Javier Duque Daza 1
1 Politólogo PhD Ciencia política.
Profesor Universidad del Valle.
https://orcid.org/0000-0001-9996-4835
Francis Yoshihiro Fukuyama (Chicago, 1952) publicó en 1992 el libro The End of History and the Last Man, que pronto se convirtió en best seller. Tras el derrumbe de la Unión Soviética y de los regímenes comunistas de Europa del este, pregonó que había llegado el triunfo final y definitivo del capitalismo de libre mercado, del liberalismo y de las democracias. Daba por finalizada la lucha política, el enfrentamiento entre concepciones sobre la sociedad, sobre la mejor forma de gobierno, el mejor sistema económico y la ideal manera de gestión de la convivencia humana.
Tres décadas después, con este nuevo libro, el pregón del fin de la historia de Fukuyama derivó en autocrítica, inquietud y alarma ante lo que considera los desencantos con el liberalismo y la democracia liberal. Ha pasado de la declaración del triunfo a la aceptación de los límites, las fallas y los cuestionamientos del liberalismo económico, devenido en neoliberalismo; del liberalismo político y sus incumplidas promesas de igualdad de derechos y libertades individuales, y del optimismo por la expansión de las democracias liberales a la inquietante expansión de regímenes autoritarios electorales y a la recesión democrática.
El argumento del libro es que el liberalismo se enfrenta a diversas amenazas que proceden del desencanto respecto a la forma como su contenido central (fundamentado en el liberalismo clásico) ha sido interpretado, implementado y puesto en escena, básicamente, de forma extrema. La solución ante los diversos desencantos no es renunciar al liberalismo sino moderar sus principios a partir de correcciones y respuestas a las críticas, muchas de ellas bien fundadas (p. 13). El autor sustenta esta tesis a través de tres ejes de análisis: (1) revisita y dilucida los principios básicos del liberalismo clásico (lo que implica diferenciarlo de otros liberalismos), (2) expone sus defectos y limitaciones, y (3) propone cómo superarlos.
Los tres ejes son desarrollados en diez capítulos. El primer capítulo, titulado ¿Qué es el liberalismo clásico?, corresponde al primer eje y traza las coordenadas del liberalismo clásico. Acude a John Grey (2002) para sintetizar los que considera sus cuatro atributos centrales: el individualismo (la primacía del individuo respecto a otras exigencias de colectivos sociales), el igualitarismo (legal y moral, y el sentido expansivo e incremental de los derechos civiles, jurídicos y políticos, cada vez más amplios e inclusivos desde sus comienzos en la segunda mitad del siglo XVII), el universalismo (la defensa de valores y principios universales, por encima de los particularismos y las auto justificaciones culturales), y el meliorismo (el principio de corregibilidad y mejoramiento de las instituciones sociales y políticas).
Los capítulos 2 al 7 dan cuenta del segundo eje, de las críticas y desencantos con el liberalismo realmente existente, con sus excesos, limitaciones y fallas. Es el núcleo del libro e incluye cinco aspectos de lo que denomina, de forma crítica, liberalismo extremo: (a) El exceso del liberalismo económico devenido en neoliberalismo, sobre la base de los planteamientos de la denominada Escuela Austriaca con sus autores de culto —Milton Friedman, Gary Becker, Ludving von Mises y Firedrich Hayek—, su fe absoluta en el mercado, la estadofobia, la privatización y las duras críticas al estado de bienestar. Exceso que tuvo eco ampliado en Estados Unidos —desde la Universidad de Chicago— y gran influjo en América latina desde comienzos de la década de 1980. Los efectos han sido visibles: consecuencias distributivas que agravaron las brechas sociales y entre países, debilidad del Estado y de sus responsabilidades sociales, privatizaciones extendidas e indiscriminadas, y desregulación del sector financiero que explotó con la crisis del 2008. (b) La entronización del individualismo egoísta: se antepuso el interés individual por encima de otros valores (el ser humano maximizador racional de utilidad, avaricioso y egoísta), y se adoptó la tesis del bienestar de los consumidores como estándar de bienestar económico. (c) El yo soberano: se absolutizó el principio de la autonomía individual, lo que ha puesto en peligro la cohesión social al negar el rol del Estado en la regulación social de la libertad individual y se han impuesto los discursos y las prácticas de la auto realización individual por encima de los propósitos sociales, colectivos y comunitarios, la cooperación y la solidaridad. (d) El liberalismo se olvidó de la igualdad universal ante la ley, discriminando a sectores étnicos, mujeres, minorías y homosexuales, y desconociendo de igual forma la heterogeneidad territorial y regional. Además, mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XX el colonialismo, el liberalismo terminó negándose a sí mismo. (e) La libertad de expresión, que está en la base de otras libertades, ha sido afectada profundamente en las sociedades liberales por el desarrollo tecnológico, por las redes sociales, internet y la concentración del poder económico y de la propiedad. Esto ha afectado también, y de forma muy profunda, principios liberales orientados a salvaguardar las libertades, la vida privada y el uso público de la razón.
