Identidad e integración. Los jóvenes en el mundo adulto en la era de la cultura digital

Bernete, F.  (2010). Identidad e integración de los jóvenes en el mundo adulto en la era de la cultura digital. Anuario Electrónico de Estudios en Comunicación Social "Disertaciones", 3 (1), Artículo 4. Disponible en la siguiente dirección electrónica: http://erevistas.saber.ula.ve/index.php/Disertaciones/

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Identidad e integración de los jóvenes en el mundo adulto en la era de la cultura digital
IDENTITY AND INTEGRATIONOF YOUNG PEOPLE IN THE ADULT WORLD IN TIMES OF DIGITAL CULTURE

* Bernete, Francisco, Profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid-

 

Indice

 

  • RESUMEN

En el marco de las reflexiones sobre el lugar que ocupan los fenómenos identitarios en la vida contemporánea, este artículo pretende ofrecer algunas claves para comprender que la “identidad juvenil”, tradicionalmente buscada como una forma de distanciarse de los mayores para ganar autonomía, ahora está más asociada que nunca a la habilidad para manejar los intercambios de información; o, si se prefiere, a la revolución de las comunicaciones. En la era de la globalización y la “cultura digital”, no sabemos de qué modo la mayor familiaridad de los jóvenes con las TIC y sus lenguajes repercutirá en los procesos de su integración con el mundo adulto.

Palabras clave: identidad, jóvenes, cultura digital, distanciamiento cultural, relaciones sociales, TIC.

Recibido: 30 de marzo de 2010
Aceptado: 15 de abril de 2010

  • ABSTRACT

Based on the discussion about the place of identity on contemporary life, this article seeks to provide some clues to understand that "youth identity”, traditionally sought as a way to distance itself from the old to gain autonomy, is now more associated than ever to the ability to handle exchanges of information or, if preferred, to the communications revolution. In the era of globalization and the "digital culture", we do not know yet how the familiarity of young people with ICT and its languages will impact on integration processes with the adult world.

Key words: identity, youth, digital culture, cultural estrangement, social relations, ICT.

Submission date: March 30th 2010
Acceptance date: April 15th 2010

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1. Introducción

Aunque hayan corrido en las últimas décadas ríos de tinta sobre las identidades (personales, colectivas, sociales, culturales, etc., etc.), sus causas y consecuencias, razones y perversiones, construcciones y deconstrucciones, nos proponemos contribuir al debate público sobre el lugar que ocupan los fenómenos identitarios en la vida contemporánea y la existencia de una identidad juvenil.

¿Hay una identidad juvenil? A propósito de "los jóvenes", como de cualquier grupo humano, cabe preguntarse si, además de la edad, tienen rasgos que ellos mismos asuman como propios y que pongan en juego en sus interacciones con otros. Es decir, si se presentan ante los demás con señas de identidad, que pretenden ser reconocibles y esperan que sean reconocidas por esos otros agentes con los que mantienen alguna relación. Señas de identidad que atraviesen las nacionalidades, religiones, clases sociales, etc., aunque se experimente, como no podría ser de otro modo, desde esas condiciones vitales.

Los modos de aparecer ante los demás, las formas de hablar, de vestir, de trabajar o de luchar por algo, por citar sólo algunas manifestaciones sociales, pueden ser indicativas (para ellos o/y para otros) del lugar simbólico en el que se encuentran insertos (desde algún punto de vista), con independencia de que su estatus o las condiciones materiales en las que viven sean igualmente significativos de su integración o su marginación social.
La manifestación de señas de identidad por parte de los jóvenes se aborda en este número de la revista tras décadas de emergencia (en algunos casos resurrección) de lo que llamaremos aquí "movimientos identitarios", entendiendo por tales las organizaciones y las acciones que llevan a cabo los grupos sociales para hacerse notar como colectivo que reclama un reconocimiento social.

¿Por qué nos esforzamos, hoy más que nunca, en conocer estos fenómenos? Entre otras razones, porque los colectivos que buscan (exigen, esperan) un reconocimiento de su singularidad han ido en aumento. Pero también -y este será el tema principal de nuestro artículo- porque las políticas identitarias pueden favorecer la integración, la cohesión social, como pueden contribuir a la exclusión o fragmentación de colectivos ciudadanos que, bajo otras políticas distintas se sentirían unidos. Por ejemplo, cabe imaginar más integración de la que se observa entre los propios jóvenes (de diferentes nacionalidades, estatus, profesiones o estudios), así como entre jóvenes y mayores, si el sistema social definiera con claridad el lugar de unos y otros y los procedimientos de relevo en los trabajos, las responsabilidades, etc.

