Las reflexiones acerca del sujeto campesino y su retorno al campo se hacen desde el contexto de la globalización, como fenómeno que tiende a desarraigar no solo las cosas, sino las prácticas y las formas de vida campesinas (Ianni, 2013). En este proceso histórico de movimientos, luchas y conflictos (Rubio, 2006), el territorio sufre reconfiguraciones que transforman la percepción simbólica de este, su uso y apropiación, causas que orillan al campesino a la migración, experimentando nuevas formas de vida colonizadas, aprendiendo nuevas formas de trabajo que ofrecen las actividades industriales, su incorporación como mano de obra barata, con condiciones temporales-espaciales diferentes a la vida campesina, las cuales implican una condición para repensar el retorno a su quehacer campesino.
Para ello, la conjunción de las características del sujeto campesino le permite a este incentivar la conciencia comunitaria a partir de su anclaje territorial. En este sentido, el apartado del sujeto campesino y el territorio ofrece el concepto de sujeto campesino delimitado a partir de los aportes de autores como Chayanov (1974), Engels (1894), Baraona (1987) y Bartra (2014), desde una visión de apropiación territorial. Un parteaguas importante para el retorno campesino a partir de la conciencia comunitaria.
El ser del sujeto campesino se encuentra ligado directamente con la conciencia comunitaria, que, a su vez, involucra el lenguaje comunitario expresado en el territorio. Esta dualidad se refleja en el sentir del campesino y se concretiza en su retorno al campo, pues rememora el anhelo de pertenencia en un espacio que conoce y que la ciudad no le puede ofrecer; por el contrario, esta lo explota y lo cosifica.
Para sustentar lo anterior, esta investigación se desarrolla a partir del análisis de dos historias de vida, de campesinos que experimentaron la migración a la ciudad, pero que, al ponderar el arraigo, decidieron regresar a sus comunidades. La historia de vida es un método que permite la aproximación a la realidad a partir de las narraciones de las experiencias de los sujetos a lo largo de su vida (Ferraroti, 2007; Mallimaci & Giménez, 2006), en la que se puede identificar en las conexiones con la conciencia comunitaria la construcción del sujeto campesino. Las historias de vida se coadyuvaron con otras técnicas de información, como la de participante como observador y entrevistas en profundidad de doce integrantes de diversas edades que por lo menos una vez en su vida se han enfrentado a la migración.
El retorno de estos sujetos campesinos es dimensionado en los ámbitos económicos, políticos y culturales, ya que estos fueron razones para abandonar el campo y sus territorios, a los cuales estaban anclados y fueron construidos desde la edad temprana. De esta manera, la reflexión de la forma de vida durante la niñez, la juventud y la adultez son parteaguas para comprender el retorno al campo.
Los resultados encontrados giran en torno a la construcción del sujeto campesino como aquel que resiste ante el fenómeno de la globalización y, a pesar de ello, busca primero su bienestar. En este orden de ideas, los sujetos campesinos que migraron de sus comunidades campesinas buscaron el retorno al campo por el ambiente de hostilidad al cual se enfrentaron en la ciudad.
La agricultura tradicional mexicana se ha transformado a partir de la globalización, entendida como la reconfiguración económica mundial (Dabat, 2002), que ha ocasionado cambios estructurales en el quehacer cotidiano del campo, en la organización del trabajo campesino (el trabajo familiar colaborativo), en la alteración de los productos de autoconsumo y en la dinámica económica agrícola. Estos cambios derivan de las políticas públicas de gobierno diseñadas para incorporar a la actividad agrícola en el orden económico mundial (Relio, 2009).
En el territorio, la globalización ha generado una serie de movimientos, procesos, luchas y conflictos (Rubio, 2006), que presentan un efecto directo en la vida de los campesinos y su relación con la agricultura; debido a esto, han sido uno de los sectores más afectados, dado que la impronta de la globalización no solo impulsa la reconversión de cultivos en el sistema de producción del tradicional al moderno, sino que provoca procesos de desarraigo, deslegitimando el conocimiento campesino, lo cual conlleva el abandono del campo mexicano, del espacio rural al urbano.
Esta condición de dominación y cambio se puede percibir a partir de las siguientes palabras de Octavio Ianni (2004): "El mundo se ha mundializado, de tal manera que el globo ha dejado de ser una figura astronómica para adquirir más plenamente su significación histórica" (p. 3), a partir de una condición inherente, la homogenización del intercambio económico, cultural y político.
De ese modo, el campesino ha buscado la manera de enfrentarse a este fenómeno globalizador a través de diversas vías, como la organización campesina, la formación de discursos derivados de los conocimientos tanto tradicionales como modernos en un ámbito individual o comunitario, mediante la formación de grupos gestionados por políticas públicas.
Estos espacios son lugares de encuentro en donde se gestan narrativas para la lucha contra los efectos de la globalización y el neoliberalismo. Los movimientos campesinos luchan bajo un mismo estandarte, por ejemplo: la defensa de la tierra y del territorio, la soberanía alimentaria, las reformas agrarias, por una agricultura sostenible, por la protección genética de las semillas, por una seguridad alimentaria que garantice la supervivencia de la familia campesina (Lazo, 2004).
De esta manera, el territorio se convierte en un espacio de configuración de una multiterritorialidad, que, para Haesbaert (2011), "es, ante todo, la forma dominante, contemporánea o posmoderna de la reterritorialización" (p. 279), lo que implica una transformación de la carga simbólica del territorio, es decir, la expresión de todos los territorios por los que se ha pasado, vivido y significado.
La reterritorialización es resultado de los procesos de migración, de los procesos históricos de reconfiguración territorial y del curso e interacción de múltiples territorios en un mismo espacio, o, como dice Haesbaert (2011), es "la dinámica combinada de territorios múltiples o 'multiterritorialidad' [...] principalmente ahora que la(s) movilidad(es) domina(n) nuestras relaciones en/con el espacio" (p. 282).
El territorio se ha tenido que reestructurar en sus diferentes escalaridades (Ramírez, 2003): como espacio físico se ha reestructurado en la ocupación y uso de este; en la dimensión simbólica ha cambiado su percepción de este en el contexto cultural. En el segundo caso, hay una connotación en los procesos de mestizaje de las culturas tradicionales en tanto prácticas, conocimiento, memoria, lenguaje y apropiación.
