10.12804/revistas.urosario.edu.co/desafios/a.15375
DOSSIER TEMÁTICO


Racionalidad fascista dentro del ideario libertario:
una lectura crítica del ascenso de Javier Milei1

Fascist Rationality within the Libertarian Ideology:
A Critical Reading of the Rise of Javier Milei

A racionalidade fascista dentro do ideário libertário:
uma leitura crítica da ascensão de Javier Milei


José Alejandro Molano López*

* Universidad del Rosario. Politólogo.
Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos, Universidad del Rosario.
Estudiante de cuarto semestre de Filosofía, Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario.
0009-0006-6199-3140
jose.molano@urosario.edu.co


Enviado: 28 de marzo de 2025
Aprobado: 10 de junio de 2025


Para citar este artículo: Molano López, J. A. (2026). Racionalidad fascista dentro del ideario libertario: una lectura crítica del ascenso de Javier Milei. Desafíos, 38(1), 1-24. https://doi.org/l0.12804/revistas.urosario.edu.co/desafios/a.15375



RESUMEN

La elección de Javier Milei como presidente de Argentina marca un hito histórico, no solo por su impacto en la política nacional, sino también como síntoma del avance global de las llamadas derechas alternativas, cuyos discursos y prácticas reactivan, en clave de la actualidad, la memoria de la emergencia de los fascismos durante la primera mitad del siglo XX. El presente artículo propone una caracterización crítica del proyecto libertario de Milei, en tanto expresión contemporánea de una racionalidad fascista, entendida no como réplica del fascismo histórico, sino como reactivación de ciertos de sus núcleos ideológicos bajo nuevas formas. El artículo discute cómo, lejos de constituir una paradoja, estas derivas antidemocráticas se encuentran inscritas en ciertas vertientes del liberalismo contemporáneo, particularmente en su variante libertaria.

Palabras clave: racionalidad fascista; libertarianismo; Milei; posverdad; liberalismo.


ABSTRACT

The election of Javier Milei as Argentina's president marks a historic milestone, not only due to its impact on national politics but also as a symptom of the global rise of so-called "alt-right" movements, whose discourses and practices revive, in contemporary terms, the memory of the emergence of fascisms during the first half of the 20th century. This paper presents a critical analysis of Milei's libertarian project as a contemporary manifestation of rational fascism, understood not as a replication of historical fascism but as a reactivation of certain core ideological elements in new forms. The article explores how, rather than being a paradox, these anti-democratic tendencies are deeply embedded in certain strands of contemporary liberalism, particularly in its libertarian variant.

Keywords: Rational fascism; libertarianism; Milei; post-truth; liberalism.


RESUMO

A eleição de Javier Milei como presidente da Argentina é um marco histórico, não apenas por seu impacto na política nacional, mas também como sintoma do avanço global das chamadas "direitas alternativas", cujos discursos e práticas reativam, à luz da atualidade, a memória do surgimento dos fascismos durante a primeira metade do século 20. Propõe-se uma caracterização crítica do projeto libertário de Milei, enquanto expressão contemporânea de uma racionalidade fascista, entendida não como réplica do fascismo histórico, mas sim como reativação de certos núcleos ideológicos sob novas formas. Neste artigo, discute-se como, longe de constituir um paradoxo, essas tendências antidemocráticas encontram-se inscritas em certas vertentes do liberalismo contemporâneo, particularmente em sua variante libertária.

Palavras-chave: racionalidade fascista; libertarianismo; Milei; pós-verdade; liberalismo.



No solo no les tenemos miedo.
Sino que los vamos a ir a buscar hasta el último rincón del planeta en defensa de la LIBERTAD.
Zurdos hijos de putas tiemblen.

Milei, 2025

Introducción

El 19 de noviembre de 2023, Javier Milei, un economista, profesor universitario y hasta entonces diputado por la Ciudad de Buenos Aires, se convirtió en presidente de la República Argentina con casi el 56% de los votos, en medio de un clima de creciente inflación y profundo descontento con el establecimiento político. Su victoria electoral se sustentó en un programa de reformas liberales denominado El Ajuste, estructurado en tres pilares fundamentales: la liberalización económica, la austeridad fiscal y la desregulación monetaria. Bajo la premisa de eliminar toda intervención estatal, Milei propuso que el mercado asumiera el control absoluto de los precios, sin regulaciones ni subsidios. En el plano fiscal, promovió una reducción drástica del Estado mediante el cierre de ministerios, despidos masivos de empleados públicos y privatizaciones aceleradas, con el objetivo declarado de alcanzar el déficit cero en las cuentas del Gobierno. En el ámbito monetario, sin adoptar una dolarización oficial, propuso la libre circulación del dólar —como alternativa al peso— como moneda de curso legal, argumentando que la competencia entre monedas y la eliminación del banco central como emisor acabaría con la inflación. Su elección, representa un hito importante, no solo por lo que significa para la política del país, sino también porque saca de la marginalidad política y electoral al libertarianismo, un movimiento y corriente política que considera que la libertad individual es el valor político fundamental y que, en consecuencia, solo existen realmente tres derechos humanos, la vida, la libertad y la propiedad (Boaz, 2025).

El libertarianismo, a pesar de tener una pequeña cantidad de adeptos, ha formado varias ramas a lo largo de su historia. Estas, se pueden agrupar entre la rama de los reformistas, que tienen entre sus fines salvaguardar la libertad individual a través de una serie de reformas políticas que lleven al Estado a su mínima expresión, y los libertarios revolucionarios, quienes consideran que la única forma de asegurar el ejercicio de los derechos fundamentales es a través de la destrucción del Estado (Konkin, 2012).

Milei se inscribe en la vertiente reformista del libertarianismo, conocida como minarquismo, que, en consecuencia, con los principios ya mencionados, considera que el Estado debe mantenerse como ente neutral que resuelva los conflictos y proteja los derechos fundamentales. Los minarquistas buscan reducir el Estado a su mínimo, consideran que los únicos servicios que este debe brindar, para no violentar la libertad son: la protección a la propiedad privada (policía), la protección de las fronteras (fuerzas militares) y la resolución neutral de los conflictos (tribunales de justicia), entregando el resto de servicios públicos a las fuerzas de mercado, evitando la irrupción del Estado en los mercados y, por consiguiente, la vulneración de los derechos (Peikoff, 2011).

