La instalación de las luchas estudiantiles feministas, articulada con el cuestionamiento al modelo económico y social en Chile -en el contexto de movilización ocurrido desde el año 2018-, generó una amplia adhesión al feminismo tanto en el campo de lo público, como en el privado (Obreque Oviedo y Cárdenas Castro, 2023). En un reciente estudio sobre predictores de identificación feminista en mujeres en Chile, el 74.8 % de las encuestadas se declaró feminista en grados diversos (Obreque Oviedo y Cárdenas Castro, 2023); mientras que, en la encuesta sobre Percepción del feminismo en Chile (Centro de Políticas Públicas Universidad Nacional Andrés Bello [CPP-UNAB], 2021), un 56% se declaró desde medianamente feminista, hasta muy feminista. Este resultado contrasta con estudios llevados a cabo en España y Estados Unidos (Charter, 2015; Charter & Mogro-Wilson, 2017; García et al., 2016; Velasco Martínez, 2016), en los cuales, el porcentaje de autoidentificación era mucho menor, sobre todo en mujeres jóvenes (entre el 35% y 45%).
La alta tasa de identificación feminista en Chile, comparada con la de países de otras regiones, no ha significado una mejora sustancial en la situación de las mujeres en este país. Según la Encuesta Suplementaria de Ingresos (Instituto Nacional de Estadísticas [INE], 2024), la brecha salarial es del 25.5 % en perjuicio de las mujeres, la cual aumenta con el nivel de estudios y se acrecienta en los niveles más altos de esta variable (nivel de posgrado). Esto ocurre a pesar de la existencia de la Ley 20.348 (2009) sobre igualdad salarial. Además, su participación en el mercado laboral es 19.2% inferior a la de los hombres, debido a la sobrecarga de labores de cuidado y trabajo doméstico que recae sobre las mujeres. Esta situación impacta en las pensiones, que son en promedio 34.5% más bajas que las de los hombres (Superintendencia de Pensiones [SP], 2022).
Por otro lado, la violencia contra las mujeres ha aumentado en la última década en el país. En 2022, el 44% de las mujeres reportó haber sufrido violencia, un aumento de 11.4 puntos porcentuales en 10 años. Durante ese año se registraron 51 femicidios, a pesar de la vigencia de la Ley 20.480 (2010), que tipifica como tal ese delito (Castillo Chaud & Aravena Letelier, 2023). En cuanto a derechos sexuales y reproductivos, la Ley 21.030 (2017), solo permite la interrupción voluntaria del embarazo bajo tres causales: que la mujer se encuentre en riesgo vital, de modo que la interrupción del embarazo evite un peligro para su vida; que el embrión o feto padezca una patología congênita adquirida o genética, incompatible con la vida extrauterina independiente y, por último, que la gestación sea resultado de una violación hasta las 12 semanas de gestación. Sin embargo, el 43% del personal médico es objetor de conciencia, es decir, se niega a practicar un aborto bajo estas condiciones (Humanas, 2023). Asimismo, el 79.3 % de las mujeres relata haber sufrido algún tipo de violencia durante su atención de salud gineco-obstétrica (Cárdenas Castro & Salinero Rates, 2022).
En este sentido, la identificación creciente no implica transformaciones inmediatas, pues los cambios estructurales dependen de transformaciones institucionales, políticas y culturales. Asimismo, los avances feministas pueden activar respuestas reactivas orientadas a restituir el orden patriarcal (Segato, 2020), intensificando determinadas violencias o fenómeno también conocido como backlash (Faludi, 2025). Es por esto que, profundizar en la comprensión de la identificación con los feminismos permite observar cómo los discursos y prácticas feministas que circulan socialmente son interpretados por las mujeres en un contexto de transformaciones socioculturales (como el acaecido post-2018), lo que se manifiesta en diversas formas de posicionamiento frente al feminismo. Estas posiciones, a su vez, expresan las distintas maneras en que las mujeres evalúan y se implican en los procesos de cambio social impulsados por los movimientos feministas.
A pesar de la literatura disponible sobre identificación feminista, la producción en este campo es aún limitada en el contexto latinoamericano. Además, gran parte de estos estudios se ha concentrado en el fenómeno de la no identificación con el feminismo, especialmente en países como Estados Unidos, España y Australia, a partir de investigaciones mayoritariamente cuantitativas con muestras de estudiantes universitarias (Obreque, 2023; Siegel & Calogero, 2021). En este marco, el estudio desarrollado en Chile ofrece la posibilidad de examinar cómo las mujeres interpretan y construyen su identificación con el feminismo, así como sus lecturas frente a los procesos de cambio social impulsados por este movimiento.
Este estudio contribuye a reducir la brecha de conocimientos mencionada, abordando las particularidades sociohistóricas de este país, inserto en el contexto latinoamericano, donde las movilizaciones feministas a partir del 2015 ("Ni una menos"1), y específicamente del 2018, han generado un contexto único que no ha sido suficientemente explorado. Desde una perspectiva cualitativa, se busca comprender este fenómeno de manera más amplia, incorporando mujeres con mayor diversidad sociodemográfica que los estudios previos (distintas generaciones y niveles educacionales). En coherencia con ello, se incluye un recorrido histórico del feminismo en Chile con el propósito de situar las formas contemporáneas de identificación dentro de una trayectoria sociopolítica más amplia que da forma a las posiciones y tensiones que emergen en este estudio.
A partir de lo anterior, el objetivo de este artículo es analizar las diferentes formas de identificación con el feminismo y las razones que expresan mujeres no activistas en Chile para identificarse o no con este movimiento, considerando el contexto sociopolítico actual del país.
Si bien el feminismo2 ha sido definido de múltiples formas y con distintos énfasis, en esta investigación lo entenderemos como un movimiento social que busca acabar con el sexismo, la explotación sexista y la opresión (hooks, 2017) y que, además, contribuye a crear un futuro más justo, equitativo y habitable (D'Ignazio & Klein, 2020). Se ha decidido utilizar una definición amplia, ya que el o los feminismos engloban diversos y amplios proyectos que incluso, en algunos casos, resultan incompatibles entre sí, pero que tienen en común desafiar al sexismo y otras fuerzas de opresión (D'Ignazio & Klein, 2020).
