiciones de producción. De esta manera, la interconexión entre la producción social del espacio y las condiciones geográficas se teje a través de una compleja red de factores sociales, económicos y geográficos.
De acuerdo con Lefebvre (2020), el espacio concebido se refiere a las representaciones y teorías producidas por arquitectos, urbanistas, científicos y políticos, quienes planifican y organizan el espacio conforme a ciertos ideales y objetivos. De esta manera, el espacio percibido se refiere a las prácticas espaciales cotidianas y a la interacción física de los individuos con su entorno, siendo este el espacio tangible y material experimentado directamente, mientras que el espacio vivido abarca las experiencias personales, emociones y significados simbólicos que los individuos asocian con los lugares donde habitan y trabajan, construidos a partir de percepciones individuales y colectivas.
Lefebvre (2020) plantea que el espacio no es simplemente un contenedor vacío, sino un producto social que refleja las dinámicas de poder y las relaciones sociales que lo configuran. Por ello, propone tres dimensiones del espacio: lo percibido, lo concebido y lo vivido, las cuales permiten comprender cómo los actores sociales interactúan con el espacio y lo transforman a través de sus prácticas cotidianas, sus representaciones mentales y sus experiencias vividas. De manera complementaría, Uribe Cortez (2023) argumenta que el espacio social corresponde a la unión de dinámicas geográficas y sociales e interpretaciones culturales del ser humano en el lugar habitado, concibiendo al espacio como un ente dinámico y en constante transformación, condicionado por elementos materiales, como las infraestructuras, y por las interacciones sociales que se producen en su interior.
En este contexto, el placemaking emerge como una herramienta fundamental, puesto que posibilita que las comunidades no solo se apropien de su entorno urbano, sino que resignifiquen estos espacios a través de prácticas sociales y culturales que desafían las dinámicas de poder previamente establecidas, lo que refuerza la definición de espacio estatal como escenario concreto que ofrece un horizonte claro de la realidad en diferentes niveles gubernamentales y aspectos urbanos, políticos, industriales y culturales.
Por su parte, Garza (2013) argumenta que el espacio geográfico es fundamental para la organización y reproducción de los procesos físicos, sociales y económicos que determinan la viabilidad de la producción en un territorio determinado, de forma que la infraestructura urbana, entendida como servicios generales de producción, es un factor clave que permite la integración de las ciudades en las redes globales de producción y distribución, además de contribuir a la generación de graves desigualdades espaciales.
En la búsqueda de sintetizar estas perspectivas, se puede percibir cómo la dimensión social del espacio se entrelaza con las condiciones geográficas y materiales que lo sostienen, lo cual permite comprender que el espacio y las infraestructuras urbanas, además de soporte físico, se potencializan como un entramado dinámico donde confluyen actores, infraestructuras, relaciones y practicas sociales y de producción (ver figura 2).
Figura 2. Relación entre la producción social del espacio y las condiciones geográficas de producción
Fuente: elaboración propia a partir de Lefebvre (2020) y Garza (2013).
El papel del placemaking en la configuración de infraestructuras y la transformación del espacio urbano
El placemaking, como metodología que sitúa a las comunidades en el centro del proceso de diseño y desarrollo urbano, promueve su participación activa en la creación de lugares que, además de sus necesidades, valores y aspiraciones, fortalezcan el sentido de pertenencia e identidad del lugar producido y mejoren la calidad de vida y las experiencias en el entorno urbano (Solano-Meneses, 2023).
Esta práctica subraya la necesidad de repensar las infraestructuras más allá de meros sistemas técnicos, como elementos fundamentales para la creación de espacios sociales y culturales que respondan a las dinámicas, necesidades y deseos de la comunidad.