Para aproximarse a los movimientos identitarios, poniendo el énfasis en las repercusiones integradoras o fragmentadoras (incluyentes y excluyentes) que tales movimientos pudieran producir en el universo simbólico y material de los jóvenes, considero necesarias, al menos, las claves que se ofrecen en las páginas siguientes.

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2. La emergencia de políticas identitarias o afirmaciones culturales y su carácter discursivo

Las políticas identitarias constituyen uno de los fenómenos que más claramente han cobrado auge en las últimas décadas del siglo XX, trasladando al orden de lo cultural, o revistiendo de luchas culturales, los enfrentamientos que, en décadas y siglos anteriores, se presentaban como luchas cuya motivación y finalidad era de naturaleza socioeconómica o nítidamente políticas.

Con las afirmaciones culturales se producen alianzas entre individuos y grupos, con los que se comparten ideas, creencias, valores, condiciones de vida, proyectos, etc., a medio o largo plazo. Alianzas con las que se afronta una situación que se pretende cambiar o mantener. Para ello, los agentes sociales procuran participar en las batallas por definir (o redefinir) el mundo social; en las luchas por establecer el significado de las cosas: mitos, ritos, símbolos, acontecimientos remotos o recientes, etc. Todo es susceptible de ser revisado, en tanto que se adopta una perspectiva antes inexistente o, al menos, desconocida.

Los saberes históricos, jurídicos, políticos, antropológicos, lingüísticos, etc. se replantean desde puntos de vista acordes con las nuevas identificaciones reivindicadas; y, desde los valores que se consideran propios de quienes mantienen esa identidad, se juzgan las más variadas prácticas sociales, (especialmente, aquellas en las que interaccionan los sujetos que tienen en más alta estima lo que les identifica o les diferencia de otros: sean varones y mujeres, homosexuales y heterosexuales, cristianos y musulmanes, o blancos y negros).

Esas revisiones y juicios de valor forman parte de las peleas por imponer descripciones de cómo es el mundo y lo que en él acontece; y, más concretamente, de cómo están conformados los grupos humanos y de cómo deberían estar, en función de sus orígenes, de sus circunstancias presentes o de sus proyectos.
Para ofrecer visiones del mundo, quienes lideran algún colectivo, o aspiran a hacerlo, proponen di-visiones sociales con el fin de que sean asumidas, en primer término por quienes están considerados miembros del colectivo, dotando de sentido a su vida, a las relaciones internas y externas del grupo y, en general, a su vinculación con un entorno natural y social. Quien de-fine señala los fines o fronteras, ya sea de un territorio, de una edad, de una profesión, de una etnia o de cualquier entidad que adquiere la condición de existente para quienes aceptan la definición propuesta o impuesta con mayor o menor autoridad.

La aceptación de una definición da carta de naturaleza a la cosa definida y permite, desde ese momento, reclamar su reconocimiento y las consecuencias que de tal reconocimiento pudieran derivarse. Por ello, los reclamos identitarios tienen carácter performativo, en la medida en que sean convincentes. Se trata de discursos que instituyen, para empezar "lo que aparentemente describen o designan" (Bourdieu, 1982).

Pero no terminan ahí, evidentemente, sus efectos sociales una vez reconocida su legitimidad. Esa nueva división (social, como todas) del mundo podrá motivar acciones y dinámicas que terminan afectando a la organización social preexistente, promoviendo enfrentamientos o consensos, derribando o levantando instituciones, cambiando legislaciones, etc. Transformaciones en el orden social que pueden llegar a proporcionar un lugar más relevante del que tenían anteriormente a ciertos elementos objetivos (una lengua o una religión sobre la que se ha edificado cierta cohesión social), pero también a elementos más bien subjetivos e imaginarios (p. e., "una forma de ser"). En todo caso, con independencia de cuáles sean las transformaciones que se consigan, el primer paso en esa dirección suele consistir en elaborar productos comunicativos con palabras, imágenes, fotografías, signos de todo tipo, con los que se intenta expresar qué posición ocupa el grupo referenciado en el entorno social en que se inserta. O, dicho de otro modo, de qué manera se relaciona con otros; lo que también es cambiante. Por ello, los relatos orientados a ganarse la legitimidad de la identidad que se defiende han de hacer compatibles las interpretaciones de lo que sucede en el presente y de lo ocurrido en el pasado.