Por lo tanto, las representaciones territoriales van desdibujando las identidades del territorio, lo que se puede observar en la construcción de los nuevos paisajes que sustituyen a los anteriores. Este paisaje moderno se encuentra cubierto por fábricas, monocultivos, reconversión de cultivos, mayor concentración de productos, desplazamientos, semillas híbridas, pues "la globalización tiende a desarraigar cosas, personas e ideas" (Ianni, 2004, p. 94).
Estos procesos de desarraigo, desterritorialización y multiterritorialidad causados por la globalización (Ianni, 2004; Haesbaert, 2011) en los territorios vividos y usados por los campesinos son un parteaguas para abordar de manera reflexiva los procesos sociohistóricos y contextuales de la realidad campesina que transitaron por procesos de colonización e hibridación cultural en las comunidades locales.
En este sentido, las políticas públicas diseñadas por el Estado mexicano fueron elaboradas desde una ideología neoliberal, esto es, "un conjunto particular de prácticas políticas económicas" (Harvey, 2007b, p. 186) que apela a la privatización y al libre mercado, a la sustitución de importaciones, dando mayor peso a las políticas económicas que garanticen la generación de recursos que aseguren mayores ganancias a los sectores productivos agrícolas mejor capitalizados, más allá del bienestar social con respecto a sus culturas comunitarias.
La concreción de estas políticas públicas neoliberales en el contexto mexicano derivó directamente de la adhesión del Estado al Tratado de Libre Comercio y al Consenso de Washington. Ambos marcaron las reglas de operación de los programas sociales dirigidos a la agricultura, que, por ser negligentes en las necesidades de los territorios, ocasionaron una crisis en el campo mexicano.
"Con el ascenso y consolidación del neoliberalismo en los años 1990, se agudizó también la exclusión rural. La producción campesina fue sustituida por importaciones abaratadas procedentes de Estados Unidos y se impuso la privatización de las empresas estatales y el declive del gasto rural. La marginación campeó en las tierras latinoamericanas, robusteciendo la migración y la pobreza rural" (Rubio, 2017, p. 18).
Lo que no se consideró dentro de estas políticas públicas fue la figura de los pequeños campesinos, en tanto que sus reglas de operación consideraban la modernización en los paquetes tecnológicos y el cambio de actividad productiva y económica de los campesinos, por su incorporación a las nuevas actividades, como la fabril en el altiplano central, con lo cual se ocasionó masivamente el abandono de las actividades campesinas (Montiel Torres, 2019), generando grandes olas de migración a las principales ciudades y produciendo un incremento de venta o renta de parcelas a los productores de monocultivos, como es el caso de la cebada en las zonas magueyeras en los municipios de Tlaxcala y Calpulalpan principalmente.
Los procesos de industrialización textil en la región de Tlaxcala contribuyeron a la reconversión económica, ya que los campesinos abandonaron sus tierras para incorporarse a las empresas manufactureras, gracias a la apertura de creación de los corredores industriales y al desarrollo local en infraestructura en territorio tlaxcalteca.
En suma, todos estos efectos de la globalización que aterrizaron en el campo mexicano lograron reconfigurar el territorio, con la gradual reducción del cultivo del maguey en los pequeños productores, "ligado a procesos sociales y económicos que generaron estos cambios en una zona que pasó de ser magueyera a cebadera en el siglo XX" (Ramírez, 2021, p. 398). Los campesinos sometieron a sus parcelas a una reconversión de cultivo, en los estados de Hidalgo, Tlaxcala y México, por ser una planta de bajo requerimiento de agua para su subsistencia (Hernández, 2022).
A pesar de este panorama económico, los campesinos adultos y ancianos continuaron desarrollando las actividades cotidianas del campo, por ejemplo: siembra de semilla criolla para su autoconsumo, una diversidad de cultivos a pequeña escala derivada de la demanda del grupo doméstico, cultivo de hortalizas y cría de animales de traspatio. Estos elementos contribuyen a la permanencia de la pequeña agricultura, generando integración entre los miembros de la familia al participar dentro de la dinámica campesina, en la que sus integrantes adquieren un rol importante en el ciclo agrícola, el cual termina en la mesa de la familia campesina. Aun con la competencia originada por los medianos productores y el prominente monocultivo en grandes extensiones de tierra, la vida campesina prevalece.
Las nuevas formas de producción que sustituyeron a las tradicionales, como es el caso del metepantle y el fortalecimiento del cultivo de la cebada, no lograron terminar con las actividades campesinas tradicionales. Se mantuvieron algunas prácticas campesinas tradicionales de producción, usos y consumo del maguey y sus derivados (Ramírez, 2021).
La subjetividad campesina implica una forma de apropiación del territorio de larga data. Por ejemplo, su forma de organización familiar para trabajar colectivamente en el campo es, según Chayanov (1974), la mano de obra capacitada para los trabajos dedicados al campo; así mismo, menciona que la composición de la familia en su concepción "incluye a las personas que comen siempre en la misma mesa o que han comido de la misma olla" (p. 48), lo cual da pie para comprender las formas de organización del sujeto campesino integrado a un núcleo familia organizado para satisfacer sus necesidades básicas.
Esta forma de organización familiar encabezada por el jefe de familia socialmente aceptado perpetúa el quehacer campesino con la integración de los miembros de la familia, desde los más pequeños hasta los ancianos pertenecientes al mismo núcleo. La sucesión de conocimientos tradicionales, tanto del trabajo campesino como de la organización familiar del trabajo colectivo, que permite la construcción del sujeto campesino, pese a las vicisitudes contextuales, consecuencia de un modelo económico capitalista-globalizante, ha encontrado su permanencia en el tiempo, construido este como tiempo-campesino.
El campesino adopta una posición de resistencia (Jara, 2016) ante un modelo hegemónico dominante, tanto en las prácticas como en el conocimiento. Sin embargo, aun en estas condiciones, encuentra la forma de recuperar y reproducir sus saberes, herencia de sus antepasados.
Para Baraona (1987), en "la asociación entre conocimiento y campesino se facilita la comprensión de un ser campesino, no sólo más completo sino más articulado con mayores proyecciones hacia la sociedad y hacia la naturaleza" (p. 167). Esta relación entre sociedad-naturaleza es lo que territorializa al sujeto campesino, al afirmarse en el territorio, al apropiarse de este y darle sentido a través de la práctica campesina en un ir y venir del pasado al presente, en un retorno de la memoria de sus ancestros, conocimientos que no permanecen intactos, sino que son adaptables al presente vivido por el campesino.