Wyckoff (2014) propone cuatro tipos de intervenciones desde el placemaking: el estándar, que mejora la calidad de un lugar a largo plazo; el estratégico, que, además de mejorar el espacio, genera incentivos económicos; el táctico, que permite intervenciones inmediatas y de bajo riesgo, y el creativo, que aporta una visión artística y cultural para reconfigurar los paisajes urbanos, promoviendo espacios más inclusivos y vibrantes. La tipología propuesta por Wyckoff resulta especialmente útil para comprender sus diferentes escalas y aplicaciones, en la medida que distingue formas específicas de intervención en el territorio, desde acciones temporales y comunitarias hasta procesos de planificación a largo plazo. A continuación, se sintetiza esta clasificación, mostrando cómo cada tipo de placemaking puede contribuir de manera diferenciada a la construcción de espacios urbanos inclusivos, resilientes y orientados al espacio social y a la vida cotidiana de las comunidades (ver figura 3).
Figura 3. Tipos de placemaking propuestos por Wyckoff (2014) para la gestión urbana
Fuente: elaboración propia, a partir de Solano-Meneses (2023).
A través del placemaking, las infraestructuras urbanas pueden trascender su función tradicional como simples redes de transporte o servicios y convertirse en plataformas de cohesión social, equidad y bienestar colectivo. En lugar de ser percibidas únicamente como obras de urbanismo técnico, son reconocidas como elementos clave que configuran la vida social y las interacciones urbanas. Esto resulta en especial relevante en el contexto latinoamericano, donde la planificación urbana ha tendido a privilegiar la eficiencia técnica y económica, dejando de lado el bienestar de las comunidades locales.
Según Lizarazo y colaboradores (2018), el placemaking ha ganado terreno a nivel global como un enfoque innovador en el diseño y la planificación urbana, mediante la propuesta de un modelo participativo que involucra a diversos actores en la creación de ciudades. En América Latina, este enfoque ha evolucionado bajo el concepto de innovación urbana ciudadana y, actualmente, promueve procesos inclusivos que no solo consideran el diseño físico, sino las dinámicas sociales y culturales. Así, el placemaking desafía la planificación urbana tradicional y lineal, proponiendo un enfoque multisistémico que integra capas de interacción social, política y cultural para crear ciudades más habitables, diversas y resilientes.
Por su lado, la teoría de Lefebvre (2020) sobre la producción del espacio y las ideas de Garza (2013) sobre las condiciones geográficas de la producción convergen en una posición crucial: el espacio público y las infraestructuras son fundamentales para la vida urbana. Las infraestructuras no deben ser vistas como facilitadoras de la producción económica y como generadoras de experiencias humanas significativas que fomentan una interacción social más justa y equilibrada entre los ciudadanos.
En este sentido, el placemaking puede convertirse en una herramienta transformadora para reconfigurar el uso de las infraestructuras urbanas, garantizando que sirvan no solo a los intereses del capital, sino también a las personas. La participación activa de la comunidad en la planificación y diseño de infraestructuras permite identificar las necesidades reales del territorio, fomentar la apropiación del espacio urbano y, en última instancia, contribuir a la construcción de ciudades más inclusivas, sostenibles, equitativas y justas. Este enfoque es clave para enfrentar las complejidades sociales y geográficas que caracterizan a las ciudades latinoamericanas.
Limitaciones del placemaking en la configuración de infraestructuras y la transformación del espacio urbano
El placemaking se ha consolidado como una estrategia de revitalización urbana que busca fortalecer la identidad del lugar y la apropiación comunitaria del espacio; sin embargo, investigaciones recientes advierten que su potencial transformador suele ser capturado por la lógica de la producción capitalista del espacio. Keidar y otros (2023) sostienen que, cuando las intervenciones locales no se articulan con las políticas de desarrollo territorial, infraestructura y servicios, su impacto resulta efímero y puede incluso estimular procesos especulativos. Esta constatación dialoga con Garza (2013), para quien las infraestructuras y las condiciones materiales constituyen el núcleo de la producción urbana; por tanto, sin modificaciones en esta escala estructural, el placemaking permanece vulnerable a la lógica del mercado.