Tal vez la modalidad discursiva donde mejor se percibe el esfuerzo por mantener la pretendida coherencia y continuidad del grupo a lo largo del tiempo, sea la que tiene por objetivo informar de su historia. En esta clase de narraciones se cuenta de qué manera ese grupo se ha reproducido hasta llegar a ser lo que hoy es, sobrevalorando su continuidad (sus semejanzas entre lo que fue y lo que es) y minusvalorando sus discontinuidades, transformaciones, mezclas, etc. (sus diferencias entre lo que es y lo que fue).
Pero, además de los relatos históricos, hay otras modalidades comunicativas con las que se manifiestan y se conforman (performativamente) las identidades. En las sociedades industriales, donde tanto se ha temido y se teme la homogeneización cultural como efecto de las comunicaciones de masas, se han desarrollado tanto los medios en las últimas décadas que todos los colectivos, organizaciones, grandes y pequeñas, formales e informales, se han convertido en editores y emisores de productos comunicativos orientados a influir en las visiones del mundo de propios y extraños. Los analistas de la producción de comunicaciones tienen por delante la tarea de investigar cómo se planifican, se desarrollan, se reciben y se usan tales construcciones simbólicas; y cuáles son los efectos que producen y el modo en que se producen.

Naturalmente, esos efectos dependen de múltiples circunstancias que confluyen en los mismos sujetos. Por ejemplo, los jóvenes, adolescentes y preadolescentes son consumidores de películas, viñetas, cuentos, canciones que reciben por distintas vías: desde la lectura paterna hasta la consulta de Internet, pasando por la atención en la escuela. Variados elementos comunicativos intervienen en la percepción de sí mismos y de otros, además de la observación y de la acción, sin que pueda afirmarse que, para la conformación de su identidad personal o de su(s) identidad(es) grupal(es) resulta más determinante, o tiene más impacto en su desarrollo, lo que hacen (solos o con otros), lo que observan o lo que llega hasta ellos por vía comunicativa (lecturas, conversaciones, etc.), sin olvidar las características de su familia y, en general, de su entorno vital.

Por ejemplo, entre los niños y adolescentes que habitan las zonas periféricas de los núcleos urbanos y pertenecen a las clases sociales más bajas, la televisión contribuye a conformar la percepción que tienen de sí mismos más que las instituciones educativas. Antes de que los docentes de la escuela formal intervengan en la formación cultural de muchos preadolescentes, éstos han aprendido (o han creído aprender) ciertas cosas del mundo exterior a su casa: han conocido la existencia de otras condiciones de vida, de profesiones distintas a la de sus padres, de habilidades que ellos no tienen, de agrupamientos de los que no participan, de afinidades, ayudas, solidaridades de las que ellos no se benefician.

Elementos tan dispares como los mencionados, quizá no les permitan articular una representación de quiénes son ellos mismos y qué posición material y simbólica ocupan en la sociedad, pero les colocan ante sí mucho de lo que no son, el espejo en el que no pueden mirarse, lo que no está a su alcance y, probablemente, no lo estará nunca. Aquello de lo que están excluidos y por tanto aquello con lo que no pueden identificarse.

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3. La naturaleza contingente y mutable de las identidades

Las descripciones de los distintos grupos humanos cambian, porque todo grupo -sus prácticas, sus relaciones, internas y externas, su percepción de sí mismos y de los demás grupos, etc.- tiene una naturaleza histórica. Consecuentemente, lo que un grupo dice de sí mismo, a través de sus portavoces, y lo que otros dicen de ese grupo se modifica a la vez que se transforman otras circunstancias de tiempo y lugar (p. e., los aconteceres o los destinatarios de la enunciación). Valga como ejemplo, un cambio observado en los discursos de Jordi Pujol, Presidente de Generalitat de Cataluña entre 1980 y 2003. Quien había defendido durante décadas que la identidad de Cataluña se basaba en "la voluntad de ser", pasó a defender una identidad fundamentada en criterios étnicos, alertando de los peligros de la inmigración y del mestizaje: integración de los recién llegados, sí, pero "sin necesidad de llegar al mestizaje"1. Es decir, integración como asimilación porque, de otro modo, "se rompería el país". "Ser o no ser" catalán (en este caso) depende del criterio de demarcación utilizado por el líder del nacionalismo en cada circunstancia espacio-temporal.