El minarquismo es sin duda la corriente libertaria menos extrema dentro de lo que cabe, si se compara con las demás corrientes que hacen parte de esta ideología, como el anarcocapitalismo o el agorismo; el minarquismo es de las pocas ramas que consideran que el Estado debe seguir existiendo como ente neutral que resuelva los conflictos a través de las leyes o de la coacción física legítima. Ellos consideran que este fin se debe obtener a través de una serie de reformas al Estado, haciendo necesario que, a diferencia de las otras corrientes ya mencionadas, los minarquistas participen dentro del juego democrático (Konkin, 2012).

A pesar de que los minarquistas reivindican que su corriente política data desde los orígenes del liberalismo en el siglo XVIII, esta nace realmente a principios del siglo XX como un quiebre de la tradición económica ortodoxa en el periodo de entreguerras. Si es necesario, los cimientos del minarquismo se pueden encontrar dentro de la segunda y tercera generación de la escuela austriaca de economía (Ekelund & Herbert, 2005). Es importante resaltar que este es el origen de la tradición minarquista, pues la escuela austriaca de economía nace como reacción a un proceso específico del periodo de entreguerras (el auge de los Estados de bienestar en Europa) y al New Deal en Estados Unidos (Schulak & Unterkofler, 2011). No es posible hablar de la escuela austriaca sin mencionar la emergencia de los Estados de bienestar, porque es necesariamente en este contexto específico en el que germinan no solo las ideas que formarán posteriormente al libertarianismo, sino las metodologías y axiomas que lo estructuran hoy en día y que, por consiguiente, dieron y dan forma al discurso de Javier Milei. Es imposible que se haya escrito textos como Socialismo: un análisis económico y sociológico o Camino de servidumbre, sin hablar del periodo de entreguerras y, tras la crisis de 1929, la emergencia del keynesianismo como escuela de economía.

Es precisamente el origen de este movimiento, como reacción al Estado de bienestar, lo que posteriormente, con su crisis, hará relevantes las ideas de la escuela austriaca de economía y las ideas construidas a su alrededor, ya con el nombre de libertarianismo. Esta popularización permitió que en 1971 se fundara el Libertarian Party, el primer partido político libertario en postular candidatos a elecciones. Este es el partido político libertario que más influencia ha tenido en la construcción de este movimiento; fue en ese partido donde se llevaron a cabo los debates entre libertarios de los que han surgido la mayoría de las ramas del movimiento, en donde el minarquismo se estructuró como una ideología política real y en donde se formó la estrategia política que 20 años después usaría Milei para hacerse elegir presidente (The Editors of Encyclopaedia Britannica, 2025).

Destacamos los orígenes históricos del minarquismo desde la escuela austriaca y su posterior desarrollo en los Estados Unidos, ya que sobre estos se centra la discusión del presente trabajo. El desembarco del libertarianismo en Argentina responde, en parte, a la necesidad del antiperonismo de desmantelar el modelo de bienestar construido en torno al peronismo y avanzar hacia un orden completamente librecambista. Pero también, se inscribe en una ola internacional de derechas alternativas que desafían las formas institucionales de la democracia liberal. Casos como los de Donald Trump, Marine Le Pen o Giorgia Meloni muestran cómo estas figuras logran movilizar el descontento social mediante un discurso que combina individualismo extremo, nostalgia nacionalista y hostilidad hacia lo público (Traverso, 2019).

No obstante, referirse a estos fenómenos como fascistas implica enfrentar dificultades conceptuales. Desde 1945, el término ha adquirido una densidad simbólica que complejiza su uso analítico. Para evitar los riesgos del anacronismo, este trabajo se apoya en conceptos como "racionalidad fascista" (Parenti, 1997) y "posfascismo" (Traverso, 2019), que permiten identificar formas contemporáneas de autoritarismo sin caer en comparaciones simplistas.

La racionalidad fascista, según Parenti, no se define por su estética o retórica, sino por su función, la de defender los intereses de las clases dominantes a través de la coerción física o legal de las luchas sociales. En este sentido, el fascismo no es solo un régimen histórico, sino una lógica política, que puede resurgir bajo nuevas formas cuando las clases económicas perciben que su hegemonía está en riesgo bajo los regímenes democráticos.

Parenti (1997) considera que el fascismo fue una herramienta racional de las clases dominantes que se utilizó para aplacar y acabar con los derechos y beneficios adquiridos por la clase trabajadora tras la Primera Guerra Mundial. El autor considera que, por encima de todas las cargas étnicas y nacionales que tuvo este, la emergencia y triunfo del fascismo se debió a la necesidad del empresariado alemán e italiano de deteriorar las condiciones de los trabajadores, a través de medios no democráticos, como forma de mantener su tasa de ganancia estable y evitar que se consolidaran movimientos socialistas dentro de estos países.

In the name of saving society from the Red Menace, unions and strikes were outlawed. Union property and farm cooperatives were confiscated and handed over to rich private owners. Minimum-wage laws, overtime pay, and factory safety regulations were abolished. Speedups became commonplace [...] In Italy, child labor was reintroduced. (Parenti, 1997, pp. 6-7)

Es necesario recordar que, al referirse a una persona o a un movimiento político como portadores de una racionalidad fascista, se apunta a la esencia misma que define al fascismo, la defensa de intereses específicos de la clase dominante, a fin de aplacar, diluir o incluso eliminar las disputas de clase de diferentes formas. Esta característica no es un elemento accesorio, sino el núcleo necesario para entender cómo opera el fascismo en su dimensión más profunda.

Las características adicionales que suelen asociarse al fascismo, aunque pueden variar y adaptarse según el contexto histórico y cultural, giran siempre en torno a esta necesidad central de preservar el poder económico y político de un grupo específico de la sociedad. Por ende, estas características secundarias, aunque puedan ser llamativas o incluso determinantes en ciertos momentos, son contingentes a la hora de definir la lógica operativa del fascismo. Esta racionalidad permite que el fascismo se manifieste bajo distintas formas y discursos en diferentes épocas, adaptándose a los desafíos específicos que enfrenta la clase dominante para mantener su posición hegemónica.