La dimensión estructural del mercado inmobiliario profundiza este riesgo. Bernt (2024) plantea la noción de commodification gap, es decir, la facilidad con que un uso social puede convertirse en valor mercantil en contextos donde esta brecha es estrecha y cómo las intervenciones comunitarias son rápidamente asimiladas como atractivos espaciales. Esto confirma la advertencia de Lefebvre (2020) sobre la tensión entre valor de uso y valor de cambio en la producción del espacio, así como la necesidad de un espacio estatal regulador que limite la mercantilización y garantice el derecho al espacio urbano.
Por otra parte, el componente estético del placemaking, representado en murales, eventos culturales, hubs creativos, performance y practicas artísticas, entre muchos otras más, puede operar como vector de gentrificación. El informe global sobre desplazamiento interno presentado por el Observatorio de Desplazamiento Interno (IDMC, por sus siglas en inglés) (2024) y la revisión sistemática de Te Lintelo y colaboradores (2024) evidencian que la visibilidad, la espectacularización y el consumismo generan nuevas dinámicas de atracción de capital que, con frecuencia, desembocan en quebrantamiento de la identidad del lugar, la memoria colectiva, el espacio de producción social e incluso el patrimonio cultural de una sociedad, cayendo en tendencias de estandarización, globalización y homogenización del espacio y de las infraestructuras urbanas de la comunidad.
El placemaking no puede evaluarse solo por la calidad del espacio producido, sino por su inserción en un marco institucional y normativo más amplio que garantice justicia espacial; de lo contrario, se corre el riesgo de que se convierta en un instrumento estético de acumulación, antes que en un vehículo de democratización urbana.
Infraestructuras urbanas y dinámicas de producción
El impacto de las infraestructuras urbanas en las dinámicas sociales y territoriales de América Latina es esencial para comprender cómo se establecen y perpetúan las desigualdades en las ciudades. Además de conectar espacios físicos, estas infraestructuras distribuyen poder, recursos y oportunidades, consolidando o agravando las brechas sociales. En la región, la urbanización históricamente desigual ha generado un acceso diferenciado a servicios básicos como agua potable, energía y transporte público, dando lugar a una urbanización dual: sectores con acceso adecuado a infraestructuras y áreas marginales donde proliferan asentamientos informales, sin planificación urbana inclusiva, lo que limita la calidad de vida y las relaciones sociales (Balza et al., 2023).
Retomando a Garza (2013), las infraestructuras configuran las condiciones geográficas de producción, definiendo cómo se producen los espacios urbanos y cómo se desarrollan las actividades económicas. En ese sentido, el acceso a servicios es crucial para que las personas interactúen con el entorno urbano y aprovechen oportunidades. El espacio urbano, lejos de ser solo un área física, es un producto social moldeado por decisiones políticas, económicas y sociales. La tendencia a favorecer sectores más desarrollados en los grandes proyectos de infraestructura perpetúa la segregación, excluyendo a las zonas marginales de las inversiones necesarias, lo que agrava las desigualdades (Pírez, 2013). A esto se suma un enfoque global que, al ignorar las particularidades culturales y geográficas, propone soluciones que no responden a las necesidades reales de las comunidades locales (Gras, 2020).
Resultados y discusión
Estudio de caso: Arcabuco, Boyacá
El proceso de investigación aplicada realizado en el municipio boyacense de Arcabuco, Colombia, ilustra cómo la producción de condiciones geográficas, a partir de las infraestructuras urbanas, puede gestionarse mediante metodologías y enfoques participativos, de planificación y de diseño urbano, como el placemaking, el cual busca crear espacios públicos significativos, inclusivos y vividos por la comunidad. El estudio participativo, apoyado en instrumentos metodológicos de IAP, se centró en la observación, reflexión, reconocimiento y transformación de los espacios urbanos, especialmente en torno al parque central de Arcabuco, y sus prácticas artísticas, proponiendo el placemaking como catalizador del cambio (Tolosa, 2024) (ver figura 4).
Figura 4. Perfil demográfico de los participantes en el estudio de la producción del espacio en Arcabuco Boyacá
Fuente: Tolosa Ruiz (2024).