De ahí la importancia de reconocer a este sujeto campesino consciente de las problemáticas que enfrenta, pero que, a pesar de ellas, busca la manera de vivir de acuerdo con los criterios de su cultura comunitaria, con cierto dinamismo; que no se encuentra atado a las dinámicas del mundo globalizado, sino que, a partir de este mundo que se ha ido permeando por la globalización, busca discernir y construir su propia forma de vida, la que le ha garantizado su existencia.
Bajo este entendido, el sujeto campesino es un pequeño campesino, que trabaja un espacio de tierra suficiente para cuidar y cultivar para su autoconsumo, el de su familia y su comunidad, o de un comercio dirigido a producir ingresos familiares y a auspiciar compromisos comunales, y no a generar procesos de acumulación de capital permanentes. Igualmente, que puede trabajar con su familia, en una organización de trabajo familiar, en el que cada uno de ellos, niños, adultos, ancianos, mujeres y hombres (Bartra, 2014), participa en las actividades del campo de acuerdo con sus capacidades físicas para el trabajo colaborativo dentro del ciclo de producción, suficiente para el sostén de toda la familia (Engels, 1894). Es decir, "cultiva la tierra para sí" (Engels, 1894, p. 1), anteponiendo su modo de subsistir a partir de lo que produce para su autoconsumo, en el que se articula la producción de la milpa con la vida campesina y con la vida familiar y comunitaria.
El ser sujeto y campesino corresponde a una condición de vida vinculada a la tierra, al autoconsumo y a los ciclos agrícolas en un "continuum espacio-temporal de la vida campesina. En el mundo de los rústicos la vida material y la espiritual están entreveradas, y de la misma manera no hay separación tajante entre producción y consumo" (Bartra, 2014, p. 271).
Cuando el campesino no antepone la relación que lo vincula a la tierra y no la defiende como su espacio vivido del que se ha apropiado, no solo él, sino sus antepasados, es entonces que este puede ser considerado como un sujeto en transición hacia otras actividades y espacios en los que predominen los modos de vida urbanos con un abandono gradual de sus actividades agrícolas.
El territorio es en donde se afirma el ser humano, se reconoce, por lo que, si pierde este, el sujeto desaparece junto con el territorio (Mancano, 2009); por eso, es que este espacio es de gran relevancia para el desarrollo de la vida de cada cultura. Como lo señala Milton Santos (2009): "El territorio es el lugar donde desembocan todas las acciones, todas las pasiones, todos los poderes, todas las fuerzas, todas las debilidades, es decir, donde la historia del hombre se realiza plenamente a partir de las manifestaciones de su existencia" (p. 13). Cuando el campesino es avasallado por la dinámica del capitalismo, que altera su vida cotidiana, para convertirse en un obrero explotado, pierde su esencia, su ser (López, 2022).
El capitalismo altera el tiempo y el espacio campesino; sobre todo, su relación con la naturaleza. En el contexto político-económico mexicano, el campesino ha sido desplazado en favor de la configuración y el crecimiento de sectores de clases subalternas urbanas, como el proletariado industrial y de servicios, y los sectores que configuran el precariado de la economía informal; también, ha sido reemplazado por el nuevo campesino que no produce en policultivo, sino en monocultivo, debido a la transición en los sistemas de producción a mediana y gran escala, por ejemplo, del cultivo del maguey con el sistema metepantle a la cebada en monocultivo.
Las transformaciones sociales son procesos de cambio que se dan de manera desigual a lo largo y ancho del mundo (Harvey, 2007a). En el contexto mexicano, es un suceso atribuido a la colonización y a los fenómenos globales que repercuten en las dinámicas sociales locales, como lo son la globalización y el neoliberalismo.
La importancia de señalar estas diferencias contextuales permite observar las diferentes condiciones geográficas para comprender el mimetismo pretendido por el capitalismo-globalizante como condición hegemónica, esto es, "la misión civilizatoria de la burguesía" (Harvey, 2007a, p. 40), que, sin importar si son espacios rurales, si son grupos indígenas, desarticula los espacios simbolizados y apropiados por los locales para convertirlos en periferias de mano de obra y producción a través de la desposesión.
A este respecto, el territorio pierde su significación histórica como espacio vivido y apropiado, donde transcurre la vida cotidiana de los campesinos al modificar la realidad social local, es decir, al mercantilizar la fuerza productiva, de ser campesino a convertirse en proletariado y a ser parte de distintos sectores de las clases precarizadas, cuya única realización es el mercado de la fuerza de trabajo capitalista, desarticulando la relación sociedad-naturaleza, puesto que deja la relación cordial para convertirla en dominación, ya que se explotan los recursos naturales para el desarrollo del capitalismo.
A partir del planteamiento de Harvey (2005, 2007b) de la acumulación por desposesión, se puede comprender cómo el mundo rural poco a poco se va permeando del fenómeno de la globalización, esto es, los flujos migratorios que se dieron de las zonas rurales a las grandes ciudades para incorporarse al empleo informal con condiciones laborales precarias, generando mano de obra barata, obligando a desplazarse y dejar sus tierras por falta de políticas dirigidas a la producción del campo.
En tal sentido, el proyecto neoliberal en México legitimó la propiedad privada en colaboración con el Estado-nación. Los principios de esta política acentúan las condiciones desiguales de existencia, en tanto que desterritorializan y porque sirven a una clase dominante y obligan a luchar a la otra que no tiene la posibilidad de incorporarse a la competencia (Harvey, 2007b).
En este contexto, las migraciones en México, del campo a la ciudad, se intensificaron en los ochenta y noventa, sin embargo, los retornos de la población joven son cada vez más inciertos e irregulares, originando una individualización dentro de los entornos familiares (Arias, 2013). Estos procesos multiterritoriales se dan por diversas dinámicas sociales, por ejemplo:
1) las precarias condiciones de vida y el marco estructural de carencias que fomenta la salida de los migrantes de sus lugares de origen; 2) otro proceso macro es la demanda de mano de obra barata y temporal por parte de ciertos sectores económicos de los "países del primer mundo", situación que atrae a los migrantes/trabajadores de los "países en desarrollo"; 3) también juegan un papel importante los propósitos y deseos de quienes migran, y lo que para ellos significa el proceso de desplazamiento geográfico y de cambio sociocultural y subjetivo que implica la salida de su lugar de procedencia; 4) finalmente, están las redes y estructuras familiares, comunitarias y sociales que hacen posible la migración y las relaciones entre el lugar de origen y los sitios de destino (Castillo Ramírez, 2020, p. 59).