Es en este punto donde el libertarianismo y los movimientos asociados a las nuevas derechas traen a la memoria ciertos aspectos característicos del fascismo, aunque adaptados a las condiciones del presente. Por supuesto que no se puede afirmar que estos incorporen todas las características del fascismo histórico; pues la derrota del fascismo en el siglo XX trajo consigo la creación de múltiples instituciones internacionales y nacionales diseñadas para prevenir el resurgimiento de regímenes fascistas, impidiendo que vuelva a surgir de la misma forma que en los 20. Resulta igualmente reductivo considerar que estas nuevas derechas sean simplemente una versión tradicional de la derecha conservadora, ya que presentan elementos que las diferencian profundamente.

Estos movimientos no solo promueven una crítica feroz al Estado como institución, sino que articulan esta oposición en términos que favorecen intereses de clase muy específicos, especialmente aquellos ligados a las élites económicas y a sectores que buscan desmantelar los mecanismos de regulación y redistribución creados para limitar las desigualdades. En su cruzada contra el Estado, estas corrientes reflejan una visión del mundo que comparte con el fascismo una hostilidad hacia lo colectivo, una exaltación del individualismo extremo y una retórica que se nutre de la polarización social y el rechazo a las narrativas de justicia social.

Este trabajo se propone analizar tres dimensiones clave en las que esta racionalidad fascista se manifiesta en el discurso libertario de Javier Milei. Primero, se examina el uso sistemático de la posverdad, la desinformación y las teorías conspirativas como instrumentos de deslegitimación de lo público; se analiza cómo desde un discurso que exalta la libertad individual emerge un dispositivo elitista, que refuerza estructuras de poder antidemocráticas; y finalmente, se indaga —mediante la evocación— sobre un pasado glorificado, como horizonte regresivo de legitimación política.

A través de estos ejes, se busca demostrar que el proyecto libertario no constituye una simple anomalía ideológica, sino que encarna una forma contemporánea de racionalidad autoritaria profundamente hostil a los principios democráticos, aun cuando se presente a sí misma bajo la bandera de la libertad.

Uso racional de la posverdad: pensamiento mágico, teorías de la conspiración, antintelectualismo y la agenda económica internacional

Una de las manifestaciones más visibles de la racionalidad fascista en el proyecto libertario argentino es el uso deliberado de la posverdad, las teorías de la conspiración y el antintelectualismo como dispositivos estratégicos de legitimación y movilización política. Resulta imposible hablar del triunfo de Javier Milei en Argentina sin analizar el uso específico que le da Milei al término socialismo, como un enemigo omnipresente, el negacionismo de las víctimas de la última dictadura y, sin lugar a dudas, la noción de una batalla cultural, posicionándose como un cruzado contra lo que él y sus seguidores consideran valores decadentes impuestos por el progresismo. Además de esto, comprender plenamente el ascenso de Milei también requiere examinar el papel de los think tanks y los intereses que los respaldan.

Cuando se revisa la campaña presidencial de Javier Milei es inevitable volver a pensar en términos como batalla cultural, la casta, el socialismo y la narrativa de una Argentina que fue la primera potencia mundial a inicios del siglo XX (sin nada que sustente esa afirmación). Estos fueron los principales elementos sobre los que se construyó el discurso político de Javier Milei —incluso antes de que iniciara su campaña presidencial— y describen de buena forma, las maneras en que opera el racismo, la xenofobia y el sexismo dentro de la campaña que decía defender "el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo"; "Gramsci señalaba que para implantar el socialismo era necesario introducirlo desde la educación, la cultura y los medios de comunicación. Argentina es un gran ejemplo de ello. [...] Bueno, nosotros venimos a terminar con eso" (Milei, 2024)

La construcción del enemigo imaginario

La tesis mejor estructurada por Milei y los libertarios argentinos es la de la batalla cultural o el marxismo cultural, una teoría de la conspiración antisemita estructurada a finales del siglo XX por neofascistas del movimiento LaRouche en Estados Unidos. Esta teoría de la conspiración hereda varios puntos de la conspiración judeo-bolchevique, difundida por el nazismo durante la segunda guerra mundial e incluye varios puntos traídos de la evolución teórica del marxismo posterior a esta época y del Camino de servidumbre, escrito en 1944 por Friedrich Hayek, el artículo que la difunde por primera vez y sobre el que posteriormente se basarán los libertarios argentinos para hablar de la batalla cultural es "The Frankfurt School and «Political Correctness»", de Michael Minnicino, publicado en 1992 (Rego & Sánchez, 2019).

Esta teoría de la conspiración sostiene que existe una agenda transnacional marxista que, a través de los movimientos asociados al posmodernismo, estaría llevando a cabo lo que el filósofo Antonio Gramsci denominó una guerra de posiciones. Según este concepto, formulado por Gramsci en el contexto de su análisis de la llegada del fascismo al poder en Italia, consideraba que, antes de llegar a la revolución proletaria, era necesario triunfar en una lucha social que asegurara la hegemonía cultural. Esta hegemonía cultural implicaría un cambio gradual en la conciencia colectiva y en el sentido común predominante de la sociedad, desplazando progresivamente los valores tradicionales en favor de los principios ideológicos del marxismo (Rego & Sánchez, 2019).

Esto, acoplado a la situación política Argentina por el libertarianismo, argumentaba que, dentro del peronismo, el socialismo o la casta, existía una estrategia deliberada diseñada para socavar las bases culturales, religiosas y éticas del país. Y consideraba que movimientos como el feminismo, la justicia racial, los derechos lgbtq+, el movimiento Nunca Más, otras expresiones del progresismo contemporáneo y las políticas de asistencia social, subsidios y control de precios, no eran más que herramientas de una agenda marxista global para reconfigurar las estructuras sociales y fomentar el estatismo por todo el mundo (Rego & Sánchez, 2019).