El análisis del perfil demográfico de la población de Arcabuco, como un punto de partida para comprender las dinámicas territoriales y sociales en las que se inscribe el estudio, identificó las demandas diferenciales de infraestructura y servicios urbanos, así como los retos de inclusión social que enfrenta el municipio. La siguiente gráfica sintetiza estos aspectos y ofrece un panorama general del contexto demográfico que condiciona la producción social del espacio y las posibilidades de implementar estrategias de placemaking.
Por medio de entrevistas semiestructuradas con líderes comunitarios, artistas y residentes, se reconocieron las principales dinámicas territoriales, como las prácticas espaciales cotidianas y las tensiones sociales relacionadas con el uso del espacio público. Estos elementos fueron plasmados en la figura 6, reafirmando las teorías de Garza (2013) y Lefebvre (2020) sobre la incidencia de las infraestructuras en las relaciones sociales y la producción del espacio, de forma que se pudo comprobar el rol estratégico del placemaking como conector del diseño de infraestructuras urbanas con las necesidades y aspiraciones de los habitantes.
El análisis crítico de la zona de Arcabuco destacó cómo las prácticas comunitarias influyen en la producción del espacio urbano. Los residentes relataron en las entrevistas semiestructuradas que el parque central, históricamente utilizado como lugar de reunión y celebración, ha estado limitado por la falta de inversión en infraestructuras urbanas y sociales, así como por el escaso involucramiento de las comunidades en las intervenciones que han llevado a cabo las administraciones municipales en el transcurso del tiempo. Estos relatos impulsaron el desarrollo de estrategias creativas y sostenibles para revitalizar el espacio urbano, demostrando que la planificación territorial puede facilitar una dinámica integradora. En este sentido, se constató que el placemaking puede transformar físicamente un espacio y fortalecer el sentido de pertenencia, la identidad del lugar y la cohesión social (Tolosa, 2024).
Para comprender la manera en que las infraestructuras urbanas se vinculan con la producción social del espacio, se elaboró un esquema de frecuencia y correlación que articula la trialéctica lefebvriana (espacio percibido, concebido y vivido) con los procesos observados en Arcabuco. La figura 5 muestra la frecuencia o representación de la repetición o intensidad con que ciertos fenómenos espaciales o sociales aparecen en el territorio, lo cual se complementa con el esquema de correlación que evidencia las relaciones de dependencia o interconexión entre esas variables. De esta forma, se visualiza cómo los diferentes planos de la espacialidad se entrelazan en la producción de las condiciones geográficas, al tiempo que se ofrece un marco analítico para interpretar el papel del placemaking en la configuración de prácticas comunitarias y en la apropiación de los espacios urbanos.
Figura 5. Esquema de frecuencia y correlación. De la trialéctica (percibido-concebido-vivido) a la producción social del espacio social
Fuente: Tolosa Ruiz (2024).
La metodología aplicada demostró que, al igual que en el contexto latinoamericano, en el municipio de Arcabuco, el espacio social adquiere una relevancia especial debido a las desigualdades existentes en la distribución de los recursos y servicios urbanos. Además, el estudio evidenció cómo el placemaking y la IAP pueden transformar las infraestructuras urbanas no solo desde una perspectiva física, sino en términos de dinámicas sociales y territoriales. Este proceso, centrado en la comunidad, corroboró que las infraestructuras deben responder y lograr una mayor adaptación a las condiciones geográficas locales, reconocer las manifestaciones artísticas en el espacio urbano y formular criterios incluyentes y sostenibles para la adecuada producción del espacio urbano.
Actualización del estudio de Caso, para el año 2025: Arcabuco, Boyacá
Recientemente, la administración municipal (Gobierno Digno 2024-2027) anunció una intervención relevante en el parque central del municipio de Arcabuco, soportada en un presupuesto considerable que abarca una transformación total de aproximadamente el 85 % del parque, sin contemplar recursos para mantenimiento o restitución de los elementos tradicionales. Este anuncio ha generado preocupación en el Consejo Municipal y en distintos sectores de la comunidad, no solo por la magnitud del presupuesto, sino por el carácter drástico y homogeneizante de la intervención espacial.