No obstante, las migraciones no son las únicas formas de desarraigo y desterritorialización, puesto que los procesos de cambio cultural, político y social también son indicadores de desterritorialización. En los contextos comunitarios rurales-indígenas, la imposición de la lengua dominante por encima de la materna, el cambio de sistema de producción de sistema milpa al monocultivo y la instalación de empresas extractivistas son condiciones de desterritorialización. A pesar de ello, el retorno al campo sigue siendo una posibilidad para aquellos que han abandonado su ser campesino. Parte de ello corresponde a la necesidad de vinculación con la naturaleza, misma que es una herencia de forma de vida de sus antepasados.
Con respecto a esto, la conciencia comunitaria cobra sentido al momento de considerar la posibilidad del retorno campesino, debido a que rememora, recuerda y estimula las representaciones que los sujetos campesinos tienen de su historia tanto individual como familiar. Esta conciencia comunitaria permite a los sujetos afirmar su existencia a partir de la memoria, es decir, el trabajo de la tierra junto a sus padres, abuelos, bisabuelos; los círculos familiares para afianzar los lazos a través de las narrativas de las experiencias tanto familiares como comunitarias; el recuerdo del sabor de la comida con los cultivos locales y de monte; los rituales que los vinculan con la naturaleza y sus deidades; la cosmovisión como vínculo con el mundo que habitan y viven en una búsqueda de tranquilidad que los atan a este mundo, su mundo (Estopier, 2019).
Esta conciencia comunitaria que se ha ido construyendo con el paso del tiempo se socializa por medio del lenguaje comunitario, que es entendido, significado e interpretado por los miembros de esta comunidad, el cual, a través de signos, símbolos, narraciones, es transmitido por las generaciones que los antecedieron en forma de saber, sentir y vivir el territorio (Estopier, 2019; Rendón & Montaño, 2015).
Son saberes y conocimientos que han ido sufriendo cierto grado de dinamismo en su trascendencia, sin embargo, conservan su esencia y su objetivo comunitario, el de la pervivencia comunitaria que aterriza en el territorio, este comprendido "como el producto de la apropiación/ valoración simbólica de un grupo en relación con el espacio vivido" (Haesbaert, 2011, p. 35), como medio en el que transcurre la vida y esto incluye su forma de vida y su manera de conectar con la naturaleza y con lo que esta le proporciona para su subsistencia (Estopier, 2019).
La conciencia comunitaria tiene como propósito el arraigo de las personas a su territorio, es por ello que la relación entre naturaleza-sociedad es tan fuerte en la vida de los sujetos campesinos. Al ponderar su forma de vida con lo que les ofrece el capitalismo y lo que significa involucrarse con este sistema de dominación y explotación del hombre y de sus recursos naturales, buscan resistir para que prevalezca su cultura comunitaria a través de la defensa de su territorio. Un modo de defenderla es apropiándose de este mediante su quehacer campesino en su forma tradicional, la milpa, con el conocimiento que ya tienen y que los ha mantenido por generaciones.
Otra forma de expresión de la conciencia comunitaria es el retorno del sujeto campesino al campo, a su territorio y a su quehacer campesino; es ese lazo identitario que no se pierde a pesar de la migración de algunos de los integrantes de la comunidad (Urbiola, 2016). Son precisamente por esos signos compartidos que, en un momento de crisis en la vida de los migrantes, estos deciden volver al lugar donde se sientes cobijados, esto es, a su territorio.
En este apartado se realiza un análisis de la historia de vida de dos campesinos,1 así como doce entrevistas en profundidad y reuniones grupales con campesinos de la comunidad (20 asistentes). También se recurrió a la técnica de participante como observador en recorridos a parcelas, visitas a domicilios y negocios de algunos sujetos originarios de la localidad de Pipiyola (Españita, Tlaxcala, México), cuya actividad principal es la agricultura, con una gran tradición pulquera.
Se ubica entre la sierra nevada y los valles de la Malintzi (García, 2014). Esta localidad, además de la gran tradición pulquera, también muestra altos índices de migraciones a ciudades como Puebla, San Martín Texmelucan, Ciudad de México y a países como Canadá, principalmente. Sin embargo, y objeto de análisis de esta investigación, el retorno al campo así mismo se da en gran medida.
Esta investigación se desarrolla desde una metodología cualitativa con el método de investigación de la historia de vida, a partir del cual se busca profundizar en la vida de dos campesinos a través de la narración de su forma de vida desde la niñez hasta la actualidad. Este método permite que las narraciones detonen los asuntos de interés acerca de un tema en particular. Es por ello que para esta investigación es central acercarse a la realidad a partir de la historia de vida; como lo indica Ferrarotti (2007), "tal vez el único que nos permitiera tener un contacto directo con lo 'vivido' de las personas y, por ende, con la 'materia prima', fundamento de la investigación social [...]" (p. 16).
Este método ofrece la libertad a los sujetos para expresar sus narraciones con naturaleza, ya que sus respuestas no se encuentran atrincheradas, como anota Ferrarotti (2007) que sucede con los cuestionarios prediseñados: "A través del suministro de cuestionario con respuestas precodificadas [.] Se trata de un lenguaje seco, que se comprende de inmediato" (p. 24), pero que no muestra las auténticas razones de lo que de verdad está ocurriendo.
Es central recuperar la totalidad de las experiencias que envuelven a una persona y que relatan al investigador, pues son la parte medular de la historia de vida (Mallimaci & Giménez, 2006). "La historia de vida nos permite descubrir lo cotidiano" (Mallimaci & Giménez, 2006, p. 177); desde un punto de vista particular, recupera la memoria (Ferraroti, 2007), lo vivido, las experiencias que enriquecen y acentúan la investigación. En este sentido, para la triangulación de la información y la validez de esta, se corrobora con doce entrevistas en profundidad principalmente, las cuales narran los contextos de la migración y la decisión del retorno al campo.
Este trabajo de investigación tiene como objetivo recuperar la historia de vida de dos campesinos que en su adolescencia migraron de su comunidad por el declive del campo en los años ochenta, para a partir de sus narraciones identificar las características del sujeto campesino y su retorno al campo, a través del proceso de construcción de este, desde su niñez cuando vivía en la comunidad, el momento en que decide migrar y su retorno al campo. A razón de esto, se decidió organizar las preguntas detonadoras solo como guía en tres secciones: la infancia, la juventud y la adultez, sobre su forma de vida en familia y el quehacer campesino.