Los cambios y el propio aumento de los grupos, comunidades, pueblos que dicen tener señas de identidad distinguibles se ven favorecidos, entre otras razones, porque también se han incrementado: (a) los criterios de demarcación entre unos colectivos y otros; y (b) las posibilidades expresivas de los actores sociales.
(a) Además de definirnos o no como joven, mujer o varón, podemos presentarnos ante otros (o ser reconocido por ellos) como miembros de una familia, de una asociación, de un grupo de amigos; como estudiantes o trabajadores de tal o cual profesión; como aficionados a cierto tipo de música, cierto deporte o espectáculo; practicantes de determinado culto religioso, etc., etc. Cada uno de los ejes de diferenciación ofrece a los sujetos sociales rasgos distintivos de mayor o menor valor simbólico, a través de sus mitos y sus ritos.
(b) En nuestra época, no sólo abundan las fuentes informativas disponibles para nutrirse y conformar lo que podríamos llamar "una identidad a la carta", si así se deseara (ni enteramente marxista, ni íntegramente católica, ni absolutamente feminista, etc.). También son muy abundantes las modalidades y las libertades expresivas de las que pueden hacer uso los individuos y los grupos en sus esfuerzos por lograr la cohesión interior y el reconocimiento de propios y extraños; máxime cuando se fomentan celebraciones de la diversidad.

Charles Taylor ha explicado por qué "la identidad", tal como se la entiende en la civilización moderna, ha requerido que quedara atrás una acepción del término como universo moral vinculado al destino del individuo (dictado por su clase) y que tuviera lugar una "revolución expresionista"… "que reconocía en todo individuo una original manera de ser, y que lo conmina a llevarlo a cabo en toda su especificidad, antes que a amoldarse a un modelo impuesto desde el exterior" (2000: 30-45). Por tanto, ya no se trata (para los individuos) de tener una identidad prescrita, sino más bien una identidad buscada o inventada, una identidad que deberá delinear y construir el propio sujeto.

Los elementos que se manejan para la construcción de una identidad determinada son elegidos entre los que están disponibles; y los disponibles aumentan cuando así lo permiten las fuentes informativas que los sujetos tienen a su alcance. Por esta razón, hoy más que en ninguna época anterior encontramos tantas referencias a identidades mestizas, hibridaciones, etc. y, quizá porque estas mezcolanzas están siendo experimentadas por muchos individuos y generan incertidumbres, adquieren más vigor los movimientos en pro de identidades estables y duraderas. La globalización informativa dificulta enormemente la estabilidad de las identificaciones, pues lo que facilita son las mutaciones y los deslizamientos de unas a otras, según las percepciones, convencimientos o necesidades que, en cada momento y lugar, sientan los sujetos.
¿Demasiado poder de definición para el individuo? Pues quizá no (siguiendo a Taylor), si se piensa que nuestra identidad, en tanto es social, además de definirla y asumirla, hay que pactarla con otros cuyo reconocimiento pretendemos; no podemos imponerla arbitrariamente. Para empezar, hay que negociar las denominaciones y los rasgos identitarios.

a) la negociación de las denominaciones

Quienes pretenden la distinción y aquellos otros con los que se relacionan, y que pueden rechazarla, o aceptarla, en todo o en parte, no siempre están de acuerdo en el nombre con el que sería posible designar al grupo y sus miembros. Los miembros del grupo (especialmente, sus líderes) miden las ventajas y desventajas de cada denominación posible, para abrirse paso en el presente y proyectarse hacia el futuro; al tiempo, otros actores sociales de su entorno también eligen la manera de referirse a ese colectivo: por ejemplo, "grupo separatista vasco" y "banda terrorista" son dos formas de nombrar desde fuera a la misma entidad, que decidió constituir una organización con el nombre de "Movimiento de Liberación Nacional Vasco". Algo parecido ocurre cuando a una determinada generación juvenil se denomina como "generación X", "generación @" o "generación ni - ni" o de cualquiera otro modo que parezca apropiado para quien la nombra. Etiquetas mediáticas como las mencionadas quedan sin contrarrestar porque "la juventud" o "lo juvenil" son expresiones (generalmente, de adultos) con las que se hace referencia a condiciones existenciales muy variadas: una forma de pasar el tiempo libre, un estilo de consumo, una dependencia económica de sus padres, una manera de hablar, de vestir, de gesticular, de trasnochar, etc.