En el caso chileno, a pesar de una aparente percepción de novedad, según Cerda y Lo Chávez (2021), los primeros antecedentes del feminismo en Chile se encuentran en el último cuarto del siglo XIX, en torno a dos grupos de mujeres: por un lado, las mujeres liberales anticlericales, quienes al debatir si su destino debía ser el matrimonio o el convento, abrieron el camino para que las universidades aceptaran a mujeres en sus planteles; y por otro lado, las mujeres conservadoras ligadas a la Iglesia Católica, quienes abogaron por el sufragio femenino, por entonces, sin éxito.
En el siglo xx, se sumaron las mujeres ligadas al movimiento obrero, quienes representaron las demandas de las mujeres trabajadoras e integraron sus intereses de clase (Cerda & Lo Chávez, 2021; Cerda et al., 2021). Entre los años 1920 y 1935, las organizaciones de mujeres, aunque se diversificaron, trabajaron en la lucha por el derecho al voto, el cual fue ejercido por primera vez en las elecciones municipales de 1935.
Durante el período entre 1950 y 1973 el movimiento se fragmentó por falta de un objetivo común (Kirkwood, 1986). En este período, las mujeres volcaron su participación política a la esfera de los partidos políticos (Gaviola et al., 1994). Sin embargo, durante aquellas dos décadas, existieron distintas instancias de participación que fueron cruciales para "ampliar los marcos democráticos a partir de la articulación colectiva" (Alfaro et al., 2021, p. 90).
Entre los años 1973 y 1990, las organizaciones feministas se abocaron a la lucha contra la dictadura de Augusto Pinochet y en defensa de los derechos humanos. Tras el retorno a la democracia en 1989, según Alfaro et al. (2021), el movimiento se fragmentó entre mujeres políticas y mujeres feministas, quienes presentaban estrategias diferentes en cuanto a la comprensión y a la prioridad de las luchas feministas: las primeras se integraron a los partidos políticos y al aparato institucional; mientras que las feministas autónomas promovieron el mantenimiento de organizaciones independientes a fin de evitar que el movimiento fuese cooptado por el orden político fundamentalmente patriarcal (Forstenzer, 2019). Así, el feminismo de la década del 90 fue predominantemente institucional (Ríos Tobar et al., 2020).
Durante el siglo XXI, el recambio generacional se manifestó en feminismos provenientes del ámbito estudiantil, tanto secundario como universitario. En estos espacios es donde se comienza a gestar una nueva oleada feminista, la que se expresa inicialmente en la creación de las Secretarías y Vocalías de Género en diversas universidades del país y en la instalación de la demanda por una educación no sexista. Esta oleada se consolidó en el Movimiento Estudiantil Feminista (MEF) en 2018, que fue sostenido por mujeres y personas de las disidencias sexuales autoconvocadas en cerca de treinta universidades por casi seis meses. Estas movilizaciones estuvieron también marcadas por duras críticas a las representaciones estudiantiles tradicionales por jerárquicas, misóginas y encubridoras de abusos y por la falta de protocolos contra el acoso sexual en las universidades (Obreque, 2019). Las movilizaciones estudiantiles contaron con una amplia repercusión mediática (Pérez-Arredondo & Cárdenas-Neira, 2022). Respecto a sus repertorios de acción, estos incluyeron tomas, intervenciones callejeras, asambleas separatistas (Browne et al., 2022; Lamadrid & Bennit, 2019; Obreque, 2019) y performances en las que el cuerpo tomó un rol político, como en las manifestaciones a torso desnudo o el uso de sangre en el cuerpo (Orellana Águila & Chamorro Ríos, 2021).
Durante este período, también se consolidó públicamente el trabajo de agrupaciones y colectivas como Red chilena contra la violencia hacia las mujeres, la Coordinadora 8M y Miles Chile, entre otras, en torno a la lucha contra todas las violencias hacia las mujeres, en consonancia con movimientos feministas regionales (en particular, demandas como el "Ni una menos", contra el femicidio y por el aborto libre) y globales (como #metoo).
La llegada a la presidencia de Gabriel Boric en 2022 y su proclama de llevar a cabo "un gobierno feminista", incluir a ministras provenientes del activismo feminista (por ejemplo, Antonia Orellana en el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género), y declarar en 2023 una Política Internacional Feminista, han mantenido a los feminismos como objeto social relevante en la sociedad chilena; constituyendo un campo marcado por la coexistencia de corrientes y proyectos políticos diversos que se han transformado a lo largo del tiempo.
Los estudios sobre identidad feminista se inscriben en el marco de la Teoría de la Identidad Social (Tajfel,1984). La identidad feminista involucra el conocimiento de la pertenencia a movimientos o colectivas feministas y el significado valorativo y emocional que deriva de esta pertenencia (Obreque Oviedo y Cárdenas Castro 2023; Poll, 2022; Poll & Critchley, 2023; Velasco Martínez, 2016). Esta adscripción al feminismo debería permitir a las personas obtener una identidad social que valoren positivamente.
La literatura ha utilizado de manera ambigua los conceptos de identidad e identificación feminista (Obreque Oviedo y Cárdenas Castro 2023; Velasco Martínez, 2016), por lo que resulta necesario diferenciarlos. La identidad feminista refiere a una construcción más estable y relativamente integrada en el autoconcepto, que articula de forma coherente valores, creencias y prácticas, y que se sostiene en el tiempo como parte de un sentido de pertenencia más arraigado. En cambio, la identificación feminista alude a un proceso más flexible y dinámico de posicionamiento, que expresa distintos grados de aproximación o distanciamiento respecto del feminismo según los contextos, las experiencias y las interacciones sociales. Tal como plantea Velasco Martínez (2016), estas identificaciones funcionan como fracciones cambiantes que, en su combinatoria, pueden (o no) dar lugar a una identidad feminista más consolidada.
Complementario a lo anterior, en esta investigación se entenderá operacionalmente a la identificación feminista como un continuo que va desde la no identificación y el rechazo a los objetivos feministas, hasta el estado de compromiso activo. Este último estado se acompaña de una síntesis entre la identidad feminista y la propia identidad, puesta en acción para provocar cambios sociales, en el cual se logra integrar de manera coherente y estable su identidad feminista con su identidad personal y social más amplia. Esto implica que las creencias, valores y posicionamientos feministas dejan de experimentarse como algo separado o provisional, y pasan a constituir un componente significativo y reconocido del propio sentido de sí misma (Levonian Morgan, 1996; Downing & Roush, 1985).