La narrativa de la batalla cultural se complementa con dos discursos subyacentes, uno heredado del antiperonismo, que insinúa que este avance del socialismo también tiene su origen en personas pertenecientes a una raza y a una clase social específica. Este argumento, aunque rara vez es expresado de manera explícita, por lo menos por Javier Milei, se percibe claramente en las referencias que utiliza para aludir a sus opositores, como Orkos o Bestias socialistas. Estas expresiones no son meras descalificaciones, sino que evocan resonancias históricas del discurso antiperonista clásico, que empleaba términos como descamisados o negros, para referirse a los votantes del peronismo (Adamovsky, 2024); por otro lado, esta teoría de la conspiración también viene con la carga de las ideas de Friedrich Hayek, expuestas en su libro Camino de servidumbre, donde sostiene que cualquier aplicación de políticas basadas en la planificación o intervención estatal, aunque se hagan con las mejores intenciones, construirían un ciclo de dependencia de los ciudadanos al Estado que conduciría inevitablemente a la pérdida de libertades individuales y a la consolidación de un sistema autoritario (Hayek, 1981).

La lectura que le da el libertarianismo a lo que era la guerra de posiciones para Gramsci distorsiona profundamente su significado original y no tiene otro fin que construir un enemigo imaginario que debe ser derrotado por el libertarianismo. Para Gramsci, el concepto no implicaba una conspiración secreta, sino un análisis crítico que cuestionara las formas en las que las clases dominantes producían la conciencia colectiva de las sociedades en favor del mantenimiento de sus intereses (Rego & Sánchez, 2019; Mayo, s. f.). La reinterpretación conspirativa de esta idea por parte del libertarianismo, parte de una lectura que descontextualiza completamente este marco teórico, convirtiéndolo en un arma de miedo que le permitió a Milei movilizar a los ciudadanos.

Revisionismo, negacionismo y explotación del trauma histórico

Finalmente, otra de las narrativas más controversiales y de mayor impacto en la campaña presidencial de Javier Milei fue su acogida y aceptación del discurso revisionista sobre el Proceso de Reorganización Nacional, el período dictatorial que gobernó Argentina entre 1976 y 1983.

Aunque desde sus primeras apariciones públicas ya se percibía una inclinación hacia este tipo de discurso, la elección de Victoria Villarruel como su fórmula vicepresidencial terminó por confirmar las sospechas. Villarruel, hija y sobrina de militares condenados por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, se ha destacado durante su carrera por ser una figura abiertamente revisionista, dedicando años a minimizar los crímenes de lesa humanidad cometidos por los militares y reivindicar las acciones de los condenados. Ha defendido la "inocencia" de Rafael Videla hasta la actualidad y ha construido espacios revictimizantes y negacionistas de lo sucedido durante el proceso de reorganización nacional.

Aunque ya estaba confirmada la posición que tenía La Libertad Avanza con respecto a la última dictadura, se quitaron todas las mínimas dudas cuando en pleno debate presidencial, frente a millones de personas, dijo que la cifra de los 30000 desaparecidos de la dictadura era una falsedad y que, aunque se cometieron excesos, lo vivido entre 1976 y 1983 estaba justificado.

Nosotros valoramos la visión de Memoria, Verdad y Justicia; empecemos por la verdad, no fueron 30000 los desaparecidos, son 8753. Por otra parte, estamos absolutamente en contra y una visión tuerta de la historia, para nosotros, durante los 70 hubo una guerra, y en esa guerra, las fuerzas del Estado cometieron excesos. Y por tener el monopolio de la violencia le vale todo el peso de la ley, pero también los terroristas de Montoneros, los terroristas del ERP mataron gente, asesinaron gente pusieron bombas, hicieron un desastre y también cometieron delitos de lesa humanidad. (Canal La Nación, 2023, 0m:36s)

Un aspecto particularmente interesante del posicionamiento de Javier Milei con respecto al Proceso de Reorganización Nacional es cómo en este Proceso converge gran parte de la narrativa, la estrategia y la propuesta política del libertarianismo argentino. En este discurso, Milei logra articular una visión revisionista de la dictadura que se entrelaza con su concepto de batalla cultural. Según Milei, el accionar represivo de los militares durante ese período se justifica bajo la premisa de que Argentina enfrentaba una guerra civil, a pesar de que a día de hoy las investigaciones rigurosas explican que para el momento en que se instauró el régimen militar, los principales grupos armados ya habían sido desarticulados.

Esta narrativa no solo reinterpreta el pasado con fines políticos a través de una perspectiva ahistórica y falsa, sino que también sirve como una herramienta para legitimar su propia agenda. Milei argumenta que, al igual que los militares de la dictadura, su objetivo es recuperar la grandeza económica de Argentina, devolver al país su supuesto lugar como potencia global y eliminar el cáncer del peronismo y el comunismo de toda la Argentina.

Este posicionamiento refuerza la idea de que las medidas extremas son justificables en aras de un bien mayor —un argumento que resuena profundamente con su retórica de ajuste y eliminación de lo que él llama la casta política— y reafirma la idea de que las acciones militares, por violentas o autoritarias que hayan sido, estaban orientadas hacia un objetivo superior. Eliminar el populismo y restaurar la estabilidad económica, se convierte en un eco de su propia propuesta de reformas radicales, que incluyen profundas transformaciones económicas y culturales, justificando no solo su actuar represivo en contra de organismos y ciudadanías que se opongan a sus reformas económicas, sino también justificando todo tipo de jugadas para pasar estas reformas por encima de la división de poderes.

El negacionismo de la última dictadura no solo sintetiza las narrativas y el revisionismo que construyeron el discurso político de Javier Milei, sino que también recoge dentro de sí todas las prácticas anti racionales, revisionistas y pseudocientíficas sobre las que se sostienen estas y todas las narrativas del libertarianismo y las nuevas derechas dentro y fuera de Argentina.

Pseudociencia, antirracionalismo y legitimación económica

Dentro de lo que se conoce como las nuevas derechas, es posible ver una amplia variedad de posturas y enfoques que reflejan diferencias significativas en cuanto a ideología. En este grupo específico cabe un espectro que va desde el liberalismo económico más acentuado, como es el caso de Milei, hasta posturas más proteccionistas o nacionalistas, como lo puede ser el caso de Trump. Sin embargo, a pesar de esta diversidad, existe un elemento que, en mayor o menor medida, parece ser una constante en la mayoría de estas representaciones: el discurso anticientífico.