En este caso el sujeto colectivo nombrado es tan amplio y diverso que no reacciona como grupo organizado para pedir que se le nombre de una determinada manera. A lo sumo, algunos sectores de jóvenes y de adultos procuran dar a conocer los argumentos para evitar que queden colgados a la juventud ciertos sambenitos como "perezosos", "acomodaticios", "consumistas", "incapaces de ganarse la vida" o "carentes de valores" que muchos jóvenes interiorizan como propios. Los rasgos positivos de un colectivo suelen ser manifestados y defendidos cuando se trata de un colectivo organizado; lo que no es el caso del conjunto de los jóvenes.

b) la negociación de los rasgos

Las organizaciones se presentan en el espacio público como entidades diferenciadas por una historia común, unas experiencias singulares, unas características étnicas, quizá una lengua o una religión que les ha cohesionado. Rasgos de los que se nutren los individuos para conformar sus identidades sociales. Y, por ello, rasgos que pueden ser asumidos por todos, por muchos o por pocos de los miembros del colectivo. Pero, si son asumidos por pocos, esa identidad colectiva será una propuesta con menos posibilidades de subsistir que otra "identidad" del mismo grupo constituida con elementos que una gran mayoría considere importantes para reconocerse en ellos y ser reconocido por ellos. Para hacerse oír, ganarse la legitimidad como grupo, expresar su visión de las cosas, plantear sus reivindicaciones o llegar a acuerdos con otros colectivos mayores o menores, todo colectivo está interesado en mantener la mayor homogeneidad posible2.

La homogeneidad es la mejor carta de presentación para afirmar una "identidad" específica ante los demás colectivos y la sociedad, en general; y ello se consigue a costa de ocultar la diversidad interna o, si se prefiere, de ocultar otras identidades de las que participan los miembros del grupo referente. Así, por ejemplo, cuando se afirma que el catolicismo ha configurado la identidad nacional española durante siglos, se dejan de lado las muy variadas maneras de ser católico y la presencia de otras confesiones religiosas. En casos exagerados, no sólo se oculta, sino que se tergiversa por completo el sentido y el peso de esas otras presencias que parecen estorbar para presentar una identidad diferenciada y sin fisuras. Como cuando se señala que los latinos eran en Euskadi una civilización de paso, situándoles, de este modo, fuera de lo esencial vasco.

Los esfuerzos por mantener, rescatar o promover las identidades colectivas están orientados a persuadir de que hay un grupo humano (p. e., negros americanos, judíos franceses o nacionalistas vascos) que ha permanecido más o menos sin cambios cualitativos, aunque haya cambiado el entorno en el que ese grupo se ha desenvuelto y, por tanto, sus relaciones externas. Sin embargo, cuando los cambios son de gran magnitud, los esfuerzos también han de incrementarse porque es entonces cuando la "identidad" corre un riesgo mayor de diluirse. Ante tal circunstancia, se ponen en marcha estrategias de adaptación, dado que no es posible mantener la identidad como si consistiera en una esencia inmutable. Michel Wieviorka se ha referido a esta cuestión en términos de tensión entre dos lógicas:

Lo propio de las identidades colectivas es estar bajo tensión entre lógicas de cierre y lógicas de apertura, y esas tensiones revisten una forma que varía constantemente, que no se estabiliza jamás (Wieviorka, 2001)

Forma parte de la lógica de apertura el recurso a la articulación de más de un criterio de identificación: un grupo de sujetos que deciden unirse y alzar su voz conjuntamente para mejorar su situación en el plano político, económico, cultural, etc. puede aparecer cohesionado por rasgos etnoculturales y, a la vez, ideológicos, para constituir, por ejemplo, un partido político y definirlo como nacionalista de izquierdas, o (con otros criterios) una asociación que se llame de mujeres inmigrantes maltratadas de la región X.

En la tensión entre lógicas de cierre y lógicas de apertura, la identidad juvenil -cuando se defiende por parte de los jóvenes- tiene que enarbolar mucho más la de apertura y adaptación permanente a los cambios. Los esfuerzos por aparentar homogeneidad y ocultar la diversidad interna son difíciles de sostener, pues, aunque hay lógicas de mercado que empujan por hacer visibles las similitudes entre jóvenes (de clase media, principalmente), también se ponen muchos medios al servicio de la fragmentación y la promoción de clasificaciones que, mezclando criterios, distinguen entre pijos, heavies, skin heads, hackers o posmodernos, entre decenas de clichés sobre sus formas de vestir, géneros musicales preferidos y modas de toda índole.