En el mismo sentido, estudios empíricos han propuesto categorías que apoyan la existencia de este continuo de identificación con el feminismo (Aronson, 2003; Myaskovsky & Wittig, 1997; Williams & Wittig, 1997; Zucker, 2004; Zucker & Bay-Cheng, 2010). Diversas autoras han estudiado las categorías intermedias del continuo de identificación, siendo la más relevante para los contextos estudiados el grupo de las "no etiquetadas" (non-labelers), es decir, mujeres que no se autoidentifican como feministas, pero concuerdan con algunos objetivos feministas (Myaskovsky & Wittig, 1997; Renzetti, 1987; Williams & Wittig, 1997; Zucker, 2004). Este tipo de estudios avanzó en proponer tipos de non-labelers, por ejemplo, cuasi feministas y neoliberales (Fitz et al., 2012), y también categorías basadas en la aceptación o rechazo de la etiqueta: no feministas, liberales-igualitaristas y feministas (Zucker, 2004; Zucker & Bay-Cheng, 2010), aunque sin distinguir la mera identificación del activismo.
El rechazo a la identificación con el feminismo se ha asociado a la existencia de estereotipos negativos sobre las feministas. Entre las menciones sobre las feministas que explicita la literatura se encuentran: "descontenta, egoísta, militante y de opiniones duras" (Percy & Kremer, 1995), "antihombres" (Aronson, 2003) y "extremistas" (Swirsky & Angelone, 2014). Los estereotipos a menudo cumplen con la función de legitimar las jerarquías sociales existentes al reforzar las normas y expectativas sobre los grupos sociales, es decir, apoyan el mantenimiento del statu quo en la sociedad (Fiske, 1998).
Con respecto a la categoría identificación feminista, se puede afirmar que ha sido poco estudiada. Paula Aronson (2003), a partir de un estudio de tipo cualitativo, propuso un tipo de identificación ambivalente para quienes se inscriben en esta categoría. Esta se denomina "soy feminista, pero", a partir de las propias palabras de las entrevistadas, es decir, se identifican como feministas, en particular, basándose en una idea de vivir con igualdad; y al mismo tiempo, se distancian del feminismo debido a estereotipos negativos asociados a las feministas, por ejemplo, que quieren alienar a los hombres o que necesitan constantemente reafirmar sus puntos de vista (Aronson, 2003). Sin embargo, este estudio solo se concentra en las experiencias de mujeres jóvenes (22 y 23 años). Mientras que, Swirsky y Angelone (2016), a través de un estudio cualitativo (encuesta online), plantean que las razones para autoidentificarse tienen relación con un deseo general de igualdad, empoderamiento y libertad para tomar decisiones en sus vidas.
Las particularidades sociopolíticas del contexto chileno tras la movilización estudiantil feminista 2018 y el impacto que tuvo su amplia cobertura mediática, tanto en televisión como en redes sociales, además de la autoidentificación de figuras públicas de diversos ámbitos (deportistas, músicas, políticas de distintas tendencias, etc.) con el feminismo (Obreque, 2022), permitirían plantear que la categoría "no etiquetada" no es la principal para dar cuenta del fenómeno, sino más bien, las categorías identificadas, dentro de las cuales se encontrarían las subcategorías: "ambivalente", "identificadas" y "activistas".
En este estudio, de tipo cualitativo, se realizaron 18 entrevistas semiestructuradas a mujeres cisgénero de entre 18 y 66 años, de siete regiones del centro sur de Chile (Valparaíso, Metropolitana de Santiago, del Maule, O'Higgins, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos). Se utilizó un criterio estratificado por edades (Patton, 2014) para establecer una muestra mínima de participantes, y así, capturar tanto regularidades como diferencias entre distintas generaciones al pertenecer a diferentes ciclos vitales y habitar diferentes contextos sociohistóricos. Los rangos etarios establecidos fueron de 18 a 29 años, de 30 a 39 años, de 40 a 49 años y mayores de 50 años. Inicialmente, se propuso cuatro participantes por grupo, sin embargo, los tres primeros quedaron compuestos por cinco participantes y el grupo de mayores de 50 años por tres. La tabla 1 muestra la información de cada participante.
La selección de participantes se realizó a partir de un criterio de conveniencia, privilegiando la accesibilidad al campo (Flick, 2015), y a través de dos mecanismos: por una parte, se solicitó a las redes personales y profesionales del equipo de investigación referir potenciales entrevistadas; y, por otra, se realizó un llamado público en redes sociales (Facebook, Instagram y Whatsapp) en el cual se consignó un número teléfono para que las personas interesadas tomaran contacto. Los criterios de inclusión fueron: autoidentificarse como mujer, tener 18 años o más, residir más de seis meses en el país y no haber participado en una colectiva feminista. Adicionalmente, para efectos de este estudio, se consideró como "no activista" a toda mujer que no hubiese participado de forma sistemática en organizaciones feministas, ni que hubiese tenido experiencias de involucramiento colectivo con el movimiento, por un período de tiempo superior a tres meses.
Quienes manifestaron su interés en participar (23 mujeres) fueron contactadas y se les explicó los objetivos de la investigación y el procedimiento para llevar a cabo la entrevista, además de las garantías sobre el resguardo del anonimato y confidencialidad de la participación. Cinco de estas no pudieron hacerlo por dificultades para acceder a la plataforma para videoconferencias a través de la cual se llevó a cabo el estudio, todas ellas, mayores de 50 años. Las entrevistas fueron realizadas de forma online a través de la plataforma Zoom, entre mayo y diciembre del año 2022 y tuvieron una duración de entre 30 y 75 minutos. Por otra parte, en cuanto al instrumento de investigación, Protocolo de Entrevista, fue validado por juicio de expertas: cuatro doctoras en el área de los estudios feministas o de género evaluaron la pertinencia, claridad y coherencia interna de las preguntas, así como su alineación con los objetivos de investigación. Este instrumento se compuso de cuatro dimensiones: (1) Percepción sobre opresiones de género; (2) Interacción con el feminismo; (3) Actitudes hacia el feminismo; y (4) Identificación con el feminismo. Cada participante firmó un consentimiento informado antes de su participación, aprobado previamente por el Comité de Ética Científica de la Universidad [Anonimizado]. Las entrevistas fueron grabadas, transcritas y anonimizadas.
El análisis de las entrevistas fue realizado a través del método de Análisis Temático reflexivo (ATR), según Braun y Clarke (2022). El ATR es definido por sus autoras como un método para desarrollar, analizar e interpretar patrones a partir de un conjunto de datos cualitativos, que implica procesos sistemáticos de codificación para desarrollar temas. Dentro de la pluralidad de enfoques del Análisis Temático se incorporó la reflexividad al análisis, entendida como una disciplina práctica de interrogación crítica sobre nuestro rol de carácter situado y nuestras prácticas como investigadoras(es) (Braun & Clarke, 2022).