Se observa que, bajo la estructura capitalista globalizante, se ha enajenado en las formas de las prácticas cotidianas su quehacer campesino, olvidando o dejando de lado los saberes aprendidos de sus padres para sustituirlos por los conocimientos de tecnificación del campo. En consecuencia, el sujeto comienza a formarse a partir de la apropiación de su vida cotidiana y de su praxis campesina ancestral, porque es la manera en la que se conecta con la naturaleza, respetando las etapas cíclicas naturales sin intervención del conocimiento tecnificado.
San Miguel Pipiyola es una localidad del municipio de Españita (Tlaxcala, México), que se encuentra ubicada al poniente del Estado. Colinda con los municipios de Sanctórum (norte y poniente), Ixtacuixtla (al sur) y Hueyotlipan (oriente), como se puede observar en la figura 1. Forma parte del altiplano central mexicano (Tu Municipio, 2024).
El municipio de Españita cuenta con 9416 habitantes, según los datos del Plan de Desarrollo Municipal 2024, mientras que San Miguel Pipiyola tiene 480 habitantes en 135 viviendas, es una de las seis localidades con mayor población del municipio (Pueblos América, 2024). El índice de analfabetismo corresponde al 6,25 %, con mayor número en el caso de las mujeres, así como un bajo índice de escolaridad; con una población indígena del 1,04 %. Sin embargo, en servicios básicos como electricidad, agua entubada, sanitario o excusado, se encuentra por arriba del 90 % en las viviendas de la localidad (Pueblos América, 2024).
La principal actividad económica en San Miguel Pipiyola es la agricultura de temporal, la cual se vio afectada con el fenómeno de la Revolución Verde, principalmente en la década de los setenta del siglo pasado, sobre todo al enfrentarse el campesino con los cambios políticos, culturales, sociales y económicos en el territorio: la implementación en los paquetes tecnológicos, el cambio de suelo agrícola, la transición ideológica para sustituir las prácticas tradicionales por las modernas, cuyo principal objetivo es la producción para un mercado externo. Esta situación contribuyó a la disminución de la producción de autoconsumo del grupo doméstico, cambio en la dinámica de vida campesina que provocó grandes olas de migraciones del campo a la ciudad, lo que Pradilla (2014) denominó como capitalismo agrario, cuya consecuencia fue la expulsión campesina.
Los movimientos migratorios derivados de las problemáticas laborales, así como la búsqueda de mejores condiciones de vida, por la falta de garantía de ciertos derechos humanos y la crisis del campo, son condiciones de expulsión campesina provocadas por la globalización capitalista. Este fenómeno migratorio no es diferente en San Miguel Pipiyola, dado que su población ha optado por migraciones internas, especialmente a San Martín Texmelucan por ser una zona maquiladora, a la Ciudad de México y al estado de Puebla, dos estados de la república que cuentan con corredores industriales con una alta demanda de mano de obra.
Además, las migraciones externas a países del norte, Canadá y Estados Unidos son los principales destinos de los tlaxcaltecas. Estos flujos migratorios no son para estancias permanentes, en algunos casos. Ejemplo de ello son don Antonio y su familia, quienes decidieron retornar a San Miguel Pipiyola para recuperar la vida campesina que dejaron atrás.
Él dice que la causa que lo llevó a migrar fue ver a uno de sus amigos regresar de la Ciudad de México con ropa bonita y zapatos nuevos, así como el discurso de la gran ciudad, que motivaron a don Antonio a salir de su comunidad, pensó que migrando podría tener una vida con mayores ingresos, pero no fue así, por el contrario, la dinámica de la ciudad era muy diferente a los tiempos del campo, al igual que la precariedad laboral, además de que el trabajo en el que se encontraba provocó daños en la salud de sus compañeros. Fue en ese momento cuando decidió retornar, dándole mayor peso a su vida y a la de su familia (Antonio, comunicación personal, 25 de noviembre de 2023).
De las 12 entrevistas en profundidad, 8 mencionaron casos similares, es decir, la conciencia comunitaria prevalece en algunos campesinos por sobre el discurso capitalista globalizante, pues el recuerdo, el vínculo con la tierra, el contacto con la naturaleza generan el arraigo al territorio. Esto es, aun en la migración no dejaron de formar parte de la dinámica campesina, debido a que las remesas son parte fundamental para el sostén del campo.
Posterior al retorno a San Miguel Pipiyola, los entrevistados manifestaron que retomaron las actividades del campo, la siembra, la cosecha, el raspado de maguey, la venta de pulque; además, complementaron las prácticas tradicionales campesinas con conocimientos modernos, como literatura informativa sobre la elaboración de compostaje, medicina tradicional, beneficio de los cultivos.
La recuperación de la organización familiar para la producción y elaboración de alimentos de origen agroecológico para su venta en un mercado local y regional forman parte de la dinámica campesina en San Miguel Pipiyola, así como la conformación de grupos de trabajo a través del programa Sembrando Vida, retomando la organización campesina, el intercambio de conocimientos tradicionales, de saberes comunitarios, y la recuperación del campo.
El sistema de siembra que aún se conserva es el metepantle. [...] "Metepantle significa muro (pantli) de maguey (metl)" (González, 2003, p. 71); son bordos de maguey o frutales entre los cuales, en cada espacio que divide este meteplantle (González, 2003), se siembra maíz, frijol, habas, calabaza, entre otros productos, lo que consumen en el día a día. Además del aprovechamiento de los diferentes usos que se le puede dar al maguey, por ejemplo, las pencas secas se utilizan para leña, se extrae la fibra para la elaboración de diversos productos: las púas se usan como agujas para cocer costales; se obtiene el aguamiel de la piña, cuyo proceso de fermentación permite la producción de pulque; de la raíz se consigue el gusano rojo y los chinicuiles; la flor de maguey o quiote se emplea para la preparación de diversos platillos, como el mixiote (Narváez et al., 2016).
Esta forma tradicional de hacer agricultura marca la identidad de los campesinos tlaxcaltecas y su relación con la tierra en una forma precapitalista de apropiación del territorio (Haesbaert, 2011). Sin embargo, con el acaparamiento territorial de las formas capitalistas globalizantes, poco a poco se van permeando los territorios con formas comunitarias y de organización tradicional.