Teniendo en consideración los aportes de Lefebvre (2020), sobre cómo el espacio se produce, es vivido y experimentado por las personas, y de Garza (2013), quien destaca el papel central que desempeñan las infraestructuras en la configuración de estas condiciones de producción, la propuesta de la administración contradice los hallazgos iniciales del estudio en cuanto al valor del parque en la memoria colectiva de los habitantes, así como a la relación simbólica entre materiales, prácticas y actores que lo producen y lo habitan. De esta manera, resalta que la intervención propuesta se contrapone a los enfoques teóricos de Lefebvre y Garza, al pretender sustituir elementos que históricamente han producido y dado forma a la identidad del espacio, por materiales, técnicas y estéticas replicadas de otros espacios urbanos. Este tipo de homogenización invisibiliza la identidad local y espacial y responde a criterios estéticos individuales e intereses administrativos, sin tener en cuenta las expectativas reales de la comunidad.
Además, la sesgada participación comunitaria limita la pluralidad de voces y desvirtúa el sentido mismo de producción social del espacio planteado por Lefebvre (2020), al ser un espacio concebido por instancias de poder en conflicto con el espacio vivido por los habitantes. De igual manera, se relaciona con la posición de Garza (2013), quien enfatiza que las infraestructuras urbanas no pueden reducirse a simples objetos estéticos o réplicas de modelos externos, pues cumplen un papel central en la reproducción de la vida social y en el acceso equitativo al espacio.
A la par, otros autores han señalado cómo las intervenciones urbanas, impulsadas desde intereses políticos o económicos, tienden a producir un sesgo que prioriza proyectos de homogenización y capitalismo, en detrimento de las memorias locales y de las dinámicas comunitarias (Harvey, 2014). En el caso de Arcabuco, se observa cómo el sesgo político se traduce en la imposición de criterios estéticos y funcionales que no corresponden a los análisis realizados ni a las necesidades expresadas por su comunidad.
Mapa social: la metáfora del imaginario urbano de la comunidad
El mapa social del imaginario urbano de Arcabuco (ver figura 6) ofrece una representación compleja y rica de las experiencias, percepciones y concepciones del espacio urbano por parte de la comunidad. Al aplicar la metodología de IAP de Fals Borda, se subraya el papel activo de los individuos como seres sentipensantes y se enriquece la comprensión de su entorno, dado que se representa un análisis de las distintas secciones que revelan aspectos cruciales de la vida urbana.
Esta herramienta visual es un vehículo para la reflexión crítica sobre cómo los espacios son vividos y percibidos por los habitantes, dado que destaca la interacción entre los diferentes componentes del espacio urbano; revela la complejidad de las dinámicas sociales, económicas y culturales en Arcabuco, y sugiere que la participación activa y el reconocimiento de las experiencias comunitarias son fundamentales para abordar los desafíos del desarrollo urbano y la mejora de la calidad de vida de los habitantes.
Como se puede observar, a través de sus distintas secciones, el mapa ilustra cómo las infraestructuras urbanas, además de su condición física, son fundamentales en la configuración de las condiciones geográficas de producción; por lo tanto, la planificación urbana debe reconocer esta interrelación y trabajar para crear entornos realmente representativos de las necesidades y aspiraciones de la comunidad, que actúen como indicador de calidad de vida, promuevan un desarrollo sostenible e integrador y garanticen que el espacio urbano se convierta en un lugar de encuentro, creación y transformación social.
Implicaciones para la teoría y la práctica del placemaking
El análisis documental de las infraestructuras urbanas y su impacto en las dinámicas territoriales y sociales en América Latina reveló que estas no son meros elementos técnicos que facilitan el funcionamiento de las ciudades, sino que desempeñan un papel crucial en la configuración de la desigualdad social. Como complemento, los resultados del estudio aplicado a un municipio concreto subrayan la necesidad de abordar las infraestructuras desde una perspectiva crítica y social, reconociendo su capacidad para moldear tanto el espacio físico como las relaciones sociales y las oportunidades económicas.