Se siguieron los seis pasos propuestos por las autoras Braun y Clarke (2022): (1) familiarización con los datos; (2) generación de códigos; (3) generación de temas; (4) revisión de temas; (5) definición y denominación de temas; y (6) redacción del apartado de reporte de resultados. En coherencia con este enfoque, el equipo trabajó en dos fases: una deductiva, en la que la literatura del continuo de identificación feminista operó como marco interpretativo, y una fase inductiva centrada en construir interpretaciones situadas a partir de las narrativas sobre las razones para identificarse y para no hacerlo. La gestión de sesgos en la interpretación se trabajó mediante el registro de supuestos iniciales, la elaboración de memorándums (notas analíticas) y discusiones abiertas durante la codificación entre investigadores(as), entendidas como un contraste crítico para lograr interpretaciones más ricas en términos de construcción de significados, en consonancia con buenas prácticas sugeridas para el ATr (Braun & Clarke, 2022; Byrne, 2021).
Los resultados fueron organizados así: primero, se analizaron las diferentes formas de identificación con los feminismos, a través de una categorización de las entrevistadas dentro del continuo de identificación con el feminismo; y, a partir de allí, se identificaron las razones que tienen las entrevistadas para identificarse, como para no hacerlo, organizadas por temas.
A través del análisis es posible distinguir cuatro tipos o categorías a lo largo del continuo de identificación con el feminismo: no identificación, pero acuerdo con los objetivos feministas (No soy feminista, pero...), identificación ambivalente (Sí, soy feminista, pero); identificación con el feminismo (Sí, soy feminista) y, por último, indecisa (No sé si soy feminista).
En esta categoría se situó a tres de las 18 participantes (Entrevistadas 6, 9 y 18, ver el listado de la tabla 1). Las tres entrevistadas no se autoidentifican como feministas, pero adhieren o simpatizan con ciertos objetivos feministas. Con respecto a las razones predominantes para la no identificación, las entrevistadas dijeron que no saber suficiente constituye una barrera para ello. Es interesante observar de qué manera el feminismo se presenta como un saber que alguien posee en mayor o menor medida:
Yo me he preguntado muchas veces ¿soy feminista?, entonces yo adhiero al feminismo, pero no me considero feminista porque creo que no sé lo suficiente, en mi ánimo academicista. No sé lo suficiente para decir "soy feminista", porque yo considero que uno tiene que entender todo y saber bien de qué se trata la cuestión para decir sí, yo soy (Entrevistada 9).
Una segunda barrera a la identificación se encontró en la adscripción al grupo "seres humanos", por sobre el grupo "mujeres". En general, las entrevistadas rechazaron la lucha colectiva de las mujeres y se posicionaron en un planteamiento de igualdad de derechos, inherente a los seres humanos; aunque esos derechos fueron expresados de forma vaga. Además, se observó que, si bien las entrevistadas percibieron como "lamentable" la diferencia entre hombres y mujeres, al mismo tiempo, manifestaron que es histórica y permanente, por lo tanto, difícil de cambiar. Lo inmutable de la situación de desventaja para las mujeres es posible asociarlo con creencias ligadas a dogmas religiosos y al discurso de la ciencia:
No, no me creo feminista. Yo creo que todos tenemos derechos como seres humanos más que ser mujer u hombre, lamentablemente el mundo está dividido por quien es mujer y quien es hombre [...] debería ser para todos igual, somos todos los seres humanos, tenemos las mismas habilidades, aptitudes [...] yo creo que no debería ser una lucha de sexos sino de derechos solamente. [La distinción viene] de la vida [risas] de siempre, de siempre, ¡desde la biblia! Está escrito en todos lados, desde siempre por, siempre, siempre, siempre, históricamente han hecho diferencias entre la mujer y hombre, difícil cambiar así ese paradigma de un rato para otro, está en los genes (Entrevistada 6).
Una tercera barrera identificada refiere a los estereotipos negativos sobre las feministas. Estas son percibidas con rabia y enojadas con las instituciones, y también en contra de los hombres (Entrevistada 6). Por otro lado, se ataca su aspecto físico por "feas" y "ultronas" (Entrevistada 18). Además, se destaca el rechazo que genera, a este grupo de entrevistadas, ciertas prácticas en las marchas durante el MEF del 2018 o las conmemoraciones del 8 de marzo en Chile, en particular, "mostrar las tetas en la calle" (Entrevistada 6).
Que no podamos tener los mismos accesos a las mismas cosas por el hecho de ser mujer, cada vez menos, pero sí es injusto. Entonces claramente hay cosas que faltan, falta mucho, entonces, para mí tampoco es irme en contra de los hombres, porque hay gente que tiene mucha rabia y que se va en contra de los políticos, de los pacos,3 de las autoridades y yo creo que no va por ahí, [va] de hacerse escuchar para que cada vez tengamos más derechos y eso también va en que hay un beneficio. Cada vez hay más políticas, más mujeres en la política, feministas, pero yo creo que va por ese lado, no por el lado de hacer marcha y de las huelgas de hambre, y tomas, yo siento que mostrar las tetas en la calle no nos beneficia, no vamos a sacar nada de eso (Entrevistada 6).
Si bien las entrevistadas reconocieron una situación de desventaja para las mujeres, rechazaron la movilización social como mecanismo para revertirla y confían mayormente en mecanismos institucionales, ligados a la representación política tradicional.
De manera global, esta categoría se sostiene en la percepción de no saber lo suficiente, la apelación a una igualdad abstracta basada en seres humanos y la presencia de estereotipos negativos hacia las feministas. Estos elementos muestran cómo la distancia no responde solo a experiencias individuales, sino también a discursos culturales que presentan la desigualdad como algo difícil de transformar y al feminismo como innecesario o exagerado.
En el segundo grupo se encuentran cinco de las 18 participantes (Entrevistadas 1, 3, 11, 16 y 17, ver el listado de la tabla 1). Este grupo construye la identificación a partir de una apreciación positiva hacia el feminismo y, al mismo tiempo, un reparo. Es frecuente el uso del conector adversativo "pero", que expresa una oposición a la valoración principal. La valoración positiva se realiza hacia un feminismo que reivindica ciertos derechos, pero enunciados de forma abstracta, con base en la solidaridad de género.