En este orden de ideas, la desterritorialización de los campesinos se da en tres sentidos: desde la dimensión económica, por las alteraciones en las formas de consumo de las sociedades capitalistas; en la política, por la asociación del Estado-nación y la incorporación de las políticas neoliberales; y en la cultura, por la homogenización de prácticas y formas de vida, pues en estos casos se encontró dentro del análisis de la historia de vida de don Antonio y doña Rosita lo siguiente:2
Dentro de la primera etapa de las experiencias vividas en la niñez, se observa de manera sustancial sus primeros vínculos en la relación sujeto-naturaleza inculcada en un proceso de aprendizaje comunitario vinculado al quehacer y sentir campesino, es decir, mediante la incorporación en las actividades campesinas de acuerdo con el rol que permite desempeñar sus capacidades físicas, situación que permea el involucramiento del niño en las actividades campesinas, puesto que, de los entrevistados varones que fueron 12, 8 mencionaron que desde los 6 años acompañaban a sus papás al campo y los incorporaban en el trabajo, mientras que las niñas (4 entrevistas), iban de manera más irregular.
Al respecto, esta apropiación se da tanto por medio de las relaciones que se construyen y las participaciones prácticas como a través de la mirada, por ejemplo, en el caso de don Antonio, él narra sus primeras experiencias cuando va al campo:
Cuando yo era muy chiquillo, a la casa llegaba gente a trabajar con mis papás de otras comunidades o de mi pueblo, y yo me acuerdo que lo que llevaban de comer eran frijoles, chile mordido y una jarra de pulque, y la gente trabaja todo el día hasta las 5 o 6 de la tarde y no estaban con que yo ya me cansé, y trabajando, pesando, y ya desde ahí se veía que el pulque era una fuente de nutriente y la gente muy muy sana, es más, la gente que estaba amamantando con pulque tenía unos hijos bien sanos [...] Allá no había agua, era más fácil tomar pulque o aguamiel que agua, el agua costaba ir a traer, hacíamos 2 horas para ir a traer un poco de agua limpia, el agua se racionaba mucho, el aguamiel en todas partes había, con el carrizo llegabas y te pegabas, te ponías como tlacuachito de aguamiel, te quita el hambre, te sientes bien, esa fue mi infancia [...] (Antonio, comunicación personal, 25 de noviembre de 2023).
La pertenencia a una cultura comunitaria permite a los miembros más jóvenes fortalecer el tejido social a partir de la reproducción de los saberes adquiridos dentro de sus comunidades. Es por ello que cuando don Antonio narra sobre el comportamiento de los trabajadores con respecto a su consumo, es decir, su alimentación y bebidas, denota la importancia culinaria de los derivados del maguey dentro de la comunidad, así como de la producción del autoconsumo al nombrar los frijoles y el chile, característicos y predominantes en la milpa.
Así mismo, estas prácticas de la comida tradicional siguen en uso, pues dentro de los testimonios los doce entrevistados expresan que siempre que van a su parcela regresan con algo, sea el nopal, el frijol, las verdolagas. De ese modo, en el caso de la familia de don Antonio, ellos han podido no solo subsistir del autoconsumo, sino también hallar un mercado que busca este tipo de alimentos que tiene características orgánicas, así como otro integrante de su familia elabora medicina a base de hierbas para su comercialización.
Es aquí cuando se encuentran las explicaciones contextuales de la forma de vida de estos campesinos, las sustituciones de ciertas carencias por lo que tienen inmediatamente. Por ejemplo, la falta de agua y el consumo de aguamiel desde temprana edad dentro de la dieta familiar. Aquí se muestran dos cuestiones territoriales: primera, una crisis tanto económica como política para el suministro de agua, pero que se soluciona con la apropiación territorial a partir del uso de la tierra y la relación generada con la naturaleza, esto es, consumir lo que ofrece.
Don Antonio a los 3 años recuerda su incorporación en la dinámica familiar, lo cual se constata en esta primera narración. Él habla sobre la producción del maguey para la elaboración del pulque que tuvo su auge en la localidad de Pipiyola (Tlaxcala), fuente de generación de empleo no solo para los integrantes de la comunidad, sino también para las comunidades aledañas. Igualmente, esta integración en la dinámica familiar muestra un proceso de apropiación del conocimiento campesino y del territorio que es importante iniciar a temprana edad.
En contraste, encontramos la experiencia de apropiación territorial de doña Rosita, desde su incorporación al quehacer campesino en su niñez y el trabajo doméstico como una relación directa en la producción de los alimentos para el sostén de la familia: "Cuando era niña, desde los 10 años trabajaba con mi tía, hacia el lonche para llevar a la milpa, pura tortilla con chile y a veces frijolitos [.] me levantaba a las 2 de la mañana para aventajarle y también me llevaban a la milpa a deshierbar el ajonjolí con coa [.] Me pasaban a traer las señoras, íbamos a la leña, íbamos al corte de chile, a poner nexcon y a poner los frijoles [...]" (Rosita, comunicación personal, 18 de noviembre de 2023).
Esta era la forma de vida de las familias campesinas; como lo sostiene Chayanov (1974), los roles de los integrantes de las familias correspondían a las capacidades que cada uno de ellos tenía para participar en las actividades campesinas (el quehacer campesino); esta participación directa en la producción de sus alimentos para el autoconsumo permite la apropiación y el arraigo al territorio, es decir, la territorialización del campesino que incluye el traspatio, pues el control de los animales domésticos para el autoconsumo figuran de manera importante en la comida tradicional.
La integración de la vida colectiva familiar resalta la relevancia de los roles, una posición fundamental para el desarrollo de la vida y de la vida campesina, ya que la finalidad de esta organización de la vida campesina es la subsistencia y el autoabasto; en este sentido, las 4 mujeres corroboraron la información al mencionar que la participación de ellas no solo se quedaba en la colaboración doméstica, sino que también trascendía a las actividades del campo, y que el quehacer de los hombres sí se limitaba solo a los trabajos del campo. Los matices culturales de las familias campesinas se desarrollan en la vinculación temprana de los integrantes más jóvenes a la vida campesina, consolidando su apropiación al territorio.
No obstante, en el marco del capitalismo se globalizan las presiones materiales y las ideologías, en las dimensiones económica, política, social y cultural, lo cual obliga a los humanos a desplazarse y a abandonar sus territorios, subordinándose a las estructuras exigidas por las nuevas dinámicas nacionales (Ianni, 2013). Don Antonio se enfrenta a un primer choque cultural al tomar la decisión de migrar en busca de mejores condiciones de vida, un falso encanto de la globalización, dado que al llegar a las ciudades industrializadas las condiciones de vida para los obreros son muy diferentes a las de las comunidades rurales, por ejemplo, nada es propio más que la mano de obra, no les pertenece la casa, ni los medios de producción.