El discurso anti científico de las nuevas derechas y el libertarianismo se manifiesta en un espectro que va desde expresiones más sutiles o mínimas, el uso de definiciones engañosas o tergiversadas, hasta posturas extremas que niegan realidades científicamente comprobadas, como la afirmación de que el cambio climático es un engaño o que las vacunas causan autismo. Este rechazo a la evidencia científica no es un fenómeno aislado, sino que forma parte de un discurso antiilustrado que atraviesa transversalmente a estos movimientos. En el caso del libertarianismo, esta pulsión anticientífica no se limita a las narrativas mencionadas, sino que se extiende a otros ámbitos, como la economía, la política exterior, la salud pública y la interpretación de la historia.

El discurso anticientífico atraviesa los posicionamientos de Milei en temas tan diversos como el cambio climático, la vacunación, la salud pública o la educación sexual. Desde la negación del calentamiento global hasta la propuesta de abandonar la Organización Mundial de la Salud, su proyecto se alinea con una visión del mundo que privilegia creencias ideológicas sobre la evidencia empírica.

Este rechazo de la racionalidad ilustrada cumple una función política concreta, debilitar la legitimidad de las instituciones públicas y del conocimiento experto para abrir paso a la desregulación total. El relativismo epistémico opera como instrumento de una agenda profundamente racional, que busca desmantelar las mediaciones que obstaculizan la hegemonía de los intereses económicos concentrados, tanto nacionales como transnacionales.

Como sostiene Parenti (1997), el fascismo ha operado históricamente como un dispositivo funcional a los intereses de las clases dominantes, que activa discursos irracionales y autoritarios cuando los mecanismos democráticos ya no les garantizan sus privilegios. La "racionalidad fascista" no radica en el delirio, sino en su eficacia para reconfigurar el sentido común en función de intereses de clase. El libertarianismo de Milei, con su culto a la libertad individual, su desprecio por lo colectivo y su negación de la historia, se inscribe plenamente en esta lógica.

Los think tanks, de laboratorios de ideas a dispositivos ideológicos

Si se desea analizar la presencia de agendas nacionales e internacionales y del uso racional de narrativas que a primera vista parecen irracionales dentro del discurso de Milei, es necesario hablar de los think tanks o Centros de Pensamiento. Estas organizaciones, formalmente presentadas como entidades independientes dedicadas a la investigación en política económica, social o fiscal e incluso militar, cumplen hoy una función fundamental en la configuración de discursos, diagnósticos y propuestas afines a intereses de mercado y a una racionalidad neoliberal autoritaria. A través de estudios y publicaciones, los think tanks buscan generar influencia en la opinión pública y en la toma de decisiones, promoviendo agendas específicas que pueden estar alineadas con intereses gremiales, partidistas o ideológicos.

El fenómeno de los think tanks en países como Estados Unidos se caracteriza por su diversidad temática y una estructura mucho más descentralizada e independiente, dentro de sus posibilidades. En Latinoamérica, a diferencia de otras regiones, la mayoría de los think tanks activos se alinean con una agenda promercado que promueve la desregulación, la privatización y la reducción del rol del Estado. Aunque también existen centros con orientación progresista o socialdemócrata, estos suelen tener menor acceso a financiamiento, coordinación y visibilidad pública. Además, muchos operan como extensiones de partidos políticos tradicionales o como brazos técnicos de organizaciones transnacionales, sin constituir redes propias de incidencia autónoma. Estas redes conectan a organizaciones de distintos países, facilitando el intercambio de ideas, estrategias, recursos financieros y, sobre todo, la estructuración de una agenda regional centrada en intereses económicos extranjeros (Fischer & Plehwe, 2013).

La lógica vertical y global de los think tanks libertarios

Es importante aclarar que, aunque en Latinoamérica existe una gran cantidad de centros de pensamiento de diversas orientaciones políticas, estos no suelen alcanzar los mismos niveles de financiación, coordinación e influencia en la opinión pública que sus contrapartes libertarias. En su mayoría, estos centros de pensamiento están más restringidos en su alcance y operan principalmente como extensiones de los partidos políticos locales o como representantes de organizaciones internacionales de partidos, como por ejemplo la Internacional Socialista, la Internacional Progresista, la Internacional Liberal o la Organización Demócrata Cristiana de América. Estas organizaciones, desde sus respectivos momentos de formación, han respondido a dinámicas muy diferentes a las de los think tanks libertarios, ya que suelen surgir como iniciativas de partidos políticos con posiciones ideológicas afines, que buscan coordinar sus actividades en los países donde ya tienen presencia.

En el caso de los think tanks no libertarios, su proceso de formación tiende a ser de abajo hacia arriba: primero surgiendo como iniciativas locales vinculadas a partidos políticos o movimientos sociales, y luego, en algunos casos, se integran en redes transnacionales más amplias. Este enfoque refleja una lógica de construcción orgánica, donde la identidad y las prioridades políticas se desarrollan a nivel local antes de expandirse a nivel internacional.

A diferencia de las iniciativas locales que surgen de abajo hacia arriba, los think tanks libertarios suelen estructurarse desde una lógica inversa, de arriba hacia abajo. Esta diferencia en la estructura y el origen de los think tanks tiene implicaciones importantes para su funcionamiento y su impacto. Mientras que los centros de pensamiento tradicionales suelen estar más arraigados en las realidades políticas y sociales de sus contextos locales, los think tanks libertarios tienden a priorizar la difusión de una agenda globalizada, alineada con los intereses y objetivos de sus redes internacionales. Esto no solo les permite operar con mayor coordinación y recursos, sino también influir en la opinión pública y en las políticas públicas de manera más sistemática, incluso en países donde el libertarianismo no tiene una base social o política significativa.

Dichos think tanks son parte de redes globales como la Atlas Network, fundada en 1981 en Estados Unidos con el propósito explícito de articular una red de organizaciones dedicadas a promover políticas de libre mercado en todo el mundo (Fischer & Plehwe, 2013). Esta fundación no solo financia a sus aliados regionales —con más de 30 millones de dólares distribuidos en Latinoamérica hasta 2012—, sino que también ofrece capacitación, apoyo logístico y asistencia técnica para maximizar su influencia en la esfera pública.