La identificación con el feminismo se basa en dos razones principales: la relación con la solidaridad de género, es decir, la adscripción al colectivo mujeres "yo mi género lo defiendo, me gusta ser mujer, pero siempre dentro de los parámetros normales como uno fue criada. Repito, yo no andaría marchando con mis senos al aire, jamás [risas]" (Entrevistada 1).
La segunda razón se relaciona con el deseo de igualdad de derechos, aunque estos fueron enunciados de forma abstracta, es decir, sin apelar a derechos particulares:
Sí me identifico, pero depende del concepto, si el concepto refiere a una persona, mujer, que espera que sus derechos sean iguales en relación a su condición de género, sí; pero si se refiere a una persona que participe activamente del grupo y luche por demandas de manera pacífica o de otro tipo, no (Entrevistada 3).
Este deseo de igualdad se complementa con el reconocimiento de la importancia del movimiento feminista para salir del lugar de relegamiento en el que se han encontrado históricamente las mujeres:
Sí, si [me identifico como feminista]. Considero que ese movimiento despertó a muchas mujeres que comenzaron a empoderarse porque estuvimos mucho tiempo prácticamente relegadas. Pero en el buen sentido de la palabra, en el buen sentido, en revalidar nuestros derechos, pero siempre manteniendo nuestra esencia de mujer (Entrevistada 1).
Por otro lado, el límite a la identificación; es decir, la oposición a la valoración principal se funda en la asociación entre activismo y feminismo, la representación del feminismo como un posiciona-miento extremo y en exhibir estereotipos negativos sobre las feministas. Respecto al primer punto, el activismo es entendido por las entrevistadas como la participación de manera comprometida en un grupo, a través de la generación de acciones. Ninguna de las entrevistadas de esta categoría ha participado o se ha comprometido de este modo, por lo tanto, lo presentan como una barrera a la identificación. De manera más específica, esta asociación se extiende al terreno de ciertas estéticas asociadas al feminismo (ropa, corte de pelo, chasquilla4) que, cuando no son compartidas por las entrevistadas, generan rechazo a la identificación:
Que la mujer tenga las mismas oportunidades laborales, por el derecho a la maternidad, esas cosas, sí [me identifico]; pero en el área más cultural, es que no sé qué es lo que es. Es el tema de la apariencia, no sé qué, en qué se define, pero ahí no. No me siento cómoda [...] que lo físico, tú miras a los colectivos, las redes, es como muy similar y no sé en qué va, no sé si es por volver a un origen más natural, pero también se juzga mucho que una mujer se arregle y eso no lo entiendo mucho (Entrevistada 16).
Una segunda barrera a la identificación hace referencia a la representación del feminismo como un pensamiento o posicionamiento extremo, una ideología (Entrevistada 11), que resulta excesivo o exagerado:
Sí, a veces uno se las topa, por ejemplo, ahora tenemos que ser todas feministas, ¿no? Entonces cualquier situación que a veces, ni siquiera, que accidentalmente incluso puede estar relacionada con medianamente injusto, sale como también ese feminismo exacerbado, en que la mujer se torna violenta sin antes entender muy bien lo que está pasando. Por ejemplo, porque puedes anular tanto como eras anulada anteriormente, de hecho, con otras mujeres (Entrevistada 11).
Este extremo se acompaña de conductas violentas e irracionales, como se observa en la respuesta de la Entrevistada 11, e incluso se llega a caracterizar como supremacista, es decir, dominar a otros grupos sociales, especialmente, a los hombres:
Siendo mujer es difícil no hacerlo [identificarse con el feminismo] pero ¿a qué aspira el feminismo? A la supremacía. [.. .]Desde ese punto de vista yo creo que todas las mujeres somos iguales y tratarse de una manera justa, de una manera digna que te respeten solo por ser persona (Entrevistada 17).
Por último, la identificación también se ve limitada por tener estereotipos negativos sobre las feministas; por ser representadas nuevamente como violentas, intolerantes, duras y, también, resentidas; incluso, por estas características, resultan más cercanas a los estereotipos masculinos que a los femeninos: "las feministas o por lo menos las que buscan revanchas, son personas muy duras, creo que son personas muy resentidas y muy pegadas con el rol de víctima" (Entrevistada 17); "las feminazis se parecen más a los hombres que a las mujeres" (Entrevistada 1).
En este grupo la identificación se afirma, pero de manera condicionada. La valoración del feminismo convive con reparos asociados al activismo, a ciertas estéticas y a la idea del feminismo como extremo. El "pero", enunciado por todas las entrevistadas de esta categoría, funciona como límite discursivo que permite tomar distancia de aquello percibido como excesivo, manteniendo a la vez cierta adhesión al ideal de igualdad, proveniente del feminismo.
La tercera categoría agrupa a la mayor cantidad de participantes, siete de 18 (Entrevistadas 2, 4, 5, 7, 8, 12, 15, ver el listado de la tabla 1). Esta categoría se configura a partir de la autoidentificación con el feminismo y una actitud positiva hacia este.
Con respecto a las razones para la identificación, la primera surge a partir de su participación en experiencias colectivas con otras mujeres. Las entrevistadas con menor nivel de escolarización (Entrevistadas 2 y 8) lo hacen a partir de sus experiencias en talleres y programas sociales a cargo de las Municipalidades de sus respectivas comunas, dirigidos a mujeres (por ejemplo, Casa de la Mujer) y destacan el valor de estos talleres para alentar a las mujeres a tomar conciencia sobre los límites que impone el machismo en sus vidas.
Si tú me hubieras preguntado esto hace unos años más atrás, yo te hubiera dicho que no [soy feminista], porque yo fui criada de una manera diferente, pero ahora yo te digo que, como estoy en el tema del Centro de la Mujer, estoy viendo todo un poquito más claro [.] Yo creo que sí, sí me identifico como feminista (Entrevistada 8).
Mientras que las entrevistadas entre 18 y 25 años, con educación universitaria, relataron experiencias en el marco de las movilizaciones sociales de carácter feminista, las cuales han sido decisivas para identificarse como feministas, en específico, el MEF 2018, en las universidades y la performance de LASTESIS,5 durante el Estallido Social de octubre de 2019.