En este marco, además de la narración de don Antonio, de las 12 personas entrevistadas, 5 habían migrado, principalmente en un contexto nacional (3), entre ellos una mujer, y 2 a Canadá. Las causas del retorno se tornaron en situaciones personales, sea por extrañar a su familia, por edad avanzada y por enfermedad ocasionada en su centro de trabajo: "Terminé la primaria, mi papá murió, ya después me sentí hombre y ya no quise estudiar [16 años, cursó la primaria en otro estado, pues en su comunidad no había escuelas] y entons' me vine y tenía yo los animales, obviamente raspaba, y el cultivo de la cosecha, después me fui a México, anduve trabajando en una fábrica [.] y después regresé a enraizarme [26 años], entons' yo ya llegué y retomé todo lo que estaba haciendo" (Antonio, comunicación personal, 25 de noviembre de 2023).
La primera vez que sale de su comunidad fue para estudiar; por la falta de escuelas en su pueblo, tuvo que salir de él. El retorno lo hace tras la muerte de su padre para continuar con las actividades campesinas como medio de sustento de su familia; en este nivel, prevalece la conciencia comunitaria y la ejerce. Sin embargo, la segunda desterritorialización se da debido a los discursos positivos que se generaron en torno a la globalización, es decir, las mejores condiciones de vida que ofrece la ciudad y el trabajo en las fábricas con remuneraciones suficientes para hacerse de una buena vida. Fueron las razones por las que don Antonio decide migrar al Distrito Federal (ahora Ciudad de México).
No obstante, por una serie de sucesos, tanto de choque cultural como de bienestar físico y mental, decide regresar a su lugar de origen con su familia, él se había casado y formó una familia con hijos. Sus palabras resuenan porque esta desterritorialización cultural fue la misma que reterritorializó a don Antonio y su familia -que, para Haesbaert (2011), es una reterritorialización a otra escala, esto es, una multiterritorialidad-. Cuando él establece: "Después regresé a enraizarme, entonces yo ya llegué y retomé todo lo que estaba haciendo" (Antonio, comunicación personal, 25 de noviembre de 2023), significa una carga simbólica en el propio discurso, que tiene que ver con la conciencia comunitaria interiorizada que permite sobreponer sus necesidades físicas, mentales y familiares antes que un discurso construido por la ideología dominante.
La forma de vida campesina es una forma de lucha contrahegemónica, por lo tanto, cuando don Antonio y su familia deciden retornar al campo y enraizarse, en realidad están buscando la cotidianidad de la vida comunitaria. Un anclaje al territorio que se guía con los ciclos agrícolas, a la tierra que les provee de alimento, es la territorialización de la familia campesina al territorio. En el discurso de don Antonio, "retomé todo lo que estaba haciendo" implica una pausa, es decir, el retorno al campo se encuentra impulsado por la conciencia comunitaria, por sobre la ideología hegemónica que se pretende imponer.
Esta territorialidad es lo que genera el sentimiento del retorno, en tanto que, al regresar a enraizarse, como lo dice don Antonio, regresan directamente a trabajar el campo para ellos y su familia, pues, de los 12 entrevistados, todos encontraron en el campo una forma de vida que se vincula directamente con la memoria colectiva de su pueblo y de sus antepasados. Así es como desde la centralidad de la tierra buscaron formas alternativas de ingreso, desde la venta de sus cosechas, la transformación de estas en medicina, comida tradicional, por ejemplo.
Cuando regresamos trabajamos en la tierra que mi suegra le dio a mi marido. No nos costó porque ya sabíamos trabajar la tierra [...]. Empezamos con trigo, frijol, maíz y calabaza... [1986] Mi mamá siempre tuvo animales... yo también tuve animales desde que llegamos al pueblo [...]. Se llenaba de maíz, de frijol y harta miel, camadas de puercos, bien bonito, nos fue bien, gracias a Dios. Teníamos borregos, becerros. Compramos una camionetita, a mis hijos, estaban felices [...], Trabajaba en el campo, pus' no dejamos de trabajar, como siempre mi esposo sembraba, yo tenía animales. Hacer tortillas, ir al molino, llevar el almuerzo [...], esa fue mi rutina (Rosita, comunicación personal, 18 de noviembre de 2023).
Al respecto, la reapropiación del territorio a partir del trabajo de la tierra en un proceso de reterritorialización y recampesinización son formas de reivindicar al campesino por medio de la producción para su autoconsumo, a través de mecanismos tradicionales y modernos de la agroforestería (Estopier & González, 2023). Así mismo, la reproducción de los conocimientos tradicionales y de la forma de vida de sus ancestros son enseñanzas que siguen reproduciendo.
Como bien lo indica doña Rosita, su mamá siempre tuvo animales: "Yo también tuve animales desde que llegamos al pueblo". Otra de las maneras de desterritorialización cultural es el reemplazo de la forma de consumo de los productos locales, como los que menciona doña Rosita: "Comíamos lo que se daba allá, quelites, verdolagas, quintoniles, huazontles, frijol, maíz, habas, o mataba un pollito, no consumía refrescos, embutido, yo ponía té de guayaba, pera, manzana, y hacía tortillas de trigo de harina y dulces de chilacayote [...]. Iba a juntar mezotes de maguey para calentar agua. yo les enseñaba todo a mis hijas, a cocinar, a lavar ropa" (Rosita, comunicación personal, 18 de noviembre de 2023)
Pero estos procesos de desterritorialización no solo quedan en esta visión cultural, sino también en la económica y la política. En palabras de Ianni (2013), "a rigor de un proceso civilizatorio universal" (p. 53), pues este movimiento ideológico comprende los procesos locales de formas de vida tradicionales, arraigadas a la tierra que habitan. Algunos encuentran sentido a la vida del campo por las mismas contradicciones del sistema hegemónico, y otros buscan espacios en colectivo para una mejor organización.