El capítulo 8, titulado "¿Hay alternativas?", revisa las críticas al liberalismo de forma diferente a la vista en los capítulos anteriores y las agrupa bajo las etiquetas de derecha e izquierda. La derecha asume que, con el liberalismo se produjo un vacío espiritual al impulsar la ruptura con las creencias religiosas, las tradiciones y el sentido de comunidad, y al entronizar el individualismo y la autonomía personal, la tolerancia extrema, la apertura a la multiplicidad, el cosmopolitismo (en contra del valor del nacionalismo), la gratificación individual y la sociedad de consumo. El liberalismo condujo al desconocimiento de principios morales absolutos, del respeto a la vida al defender la eutanasia y el aborto, también el orden natural con la translocación normal de los sexos, los roles de género y las identidades y, en general, la laxitud moral. Para tratar de restablecer el orden social perdido y añorado, coquetea con formas autoritarias de gobierno restaurativo de todo lo perdido. Por su parte, la izquierda también le hace numerosas críticas: señala que, en las sociedades liberales, hay fuertes poderes atrincherados que impiden que se realicen sus ideales; que no ha resuelto las enormes desigualdades sociales, raciales y de género; que no ha sabido responder a la crisis ambiental; cuando adelanta cambios lo hace de forma muy lenta —debido a los propios mecanismos del gobierno representativo con sus deliberaciones, estrategias y procesos de decisión—. La alternativa que propone es incrementar las acciones afirmativas o de discriminación positiva, replantear la meritocracia, generar sociedades más abiertas a la inmigración, mayor atención a los problemas ambientales y adoptar un modelo de sociedad con base en el estado de bienestar expansivo y un sistema tributario no regresivo.
En el capítulo 9, "Identidad nacional", Fukuyama adiciona otra crítica al liberalismo: no ha podido resolver la tensión entre el universalismo y los nacionalismos y los modos de vida de comunidades, que reivindican prácticas, modos de actuar y costumbres que van en contravía de principios que considera universales. Aunque resalta que las sociedades liberales cada vez son más abiertas a la diversidad y al pluralismo.
El colofón del libro es el capítulo 10. Fukuyama no solo plantea la crítica sistemática a lo que considera han sido los excesos del liberalismo, que han conducido al desencanto actual, presenta también cinco principios cuya aplicación permitiría salvaguardar las sociedades liberales del posible riesgo de su deriva hacia otro tipo de sociedades, que afectaría la libertad, las instituciones del gobierno representativo y la propia democracia, especialmente con aplicación en Estados Unidos, que considera "la principal potencia liberal del mundo y faro de la libertad" (p. 155).
I. Superar la demonización del Estado. Corresponde al primer extremo/exceso al que llegó el liberalismo con las políticas neoliberales. Propone revisar las premisas del Estado mínimo y los supuestos de ineficiencia, corrupción e ilegitimidad de los Estados. Para él es claro que el Estado es fundamental para la regulación social, económica y el bienestar de la gente.
II. Tomarse en serio el rediseño del Estado. Debe replantearse las funciones, responsabilidades, recursos y autonomía de las entidades territoriales, sean estados, provincias o departamentos. Esto incluye el reconocimiento de la heterogeneidad, aunque sin afectar los principios y las leyes generales que se aplican a todos los ciudadanos.
III. Proteger la libertad de expresión. Enfatiza en el gran peligro derivado del poder particular de los conglomerados y monopolios de la comunicación, que distorsionan la realidad y amplifican de forma artificial ciertas voces, generando supuestos consensos sociales de preferencias y anhelos que resultan de la manipulación y se orientan a establecer políticas que niegan principios y limitan libertades. En este punto retoma los planteamientos expresados en un reciente artículo suyo, Making the Internet Safe for Democracy (2021). Es perentorio debatir y tomar medidas para proteger la libertad de expresión.
IV. Que las instituciones se centren en los derechos individuales y no en los grupos y sus reivindicaciones particularistas. Las políticas no deben centrarse en reivindicaciones de raza, género, origen territorial y étnico, pues termina fragmentándose más la sociedad con particularismos. Defiende el universalismo frente a los particularismos y a las auto justificaciones culturales.
V. Reivindicar la premisa que afirma que la autonomía individual no es ilimitada. Se debe tener claro que la libertad de elección no es absoluta y que son muy importantes la solidaridad, la tolerancia y la cooperación. No se debe fomentar una sociedad de individuos encerrados en sí mismos, que solo se interesan en maximizar su utilidad individual.