Creo que la vez que tuve lazos de tú a tú fue con la toma feminista del 2019, cuando se dio en la Universidad de Talca y en realidad se dio a lo largo de Chile. Creo que me sentí cómoda hablando más de feminismos. Creo que antes del metoo, el 2017 o 2018, al menos ahí, en esos años que tuvo repercusiones en Chile, siento que igual me sentía más intimidada de hablar sobre el tema o sobre mis experiencias como mujer. Entonces cuando fue el 2018, después con la toma, sentí que se crearon lazos con compañeras de la U, con otras compañeras de otras carreras, con amigas de infancia, como que realmente se pudo hablar del tema. Creo que antes de la toma feminista mis círculos eran yo con otras mujeres, pero a través de una pantalla, de contar historias, pero sin conocerlas realmente (Entrevistada 7).
Una segunda razón por la cual las entrevistadas se identificaron como feministas tiene relación con la representación del feminismo como una posibilidad, en dos sentidos diferentes:
Sí, sí, sí porque si no me identificaría como una persona feminista, es que no sé cómo sería una mujer que no se identifique como feminista, sería, ¿cómo sería el mundo? [Entrevistadora: ¿y cómo sería?] el mundo sería, si no existiera esta lucha del feminismo, porque la palabra es lucha del feminismo, una cosa así, pucha, las mujeres, en primer lugar, no seríamos tema [risas], es como si no existiéramos (Entrevistada 2).
La autoidentificación de las entrevistadas con el feminismo se relaciona, en este caso, con la inscripción en una lucha colectiva que les permite relevar la desigualdad que perciben para sí mismas:
El feminismo de verdad que te abre puertas, así como que te da otro pensamiento y también te quita todo lo que te dijeron alguna vez en la vida, entonces de verdad es como un cambio completo en tu mente [...] Sí, yo digo que sí, siento que sí me puedo llamar feminista [...] siento bastante felicidad de encontrarme en una lucha porque al final cuando tú dices ser feminista es porque te encuentras parte de esa lucha (Entrevistada 12).
ii) La posibilidad de resignificar experiencias y relaciones: En un caso, permite la relectura de su relación de pareja, en otro, una experiencia de abuso sexual, en otra entrevistada, de un trastorno alimentario; en otras entrevistadas permite revalorizar el vínculo con las mujeres y consigo mismas:
Sí [me identifico con el feminismo] yo gracias al feminismo he podido aprender y he mejorado mi vida básicamente, he mejorado sobre todo mi relación con las personas, mi relación conmigo misma. [A través del feminismo] llegamos a la misma raíz de liberación, de empoderamiento y como también es un tema super político de cambios sociales, siento que me identifica y no tengo problema con decir que sí me considero feminista (Entrevistada 5).
Aquí, la identificación se fundamenta, en su mayoría, en experiencias colectivas con otras mujeres que posibilitan procesos de toma de conciencia sobre las desigualdades de género, pertenencia y relectura de experiencias opresivas. A diferencia de categorías previas, el feminismo aparece como práctica concreta, más que como un discurso abstracto, lo que da mayor solidez y claridad a esta autoidentificación, aun cuando estas prácticas hayan sido esporádicas.
En la cuarta categoría, se ubican tres de las 18 participantes (Entrevistadas 10,13 y 14, ver el listado de la tabla 1). En este grupo conviven distintas actitudes hacia el feminismo, sin embargo, las entrevistadas no estaban seguras si se identificaban o no con el feminismo. Las razones predominantes fueron, por una parte, la sensación de ilegitimidad con respecto a la percepción de otras feministas sobre ellas. Por ejemplo, la entrevistada 13, si bien presentaba una actitud positiva hacia el feminismo y estaba de acuerdo con postulados y luchas, no sabía si otras mujeres feministas reconocerían su adscripción, en particular al realizar la asociación con el feminismo radical:
Yo pienso que el movimiento feminista es sú-per importante. No sé si considerarme feminista porque no sé si las mujeres que son muy feministas me considerarían feminista, porque yo estoy en contra del movimiento TERF, porque yo defiendo harto la diversidad sexual (Entrevistada13).
En el segundo caso, la actitud hacia el feminismo es negativa, sin embargo, también otorga valor al reconocimiento de otras feministas a su identificación. Paralelo a esto, se evidencia la distinción entre empoderamiento v/s feminismo; el primero ligado a la superación individual que desconoce la situación estructural de opresión en el cual viven las mujeres. Esto podría ser derivado de ciertos privilegios asociados al alto nivel de escolaridad que posee la entrevistada:
Yo creo que no, no sé, es que tampoco he estado al lado de una feminista que me diga: esto es ser feminista, ¿lo eres? Pero, o sea, creo que soy super empoderada con el tema femenino. Quizás sí. Cuando me han dicho que soy feminista me lo han dicho de manera despectiva, como, ¿no es que tú eres feminista? o ¿disculpa, tú eres feminista? No un concepto bueno. Pero sí tengo fama de ser bien así, de tener un discurso bien apoyador a la mujer, de empoderamiento. No sé si soy feminista o no, pero un rol de mucho apoyo a la mujer, mucho empoderamiento y que la mujer puede hacer todo sola, que no necesita un hombre y que somos capaces de todo, no hay límites. Ningún límite, ni académicos, ni sociales (Entrevistada 10).
Finalmente, también se encontró como límite a la identificación el hecho de tener estereotipos negativos sobre las feministas, quienes fueron catalogadas como "violentas" y "enojadas" (Entrevistada 10). También se observó la creencia que las feministas están en contra de los hombres:
Es complejo y pienso que a la larga también, en muchas ocasiones ocurre como el proceso inverso y ellos transitan por una cultura de la cancelación también, como si ser hombre, fuera prácticamente un pecado lo que no, no me parece (Entrevistada 14).
En esta categoría, la indecisión se construye sobre la base de una sensación de ilegitimidad ante otras feministas y por estereotipos que representan al feminismo como violento o cancelatorio. Comentarios como el de la entrevistada 14 muestran cómo estos discursos refuerzan la duda más sobre la legitimidad de identificarse que sobre el propio acuerdo con ciertos principios feministas.
Respecto al análisis de las diferentes formas de identificación de las mujeres con el feminismo, nuestros hallazgos concordaron con estudios previos (Aronson, 2003; Fitz et al., 2012; Morgan, 1996; Myaskovsky & Wittig, 1997; Velasco Martínez, 2016; Williams & Wittig, 1997; Zucker, 2004; Zucker & Bay-Cheng, 2010), lo que permite reafirmar la existencia de un continuo que va desde el rechazo a la categoría feminista, hasta la afirmación de la identificación y el acuerdo programático.