Dentro de las dos reuniones grupales, los 20 campesinos, entre ellos los que han migrado (4), buscan a través del programa Sembrando Vida un espacio de apropiación del territorio. En este sentido, don Antonio, respecto de la Revolución Verde a la que se enfrentaron los campesinos con la modernización y tecnificación del campo, así como al aumento de la productividad a través de los transgénicos, expresa lo siguiente:
Entonces, vino un fenómeno que empezaron a implementar los monocultivos, ya no se sembró la milpa, se dejó de sembrar la milpa, y había que hacer espacios amplios para mecanizar el cultivo, para meter la combinada para que entraran los tractores, ya no eran brechitas de 3 o 4 surcos, sino dejar espacios grandes, y a esto también se empezó con el robo de mixiotes, entonces, el mixiotero hacía desastres [...] no era la gente de ahí, llegaba de noche y te barrían, entons' mucha gente fue desistiendo y yo era uno de ellos (Antonio, comunicación personal, 25 de noviembre de 2023).
Esta transición de la agricultura tradicional a la moderna es un proceso de la globalización que, como comenta Ianni (2013), es un fenómeno que tiende a desarraigar las cosas, las tradiciones, las formas de hacer. "Estos procesos de desterritorialización son características esenciales de las sociedades globales" (p. 95). Si bien la apropiación en sí misma es un modo de resistencia ante la homogenización y dominación de los campesinos por las formas modernas de hacer campesino, ellos buscan resistir a través de la recuperación y reproducción de los saberes tanto tradicionales como ancestrales.
Bueno, yo retomé otra vez lo del campo, pero al último me puse a investigar a ver qué información donde el pulque realmente es una bebida que hemos menospreciado, que es muy buena, que vale la pena tomarlo y que además ya vale. Entons' ya empecé a retomarlo y empecé a conseguir planta y a recuperar planta de lo último que había quedado de la que hubo y con eso inicié [...]. Ahorita ya cuento con suficiente y con una visión distinta, ahora sé que el pulque nutre, es necesario tomarlo y ayuda en todos los sentidos, que la planta del maguey es muy buena, inclusive capta más lluvia que un árbol, limpia más el esmog, retiene más la tierra, en todo beneficia y que sí la regué [...] (Antonio, comunicación personal, 25 de noviembre de 2023).
Es aquí cuando la conciencia comunitaria cobra sentido junto a las otras dimensiones de la cultura comunitaria, como el lenguaje, el cual también se puede entender como el discurso o la narrativa que se genera dentro de la comunidad y que es característica de esta, y el territorio, lo que lleva a retornar al campesino al campo (Estopier, 2019; Hernández & Furlan, 2016), debido a los conocimientos interiorizados, como los adquiridos, a las necesidades contextuales que se requieren para seguir subsistiendo.
Es precisamente en estas resistencias presentes bajo los embates del mundo capitalista-globalizante, y en el contexto de la multiterritorialidad de la que habla Haesbert (2011), en las que se forma el espíritu del sujeto campesino, pues es este el que, a pesar de las contradicciones de la globalización, se apropia, se ancla al territorio, fortaleciendo la relación que guarda desde tiempos ancestrales con la naturaleza. Es por ello por lo que sus características son particulares en el mundo rural, y cada uno se forma de acuerdo al nivel de conciencia comunitaria, que desarrolla y que tiene que ver con el nivel de arraigo con el territorio transmitido a través del lenguaje comunitario.
El estudio de las formas de vida campesinas desde una perspectiva territorial es de suma importancia para resaltar los diferentes modos de resistencia ante un mundo capitalista que busca homogenizar y permear las zonas menos favorecidas.
Sin embargo, esta alteración contextual tiene consecuencias en el corto plazo, ya que absorbe territorios y, junto con ellos, a los sujetos, para apropiárselos a través de la dominación. Como argumenta Man-cano (2009), debido a que los sujetos construyen sus propios territorios, si los absorbe el capitalismo y los transforma a su imagen (Harvey, 2007a), deja de existir esa apropiación territorial, por lo tanto, muere ese territorio y, junto a él, los sujetos (Mancano, 2009).
Por ello, los procesos de desterritorialización y reterritorialización o la multiterritorialidad, abordados por Haesbaert (2011, 2013), resultan importantes de recuperar, en tanto que estos se gestan en los contextos del capitalismo global, que se ha propuesto reconfigurar la economía desde una posición dominante. Para ello es inminente la reestructuración de la vida cotidiana tanto local como comunitaria, dentro de la cual es incluida la estructura familiar y su organización como forma de vida para su subsistencia.
A este respecto, la agricultura sigue siendo un anclaje principal para el retorno al campo como principal actividad desarrollada en la vida rural que ha sufrido cambios estructurales, sobre todo en la forma de trabajar la tierra, característica del campesino, así como en la producción de bienes para su autoconsumo, la tenencia de la tierra y la participación familiar en el proceso de producción, las cuales son necesarias en la construcción del sujeto campesino, como aquel sujeto que lucha y que resiste para subsistir frente a los cambios contextuales.
Los procesos de desterritorialización (Haesbaert, 2011) son un fenómeno que trasciende las realidades locales que pretenden modular el territorio a través de su ordenamiento desde una perspectiva global al homogenizar tanto la cultura como la política. Sin embargo, aun en estas reestructuraciones culturales, los sujetos campesinos buscan el retorno a partir de una ponderación en la calidad de vida, con base en los anclajes simbólicos no solo hacia la separación de su familia, sino también del territorio.
Y este reencuentro o transcurrir de la vida en el campo genera vínculos organizacionales que se extienden al resto de la familia campesina; se vuelve un trabajo colectivo del campo, en el que el quehacer campesino es una centralidad que permite la composición de las actividades productivas en y alrededor, por ejemplo, un local de comida tradicional con productos cultivados o recolectados del campo, así como la participación en mercados alternativos para la venta de productos en categoría orgánica que son elaborados con productos del campo o el traspatio; la elaboración de productos para la medicina tradicional a base de la herbolaria encontrada en la comunidad.
Estos conocimientos y prácticas de esta familia campesina permiten observar cómo en esta multiterritorialidad se encuentra el espacio para desarrollar actividades económicas familiares, que, si bien son muestra de una recolección cultural, aún persiste en el sujeto campesino un conocimiento y el sentir de la vida del campo como un lugar de cobijo adonde siempre se puede regresar.
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Tu Municipio. (2024, 24 de noviembre). Conoce a detalle temas relacionados con tu municipio. https://espanitatlax.gob.mx/tu-municipio/medio-fisico consulta el 18/08/2025
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Urbiola, A. (2016). Responsabilidad social y communitas: individualismo versus colectivismo. En L. Montaño (Coord.), La responsabilidad social de las organizaciones en México: perspectivas, críticas, experiencias y debates (pp. 141-176). Gedisa-UAM Iztapalapa.
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