De esta forma, el libro de Fukuyama no solo presenta el cuadro general de los fundamentos del liberalismo clásico, sus límites y los excesos a los que ha llegado, sino que también enuncia las propuestas centrales que permitirían su revisión para preservarlo. En este sentido, el ensayo expresa la confluencia de dos campos de conocimiento sobre la política: la ciencia política (el análisis del poder político a partir de enunciados que siempre se preocupa por argumentar con buenas razones, con evidencias y consideraciones propias o de autores que considera relevantes) y la filosofía política (la dilucidación y reflexión teórica y conceptual orientada por una concepción de lo deseable). Presenta lo que considera que es la realidad del liberalismo y lo sería deseable a partir de su revisión, crítica y auto crítica.
Es un libro interesante, bien escrito y muy sugerente. El autor sistematiza puntos centrales del pensamiento político y la crítica a las sociedades occidentales actuales, en tal sentido, no es una novedad, pero sí un ejercicio analítico riguroso, coherente y estructurado. También hay aspectos del libro que son susceptibles de discusión y crítica.
Cabe resaltar cinco aspectos que están en el centro del debate y la reflexión, y que Fukuyama coadyuva a relanzar por la resonancia que suelen tener sus obras.
I. Aunque los aspectos centrales de la crítica y los cinco puntos-propuestas del libro son generales, el análisis y los ejemplos son muy anglocéntricos, están muy dirigidos al público de Estados Unidos y a la política del último lustro. También la bibliografía denota esta orientación. Aunque se trata de problemas de todas las sociedades occidentales (mas no exclusivamente), solo cita literatura en inglés, lo cual excluye muchos artículos y libros que anticiparon críticas al neoliberalismo, al individualismo y a la racionalidad instrumental, en el último medio siglo. En América Latina, por ejemplo, hay numerosos análisis sobre las implicaciones del neoliberalismo. Todos son omitidos.
II. No hay una clara distinción del contenido actual de las posiciones de izquierda y derecha. El autor asocia a la derecha con la defensa del orden establecido, con las tradiciones religiosas y su oposición al laicismo, con el monismo moral, las identidades comunitarias, los gobiernos de corte autoritario, con la defensa absoluta de la vida y, por ello, con su oposición al aborto y a la eutanasia. En ningún caso alude a aspectos económicos, ni al rol del Estado en la economía, ni a la responsabilidad estatal con la satisfacción de necesidades mínimas básicas de los ciudadanos, mediante políticas fundadas en el universalismo. Hay mayor claridad sobre la izquierda, a la que asocia con ideas progresistas de redistribución, igualdad, tolerancia, pluralismo y mayor presencia del Estado en su responsabilidad social y en la regulación de la economía. El autor es más receptivo a las propuestas de izquierda que a las de derecha neoconservadora.
III. Hay una notable desatención: el subtítulo del libro alude a las democracias liberales, pero las alusiones a estas se limitan a algo menos de dos páginas (pp. 18-19). Dado que se trata de un ensayo dirigido a un público no especializado, se requiere aludir a la relación que tiene, desde el siglo XIX, el liberalismo y la democracia que, como lo reiterara Norberto Bobbio (1985), devino en un matrimonio indisoluble. Dado que hay debates sobre democracias liberales, democracias radicales y democracias populares, este aspecto tal vez amerita un mayor espacio.
IV. Se señala el papel de los gobiernos de Margaret Thatcher en Inglaterra y de Ronald Reagan en Estados Unidos en el impulso a las políticas neoliberales, pero no hay referencia alguna al Consenso de Washington, la política impuesta por organismos financieros internacionales, orientados a generar ajustes en las estructuras estatales, en la dirección de la economía y un reordenamiento de la inversión pública y de sus fundamentos.
V. Aunque el ensayo enfatiza en la necesidad de replantear la estadofobia —lo que se condensa en la afirmación según la cual "gran parte de la hostilidad liberal al Estado es simplemente irracional" (p. 44)—, habiendo espacio para ahondar en el punto, no lo hace; la sensación es que se queda corto, por ejemplo, en alusión a la crisis de 2008 y el rescate que hicieron los Estados con el dinero de los contribuyentes. El Estado terminó al servicio del capital financiero y sin alternativa posible.
En todo caso, se trata de un ensayo de sistematización, actual, crítico, autocrítico y propositivo que vale la pena leer y discutir.
Referencias
Bobbio, N. (1985). Liberalismo y democracia. Fondo de Cultura Económica.
Bobbio, N. (1986). El futuro de la democracia. Fondo de Cultura Económica.
Fukuyama, F. (1992). The End of History and the Last Man. Free Press.
Fukuyama, F. (2021). Making the Internet Safe for Democracy. Journal of Democracy, 32(2), 37-44. https://www.journalofdemocracy.org/articles/making-the-internet-safe-for-democracy/
Grey, J. (2002). Liberalismo. Alianza Editorial.

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