Lejos de ser neutrales, estas agendas responden a los intereses de sus financiadores, que incluyen empresas como Philip Morris, ExxonMobil, Michelin y Pfizer, así como fundaciones de derecha como la John Templeton Foundation o la Charles Koch Foundation ("The Koch-funded...", 2024). La orientación antirregulatoria, anticlima y antiestatista de estas organizaciones no es accidental, busca garantizar condiciones óptimas para la maximización de ganancias de las corporaciones que las financian.

Producción discursiva e ingeniería ideológica

Los think tanks libertarios cumplen una función clave en la producción de una apariencia de racionalidad técnica. Generan informes, libros, índices y artículos que imitan el formato académico, con citas, lenguaje técnico y uso de datos. Sin embargo, esta producción está cuidadosamente diseñada para legitimar una política económica funcional a los sectores dominantes. Como señala Parenti (1997), las narrativas que parecen delirantes como negar el cambio climático o minimizar dictaduras militares, no son errores epistemológicos, sino recursos ideológicos de una racionalidad autoritaria.

La estrategia de la Fundación Atlas no se limita al financiamiento directo de sus organizaciones asociadas, sino que se extiende a un enfoque integral que incluye capacitación, entrega de recursos técnicos y apoyo logístico. Este modelo de operación le permite no solo sostener económicamente a estas organizaciones, sino también fortalecer su capacidad operativa y amplificar su impacto en la esfera pública. A través de talleres, seminarios y programas de formación, equipa a sus socios con las herramientas necesarias para desarrollar campañas de comunicación efectivas.

Este enfoque multifacético es fundamental para entender cómo la Fundación Atlas logra influir en las políticas públicas y en la opinión pública a nivel local. Por un lado, las capacitaciones y los recursos técnicos permiten a las organizaciones asociadas profesionalizar sus operaciones, desde la elaboración de informes y estudios hasta la gestión de redes sociales y la organización de eventos. Por otro lado, el apoyo logístico asegura que estas actividades se lleven a cabo de manera eficiente y con un alcance significativo, maximizando así la visibilidad y el impacto de las ideas y las agendas que promueven.

De la desinformación a la hegemonía

A nivel micro, estas estrategias se manifiestan en la difusión de noticias falsas, teorías conspirativas y relatos distorsionados de la historia en medios de información y redes sociales. Por ejemplo, la promoción de la idea de que Argentina era el país más rico del mundo a principios del siglo xx, omitiendo el contexto histórico y las desigualdades estructurales de la época; o la insistencia en que el cambio climático es un proceso natural en el que la actividad humana y las corporaciones no han tenido incidencia, deslegitimado así los esfuerzos científicos y políticos para abordar esta crisis global, buscando no solo confundir, sino también construir una realidad discursiva que justifique la aplicación de políticas de desregulación ambiental, laboral o económica, para que los respectivos financiadores de estos centros de pensamiento mantengan o generen ganancias por medio de estas estrategias.

A nivel macro, estas organizaciones producen conocimiento pseudoacadémico que se inserta en el debate público y se presenta como neutral, cuando en realidad responde a una planificación estratégica orientada a consolidar políticas regresivas en materia fiscal, ambiental y social. Esta forma de ingeniería ideológica no solo busca convencer a la ciudadanía, sino también incidir directamente en los tomadores de decisiones. Los profesionales que forman parte de los think tanks producen artículos, libros, informes e índices pseudoacadémicos que, lejos de ser neutrales, responden a un análisis previo de las necesidades e intereses de quienes financian y controlan estos centros de pensamiento.

Un ejemplo claro de la producción de este tipo de elaboraciones discursivas de los think tanks libertarios es el Índice de Libertad Económica, de la Heritage Foundation, miembro de la red Atlas, que aunque en principio luce como un instrumento de medición académico, termina promoviendo una agenda que prioriza la reducción del Estado, la privatización de servicios públicos y la desmantelación o focalización de programas sociales estatales, bajo la premisa de que estas medidas generarán mayor eficiencia y crecimiento económico, a través de la distorsión de las realidades económicas e históricas de los países que están en los primeros puestos de estos índices. Este es el caso de Singapur, el histórico primer puesto del índice de libertad económica, un país que, si se mira toda la política económica a la que se debe su crecimiento, se encuentra en la antítesis de todas las fórmulas que la Heritage promueve.

Ejemplos como este o el de múltiples producciones de los think tanks muestran las diversas formas a través de las cuales los think tanks libertarios no operan como espacios neutrales de reflexión, sino como dispositivos organizados que, bajo una apariencia técnica y científica, construyen las condiciones discursivas para implementar políticas radicales, regresivas y funcionales a intereses económicos concentrados. En este marco, el discurso de Milei, por irracional que parezca en sus formas, responde a una racionalidad política profundamente estratégica, que retoma los principios estructurantes de la racionalidad fascista, control del sentido común, destrucción del tejido colectivo y promoción de un orden autoritario disfrazado de libertad.

Individualismo autoritario, utopía libertaria y rechazo a la democracia liberal. La construcción del posfascismo desde las entrañas del liberalismo

La Escuela Austriaca de Economía surgió como una reacción ideológica al keynesianismo y al ascenso de los Estados de bienestar en Europa. No obstante, es durante la crisis del Estado social y el giro conservador de la década de 1980, encabezado por Thatcher y Reagan, cuando sus postulados ganaron relevancia política. En América Latina, sus principios inspiraron también las dictaduras del Cono Sur, teniendo vínculos explícitos con Friedrich Hayek y otros referentes de esta tradición. A pesar de estas afinidades, el libertarianismo no puede reducirse al neoliberalismo, si bien ambos comparten una defensa del libre mercado, divergen en sus fundamentos filosóficos, su antropología política y sus formas de acción (Stefanoni, 2021).

La escuela austriaca no concibe la economía como una ciencia empírica, sino como una rama de la praxeología, entendida como el estudio a priori de la acción humana. Desde esta perspectiva, toda acción es voluntaria, racional y orientada a fines, lo que conduce a la idea de que el mercado, como espacio de interacción entre actores libres, genera un orden espontáneo natural, justo y eficiente (Simonetta, 2018). Este orden no necesitaría intervención estatal alguna, por el contrario, cualquier intromisión será vista como una distorsión de la libertad y una amenaza al equilibrio espontáneo del sistema.