Asimismo, es importante resaltar que las categorías de los extremos del continuo no están representadas, es decir, las que rechazaron tanto la identificación con el feminismo como a sus objetivos, ni las que presentaron un compromiso activo. En el primer caso, ninguna de las entrevistadas se posicionó desde este lugar, lo que podría explicarse debido al protagonismo que el movimiento feminista ha alcanzado en Chile y por la creciente instalación social de la idea de igualdad de derechos entre hombres y mujeres. De esta manera, menos personas podrían estar en contra (al menos, públicamente) de algo que hoy resulta un piso mínimo. De hecho, la mayor parte de las entrevistadas se identificó como feminista en grados diversos. Por su parte, en el caso del compromiso activo, se esperaba que no fuese relevado, debido a que se incluyó solo a personas no activistas, es decir, que no hubiesen tenido participación activa y consistente en colectivas feministas.
En relación con las razones por las cuales las entrevistadas no se identificaron como feministas, los resultados también concordaron con la literatura científica sobre la centralidad de los estereotipos negativos sobre las feministas como principal motivo (Aronson, 2003; Poll, 2022; Swirsky & Angelone, 2014; Velasco Martínez, 2016; Yeung et al., 2014). En este estudio, dicho motivo fue compartido por las dos categorías que no aceptaron la identificación (no identificadas e indecisas) y por las mujeres que se identificaron parcialmente (ambivalentes). En los relatos de las entrevistadas se observó estereotipos que apuntan tanto a rasgos de personalidad (rabiosas, duras, resentidas, etc.), como a la rigidez en su acción o su estilo de negociación (violentas, intolerantes, etc.) o al desacuerdo con sus intenciones supuestas (antihombres, con deseo de venganza y ocupar el lugar de estos en la sociedad).
De manera específica, las "no identificadas" mencionaron la falta de comprensión sobre qué es el feminismo, que es coincidente con el planteamiento de las autoras Swirsky y Angelone (2014) y Velasco Martínez (2016), quienes evidencian que este desconocimiento constituye uno de los motivos centrales para que muchas mujeres rechacen la etiqueta feminista, aun cuando compartan sus objetivos. Además, estas participantes se situaron desde la identidad social "seres humanos" antes que mujeres, adjudicando a esa categoría derechos inherentes que deberían ser garantizados por las instituciones. Desde esta lógica, valoraron negativamente al movimiento feminista por considerarlo innecesario o excesivo.
En cuanto a las "ambivalentes", el límite de su identificación radica en la percepción del feminismo como un extremo, asociado a las acciones de las activistas (al igual que las "indecisas"). Ello es coherente con Swirsky y Angelone (2014), quienes subrayan que la asociación del feminismo con posiciones radicales constituye un factor central en el distanciamiento de las mujeres respecto de la etiqueta. Así, este tipo de identificación se orienta hacia una versión más moderada e individual, distanciada de los repertorios de acción colectiva.
Por otro lado, entre las razones para sí identificarse como feministas, las "ambivalentes", recurrieron a una concepción esencialista de ser mujer, apoyada en estereotipos sobre las mujeres (solidarias, delicadas, femeninas), en oposición a estereotipos sobre las feministas (masculinas, enojadas, peleadoras, feas). Junto con ello, apelaron a la idea de igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en la cual identificaron al objetivo central del feminismo. Este énfasis en la igualdad se observó también en las otras categorías del continuo, en línea con Swirsky y Angelone (2016) y McLaughlin y Aikman (2020), quienes plantean que la igualdad es definida de manera amplia y poco específica.
Por su parte, en el caso de las "identificadas" resulta relevante observar la influencia de los ambientes profeministas (Velasco Martínez, 2016; Poll, 2022) como punto de inflexión, aun cuando los procesos de toma de conciencia puedan iniciarse previamente y consolidarse tras la participación en dichos espacios. Sin embargo, aunque reconocieron el componente colectivo del movimiento, solo en dos casos lo expresaron como un compromiso político claro. En conjunto, se corroboró que la categoría "identificadas" es la preponderante en Chile -en contraste con los estudios realizados en Estados Unidos y España- y que se compone de dos subcategorías: "ambivalentes" e "identificadas".
En un plano más amplio, para comprender las distintas formas de identificarse con el feminismo, es relevante considerar cómo la creencia de que ser feminista exige la adquisición de conocimientos teóricos especializados -asociados a activistas expertas o académicas- puede dificultar la identificación de mujeres que no circulan en entornos profeministas. Esta percepción puede vincularse con la "epistemología de la ignorancia" (Alcoff, 2007), según la cual la supuesta falta de conocimiento no sería tal, sino que correspondería a una construcción social activa, mantenida y promovida por diversas instituciones y discursos para sostener las estructuras de poder. A ello se suma el proceso de tecnocratización y profesionalización del feminismo desde los años 90, tanto en escenarios globales como locales (Forstenzer, 2022; Ríos Tobar et al., 2020), probablemente reactualizado por la creciente asociación mediática entre el movimiento feminista y las universidades tras el MEF 2018 y, más tarde, con el Estado bajo el denominado gobierno feminista de Gabriel Boric.
De igual forma, la asociación del feminismo con un conocimiento teórico, lo disocia de las experiencias y las prácticas feministas. La implicación en la lucha feminista queda, de este modo, limitada a ciertas acciones convencionales (por ejemplo, participar en marchas) y con ello especifica un tipo concreto y limitado de subjetividades políticas que pueden emerger de dichas acciones. En contraste, ser feminista implica -en algún nivel- la adhesión a un programa político de transformación de las relaciones sociales, que muchas mujeres no quieren o no se encuentran en posición de abrazar para sí. Implica la emergencia de una consciencia ético-crítica que apunta a develar las causas de la desventaja en que las mujeres se encuentran, en tanto pertenecientes a esta categoría social. Esta consciencia podría ser principalmente adquirida mediante la progresiva implicación en acciones colectivas que van moldeando la subjetividad de quienes participan de ellas, ya que las experiencias compartidas, los aprendizajes generados y los vínculos afectivos que allí se generan son mecanismos relevantes en el desarrollo de las identidades, en este caso, feminista, con la consecuente consciencia de las desigualdades de género.