Lejos de ser neutrales, las infraestructuras urbanas reflejan las políticas económicas y sociales que determinan la distribución del poder y los recursos en las ciudades. Su planificación debe adoptar una visión más humana y participativa, que permita a las comunidades convertirse en coproductoras de su entorno. Esto implica diseñar infraestructuras que respondan a necesidades técnicas e integren las experiencias y aspiraciones de los habitantes. De este modo, las infraestructuras pueden transformarse en elementos clave para promover un desarrollo urbano inclusivo y equitativo, adaptándose a las particularidades locales y culturales y respetando la identidad de las comunidades.
Conclusiones
El carácter teórico y crítico del estudio abre un debate sobre la perspectiva crítica de Garza (2013) en cuanto a que las infraestructuras urbanas en América Latina deben concebirse no solo como dispositivos técnicos, sino como actores fundamentales en la configuración y producción del espacio social y geográfico. Si bien la relación entre la producción social del espacio y las condiciones geográficas de producción está profundamente vinculada a las infraestructuras urbanas, se observa que Lefebvre (2020) reflexiona sobre cómo las personas producen y experimentan el espacio, mientras que Garza (2013) subraya el papel esencial de las infraestructuras en la configuración de estas condiciones de producción.
Esta interrelación permite que el espacio urbano sea a la par productor y producto de las relaciones humanas, generando un sentido de comunidad y promoviendo una intimidad compartida, donde los individuos se reconocen mutuamente. Es crucial destacar que un espacio urbano de calidad, que articule el componente social, las infraestructuras y la producción de condiciones geográficas, se correlaciona de manera directa con una mejora en la calidad de vida de la comunidad.
El proceso investigativo vincula el discurso académico contemporáneo con un estudio de caso y presenta un análisis centrado en el campo aplicable a los estudios urbanos latinoamericanos. El alcance, exploratorio y participativo del estudio llevado a cabo en Arcabuco, Boyacá, generó una serie de hallazgos que permiten evidenciar cómo las infraestructuras y el placemaking inciden de manera activa y directa en los procesos de convivencia comunitaria. El reconocimiento del parque central como espacio simbólico y de memoria colectiva, por parte de la comunidad, confirma la tesis de Garza acerca del papel de las infraestructuras en la producción de condiciones geográficas.
Asimismo, los instrumentos aplicados evidenciaron que las decisiones de los respectivos gobiernos de turno no han incorporado los escenarios de partición ciudadana, lo cual conlleva a la reproducción de espacios desvinculados y sin reconcomiendo social, reforzando los postulados teóricos sobre el conflicto entre el espacio concebido por el poder institucional y el espacio vivido por los habitantes. Estos hallazgos dimensionan las reflexiones teóricas, pues muestran cómo una infraestructura urbana puede ser, al mismo tiempo, catalizadora de cohesión social o escenario de tensiones espaciales, según el modo en que se produzcan en el espacio.
El abordaje de las infraestructuras urbanas desde enfoques participativos y sociales, como el placemaking, puede contribuir a su conversión en catalizadores de cambio social, dado que no solo facilitan la vida cotidiana, sino que reconfiguran el espacio urbano para mejorar la calidad de vida de las comunidades, actuando como herramientas para reducir las desigualdades espaciales y fortalecer la cohesión social. La experiencia de Arcabuco refuerza la necesidad de considerar la participación ciudadana como componente esencial de los procesos de planificación que advierte sobre el urgimiento de intervenciones externas y asiladas que debilitan la memoria y la identidad local.
Finalmente, la investigación subraya la importancia de integrar la planificación espacial con metodologías participativas que comprendan el impacto de las infraestructuras en la producción de condiciones geográficas y sociales. Aunque el caso de Arcabuco es local y exploratorio, ofrece elementos relevantes sobre cómo la planificación inclusiva puede adaptarse a las particularidades culturales y territoriales latinoamericanas. En este sentido, se recomienda revisar y reconfigurar las políticas de infraestructura urbana desde la gestión pública, con el fin de impulsar un desarrollo más equitativo, participativo y sostenible que fortalezca el derecho a la ciudad y el bienestar colectivo, especialmente en las comunidades más vulnerables.
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