A diferencia de los economistas neoclásicos, los libertarios no defienden el mercado como el más eficiente entre varios sistemas posibles, sino como la única forma legítima de organización social. El mercado no es un medio, sino un fin en sí mismo, expresión de la naturaleza humana y condición indispensable para el florecimiento individual. Desde esta lógica, toda intervención, aun cuando se presente como democrática o redistributiva, representa una amenaza autoritaria. Por eso, el libertarianismo no solo desconfía del Estado, sino también de la democracia liberal misma, a la que acusa de servir como vehículo para el colectivismo y la expansión del poder estatal.

El axioma de la acción establece que "los individuos actúan de manera consciente hacia la consecución de fines específicos" (Rothbard, 1997, p.1, traducción propia). A partir de este planteamiento, se derivan otros axiomas que buscan explicar la dinámica de la acción humana, enfatizando que la interacción entre individuos libres da lugar a un orden espontáneo. En este marco, la verdadera democracia no se realiza en las urnas, sino en el mercado. Allí, cada consumidor ejerce su libertad mediante un "plebiscito diario" al elegir entre productos y servicios. Así, se configura la idea de una democracia de mercado, que sustituye la soberanía popular por la soberanía del consumidor (Stefanoni, 2021). La ciudadanía como categoría política pierde sentido frente al individuo como unidad de cálculo y competencia.

Esta concepción extrema del individualismo rompe con la tradición liberal clásica e inclusive con las expresiones más radicales del conservadurismo, que, si bien defendían la libertad individual, reconocían la necesidad de un contrato social y de instituciones que garantizaran cierto orden colectivo. Aunque en algunas de estas variantes del liberalismo clásico también se rechazaba la idea de una democracia universal o radical y se oponían absolutamente a la idea de que las masas populares pudieran llevar a la sociedad hacia la tiranía de las mayorías. Sin embargo, su crítica a la democracia no implicaba una desconfianza total en el Gobierno representativo ni en las estructuras políticas tradicionales, como sí ocurre en el libertarismo moderno, que reduce toda legitimidad al mercado y niega la necesidad de un orden institucional compartido. Mientras el liberalismo clásico y el conservadurismo más burkeano buscaban equilibrar libertad y autoridad, el libertarismo disuelve lo político en lo económico, sustituyendo el espacio público por la suma de decisiones individuales y desafiando así no solo la democracia, sino cualquier noción de orden social liberal.

El libertarianismo, como expresión radical de esta lógica, lleva al extremo la idea de autonomía individual, transformando al ciudadano en un agente aislado, responsable absoluto de su destino. Toda forma de solidaridad o acción colectiva es vista como una amenaza al orden espontáneo. La democracia, los derechos sociales y la intervención estatal no son instrumentos de justicia, sino mecanismos de coerción.

Este rechazo a la intervención del Estado lleva a los libertarios a rechazar, de forma implícita, todas las formas de democracia liberal y representativa. Desde su perspectiva, la democracia liberal no garantiza la libertad, sino que funciona como un espacio en el que las masas y los políticos perpetúan y reproducen las intervenciones estatales. Esto ocurre porque, guiados por sus creencias intervencionistas, los ciudadanos demandan constantemente la acción del Estado, legitimando así su intromisión permanente. En esta lógica, la democracia liberal se contrapone a lo que consideran la auténtica democracia: la democracia del mercado. En ella, los consumidores participan en un plebiscito continuo, valorando de forma subjetiva todos los bienes y servicios a su alcance, eligiendo cuál satisface mejor sus fines y revelando, en todo momento, las necesidades reales de los individuos (Stefanoni, 2021).

Racionalidad posfascista y el giro hacia el mercado como sujeto totalizado

A diferencia del fascismo clásico, que atribuía al Estado la misión de organizar la vida social, el libertarianismo delega esa función al mercado. En ambos casos se niega la participación democrática; el primero, mediante la violencia estatal; y el segundo, mediante la imposición de una lógica competitiva en todas las esferas de la vida. Si el fascismo clásico movilizaba masas a través de discursos nacionalistas, racistas y machistas, el libertarianismo apela a una retórica de libertad individual que, en la práctica, legitima la exclusión de quienes no pueden competir en condiciones de igualdad.

El Camino de servidumbre es un punto central dentro del discurso libertario y sus posteriores apoyos, que en un principio parece contradictorio. Esta visión termina considerando que la democracia es una latente amenaza al liberalismo real, pues permite que los individuos actúen contra su libertad y amenacen al orden espontáneo que la vida en sociedad y el mercado construyen, llegando Hayek a considerar, posteriormente, que su "preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un Gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente" (Hayek, 1981).

La evolución y, en cierta medida, la radicalización de las ideas más básicas del liberalismo —con su concepción del sujeto político, el estado de naturaleza y el culto al individuo— representan un rompimiento evidente con la tradición liberal clásica. Esta transformación no solo marca una divergencia con el liberalismo tradicional, sino que también da lugar a la emergencia de ideas autoritarias desde las propias entrañas del liberalismo. La exaltación del individuo como entidad autónoma y autosuficiente, junto con la negación de cualquier forma de colectivismo, ha llevado a una visión extremadamente atomizada de una sociedad que en definitiva ya no funciona como en el momento en que Hayek escribió el Camino de servidumbre ni como cuando Hayek visitó Chile. Esta perspectiva, que rechaza cualquier intervención estatal o colectiva en la vida de los individuos, contrasta con la tradición liberal clásica, que, aunque defiende la libertad individual, reconoce la necesidad de un contrato social y de instituciones que garanticen el bien común, más en una sociedad en la que la globalización profundizó la interdependencia de los individuos.