Asimismo, resulta importante resaltar la operación de configurar al feminismo como una posición extrema, al mismo tiempo que igualarlo a un concepto tan diferente como el machismo. Esto se basa en la creencia en que el primero implicaría el abandono de una pretendida esencia femenina y, también, la adopción de cierto tipo de acciones (por ejemplo, tomas y ocupaciones de espacios) y estéticas del feminismo más radical, fuera de la norma (por ejemplo, exhibir públicamente los pechos). En consecuencia, situar al machismo y feminismo como polos opuestos del mismo problema, responde a una operación ideológica que implica rebajar la lucha feminista, al hacer equivalentes sus objetivos con las prácticas de aquellos con los que luchan. Al neutralizar el carácter crítico del feminismo, esto es, su capacidad para develar y mostrar el origen de las desigualdades que ponen en situación permanente de desventaja a las mujeres en nuestra sociedad, constituye un dique para su comprensión y, por lo tanto, para la identificación.
Del mismo modo, limita la posibilidad de ver el machismo como una ideología violenta, que pone a disposición de la población un conjunto de representaciones que ocultan las diferencias socialmente construidas entre géneros y que condenan a las mujeres y las disidencias sexuales a una posición de subalternidad, lo que explicaría la baja percepción de discriminación en las entrevistadas, entendiendo esta como un asunto individual, como si las características individuales propiciaran esta conducta y no como un problema estructural, que sitúa a las mujeres en una situación propicia para vivir estas experiencias. En este marco, las entrevistadas reconocieron el machismo como algo negativo, pero no siempre lograron identificar cómo opera estructuralmente. Esta dificultad se refleja en una baja percepción de discriminación, entendida de forma individual y descontextualizada, lo que limita la posibilidad de reconocer las desigualdades de género como parte de un entramado social más amplio.
A partir de lo anterior, es posible plantear que, el contexto chileno ha posibilitado la emergencia de un feminismo individual o "a mi manera" (Obreque Oviedo, 2022; Obreque Oviedo & Falorni Caponi, 2026) o un "feminismo neoliberal" (Rottenberg, 2020), en particular porque, a pesar de la identificación con el feminismo, las personas no reconocen las fuerzas sociales, culturales y económicas que han generado una situación histórica de opresión y explotación hacia las mujeres. Esta situación se posibilita a partir de la consideración de que la lucha feminista se da en un campo habitado por diferentes actores y actrices que tienen objetivos e intereses diferentes. Se trata de un campo de relaciones en el que quienes poseen más poder social intentarán frenar los potenciales de influencia del movimiento feminista, entre otras cosas, mediante mecanismos de regulación ideológicos o mediante representaciones ideologizadas (Moscovici et al., 1991). Dichas representaciones están destinadas a propiciar una captación de las feministas desde unas pocas categorías y centrándose en la rigidez de su estilo, en su estética rupturista u otros estereotipos que cuestionen su moralidad y su calidez. La captación de cualquier mensaje desde unas pocas dimensiones le resta potencia a la interpelación que cualquier movimiento representa. De esta forma, constituye un desafío para el movimiento feminista saber de qué manera debe disputar las construcciones de sentido que están en la base de estas representaciones, para instalar de forma más global el mensaje de transformación social que promueven.
Finalmente, esta investigación presenta algunas limitaciones. El uso inicial de redes personales y profesionales para contactar posibles participantes podría haber introducido sesgos de homogeneidad social o de autoselección, al privilegiar en un primer momento, a mujeres con características socioculturales más próximas a las investigadoras o más dispuestas a participar. Estos riesgos se mitigaron mediante una diversificación posterior del reclutamiento: las primeras participantes derivaron nuevos contactos a través del muestreo en cadena, y la mayoría de las entrevistadas ingresó al estudio a través de la convocatoria abierta en redes sociales, sin vínculos previos con el equipo. Durante el análisis se mantuvo una vigilancia reflexiva para identificar y manejar estos posibles sesgos.
Si bien, en el diseño de este estudio se tomaron en cuenta una variabilidad de características socio-demográficas (edad, nivel educacional, región de residencia, entre otras), se incluyó solo a mujeres cisgénero. Futuros estudios deberían considerar ampliar a otras identidades de género o enfatizar en orientaciones sexuales y también incluir a personas pertenecientes a pueblos originarios, a fin de habilitar otras complejidades posibles en la identificación con los feminismos. Por otro lado, si bien se consideró un muestreo estratificado por edades, hubo dificultades para acceder a participantes mayores de 50 años, debido a la barrera tecnológica impuesta por el uso de la plataforma Zoom.
Por último, futuros estudios podrán centrarse en abordar cuáles son las claves en el paso del estado de síntesis entre las propias creencias y la identidad feminista, hacia el de compromiso activo centrado en la acción (Downing & Roush, 1985), es decir, de qué manera las mujeres se implican en acciones colectivas persistentes en el tiempo con el objetivo de la transformación y justicia social; y por otro lado, profundizar en la representación social del feminismo que subyace a los diferentes tipos de identificación con este.
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[2]"Ni una menos" fue una movilización feminista iniciada en Argentina en 2015 contra la violencia machista y los femicidios, que se expandió rápidamente por América Latina, incluido Chile, constituyendo un hito transnacional en la visibilización de la violencia de género (Laudano, 2019).
[3]En este artículo se emplean los términos "feminismo" y "feminismos". El uso en singular corresponde a un nivel emic, ya que refleja la forma en que la categoría circula como objeto social en el discurso público (prensa, debate público y entrevistadas). El uso en plural responde a un nivel emic, que reconoce analíticamente la pluralidad histórica, teórica y política de los feminismos, perspectiva que orienta y guía conceptualmente el presente estudio.
[5]Según la RAE (2025) corresponde a la porción de cabello recortado que a manera de fleco se deja caer sobre la frente (cerquillo, chasquilla, pava, mechón, pollina).
[6]La colectiva LASTESIS, originaria de Valparaíso, irrumpió en el espacio público chileno en noviembre de 2019 con la performance "Un violador en tu camino", en el contexto del Estallido Social. La intervención, que denunciaba la violencia patriarcal ejercida por el Estado, la policía y el sistema judicial, fue replicada y viralizada de forma masiva tanto en Chile como a nivel internacional, convirtiéndose en un acto performativo y político feminista de alcance global.
[7] Obreque-Oviedo, P., & Cárdenas-Castro, M. (2025). Entre la adhesión y la ambivalencia: la identificación feminista en mujeres no activistas en Chile post-2018. Avances en Psicología Latinoamericana, 43(3), 1-20. https://doi.org/10.12804/revistas.urosario.edu.co/apl/a.14908