Esta utopía hiperindividualista, sin embargo, no genera una mayor libertad, sino una mayor desigualdad y desprotección, al disolver los vínculos sociales que permiten resistir las lógicas de exclusión del mercado. En contraste, el libertarianismo niega cualquier forma de colectivismo y exalta al individuo como la única entidad legítima. Esta diferencia es fundamental para entender por qué el libertarianismo no puede ser equiparado directamente con el fascismo, a pesar de compartir ciertas tendencias autoritarias (Adamovsky, 2024)

Por ello, en este artículo no se afirma que el libertarianismo sea fascista en sentido estricto. En su lugar, se emplean las nociones de racionalidad fascista (Parenti, 1997) y posfascismo (Traverso, 2019) para dar cuenta de cómo ciertas formas autoritarias resurgen desde las entrañas del propio liberalismo. Esta distinción es clave para entender cómo el libertarianismo, a pesar de su retórica de libertad individual y su rechazo al Estado, reproduce ciertas dinámicas autoritarias y excluyentes que refieren al fascismo clásico.

La principal diferencia entre la racionalidad fascista del fascismo clásico y la del libertarianismo radica en el sujeto al que se le atribuye la organización de la vida social. En el fascismo clásico, este sujeto era el Estado, que utilizaba todo su aparato para reprimir al movimiento obrero, empeorar las condiciones de vida de los trabajadores y beneficiar a un grupo específico de la sociedad a través de un discurso aparentemente irracional, pero altamente efectivo, que combinaba elementos machistas, racistas y pseudorrevolucionarios para movilizar a las masas y justificar la violencia y la exclusión.

La implementación del ideario libertario, como puede observarse en el gobierno de Javier Milei, implica la mercantilización de todas las dimensiones de la vida; salud, educación, vivienda, relaciones laborales e incluso medioambiente (Adamovsky, 2024). La eliminación de los servicios públicos y la desregulación generalizada dejan a los individuos sometidos a un mercado que no opera sobre una base de igualdad, sino sobre jerarquías estructurales. Solo quienes cuentan con capital suficiente pueden acceder a una vida digna; el resto queda excluido o subordinado.

Este modelo erosiona cualquier noción de comunidad. La competencia sustituye a la cooperación y la responsabilidad colectiva se disuelve en la retórica del esfuerzo individual. En este marco, el fracaso no se explica por las estructuras sociales, sino por la supuesta incompetencia del individuo. Así, el libertarianismo reproduce una moral del éxito que refuerza las desigualdades y oculta las condiciones estructurales que las producen.

En última instancia, esta racionalidad, que se presenta como expresión pura de la libertad, es profundamente autoritaria. Al negar toda forma de organización colectiva, al desmantelar los mecanismos de protección social y al invisibilizar las estructuras que perpetúan la exclusión, el libertarianismo configura un orden social basado en la desigualdad naturalizada, la competencia sin límites y la despolitización radical de los conflictos. Ese es el núcleo de su carácter posfascista, una forma de autoritarismo sin dictadura, que opera desde la lógica del mercado y se disfraza de libertad.

A modo de conclusión: el libertarianismo como racionalidad fascista dentro del capitalismo tardío

La conceptualización de la racionalidad fascista y del posfascismo resulta clave para comprender cómo las nuevas derechas logran acceder y ejercer el poder en el siglo XXI. Lejos de replicar las formas del fascismo clásico, estos fenómenos emergen en contextos políticos y jurídicos transformados; con las evoluciones en materia de derecho —de pesos y contrapesos dentro del Estado liberal, sumado a la implosión del socialismo realmente existente— era imposible que el fascismo volviera a aparecer de la misma forma en que emergió hace más o menos un siglo; ahora nos encontramos con figuras que sostienen los mismos fines, en situaciones económicas y sociales similares a las que vieron emerger el fascismo en Italia y Alemania (Traverso, 2019, p. 17).

No se trata de una repetición mecánica del pasado, sino de una mutación adaptativa. Gobiernos como los de Trump, Bolsonaro, Meloni, Bukele o Milei expresan diferencias significativas en sus fundamentos ideológicos, pero comparten una serie de rasgos comunes; un discurso antiestatal combinado con pulsiones autoritarias, un desprecio por las normas democráticas liberales, y una narrativa de orden y pureza que busca disciplinar a la sociedad. Pese a sus aparentes contradicciones (como el proteccionismo de Trump frente al librecambismo de Milei), estos liderazgos convergen en la defensa de un orden jerárquico, racializado y excluyente.

Las retóricas contra la casta, la defensa de los valores occidentales o de los verdaderos ciudadanos, aunque enraizadas en tradiciones diversas, apuntan a una reconfiguración reaccionaria del orden social. A través de la criminalización de la protesta, el descrédito de las instituciones democráticas y el señalamiento sistemático de enemigos internos (minorías, migrantes, feminismos, sindicatos), estos movimientos erosionan la legitimidad del pluralismo y promueven una visión autoritaria de la comunidad política.

Su objetivo no es solo preservar privilegios locales, sino también reestructurar las relaciones de poder globales. Ya sea mediante lógicas extractivistas, subordinación financiera o dependencia tecnológica, estas derechas contemporáneas operan como vehículos para formas renovadas de dominación. La defensa de la tradición, la libertad o la soberanía funciona como un velo ideológico que encubre una racionalidad profundamente antidemocrática (Parenti, 1997, p. 3).

Este artículo no pretende predecir el futuro de estas nuevas derechas, pero sí identificar patrones que las vinculan con la emergencia de los fascismos hace un siglo, sin caer en simplificaciones. Reconocer estas continuidades no es un ejercicio nostálgico ni alarmista, sino una responsabilidad crítica; estas fuerzas emergen en contextos sociales específicos de precarización, desigualdad, colapso del Estado social y logran canalizar el malestar hacia objetivos regresivos, mientras las élites económicas consolidan su poder mediante su apoyo explícito o su complicidad silenciosa.

Frente a esta deriva, el desafío no se reduce a denunciar lo autoritario. Se trata de disputar su legitimidad, de llamar a estas expresiones por su nombre y de intervenir en las condiciones materiales que hacen posible su ascenso. Ello implica reconstruir el lazo social desde la solidaridad y la organización colectiva, y demostrar que una vida digna para las mayorías es incompatible con un orden basado en la rentabilidad privada. El combate a la racionalidad fascista no es conceptual, es político, ético y profundamente urgente.


Notas

1 Este artículo es resultado de investigación en el semillero Teoría del Estado: Problemas Contemporáneos.


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