Hay variedad incluso en los modelos de jóvenes que presenta la televisión. Como señala Julio Vera Vila:

La representación de la juventud en las series de televisión ha experimentado algunos cambios acordes con la evolución social, dando cabida a una variedad de modelos más rica y plural de la que podíamos encontrar hace sólo unos años. Si bien sigue predominando el prototipo de joven occidental de clase media, ahora está representado con matices que incluyen una mayor diversidad de situaciones típicas de su edad. Por supuesto sigue habiendo una juventud invisible, de la que apenas sí se da noticia en los informativos o en las propias series y que cuando aparecen suele ser de forma negativa o extremadamente simplista. Son los jóvenes obreros, los marginados, los inadaptados, o los que representan tendencias ideológicas muy minoritarias (2005: 27).

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4. Las identidades (m)atan y desatan

Las identidades colectivas son combinaciones de elementos, fruto de las situaciones, las experiencias, las posiciones sociales, las opciones elegidas, los contextos históricos, geográficos, etc. Las múltiples combinaciones dan lugar a otras tantas formas de sentirse joven, como de sentirse mujer, anciano, socialista o venezolano.

La confluencia de diversos criterios de identificación se produce también, naturalmente, en el caso de las identidades individuales. En las sociedades modernas es donde existen más posibilidades de conformar una identidad individual con múltiples elementos sociales, así como de ensamblarlos y jerarquizados de maneras diferentes. Así lo hacen quienes se toman la libertad de apropiarse de unos rasgos identitarios de distintas procedencias y rechazar otros, asumiendo los riesgos de las pertenencias variadas y cambiantes. En ciertos casos, la pertenencia simultánea a diferentes colectivos de similar importancia simbólica para el individuo (género, afinidad ideológica, lugar de procedencia, etc.) da lugar a situaciones que generan problemas psíquicos a sujetos sometidos a dobles o triples vínculos (es el caso de quienes han emigrado de un país a otro, donde los códigos culturales son diferentes).

Frente a esta opción, cabe señalar su opuesta: la de quienes asumen los riesgos de una identificación fuerte con un solo colectivo (etnia, clase, secta, tribu urbana o pandilla) que les acoja, les proteja, les dé y, a la vez, les exija todo, con la consiguiente renuncia a una identidad social propia del individuo, por mor de una completa identificación con un grupo.

Suele afirmarse que son de esta naturaleza las elecciones de muchos adolescentes: aquellos que encuentran vital (o cuestión de supervivencia) integrarse en un grupo hasta el punto de diluir u ocultar la propia personalidad. Estas son las identidades que atan y, en los casos extremos, matan. Son identidades asesinas (Maalouf, 1999). Nunca deben olvidarse los genocidios, las limpiezas étnicas, tan contemporáneas nuestras como los procesos en sentido contrario: las vinculaciones y desvinculaciones voluntariamente elegidas; esas otras prácticas sociales que desde tiempo atrás vienen propiciando los núcleos urbanos y las tecnologías de la información y la comunicación, lo que Javier Echevarria (1999) ha llamado el segundo entorno (la ciudad construida sobre el campo, que sería el primer entorno) y el tercero (que habitualmente se llama "virtual" por no tener una dimensión física medible como los dos primeros).

El segundo y el tercer entorno ofrecen la posibilidad de aflojar unos vínculos con las comunidades de origen y las cercanas territorialmente y al tiempo (a veces, fuerzan la necesidad) de estrechar vínculos con colectivos de otra naturaleza, incluidos los que, a su modo, cumplen funciones similares a las de una familia (de cobijo, protección, ayuda mutua, sentimientos de hermandad), con tal de evitar la sensación de verse sólo frente al mundo.

Internet ha potenciado muchísimo las posibilidades de conocer y formar parte de grupos que poco o nada tienen que ver con la cercanía territorial y familiar, así como las posibilidades de recuperar identidades y vínculos familiares ya muy debilitados, si bien se trata de una recuperación que no restablece las fuertes ataduras de las comunidades de origen ajenas a las voluntades individuales. Internet, siendo un gran escaparate de casi todo, lo es también de gente con sus afinidades.

Lo que se ha incrementado infinitamente son las posibilidades de unirse a otros por afinidades electivas y, en esa medida, construir identidades y relaciones sociales no muy firmes ni muy estables necesariamente. Así ocurre, con los seguimientos de los blogs, en los que durante algún tiempo se participa con mucha motivación y luego se abandonan; o con las plataformas conocidas como "redes sociales" en las que participan los jóvenes y adolescentes (twenti, facebook, etc.): no atan, no sujetan a los sujetos sociales; no los atrapan en la red: igual que se entra en ellas, se sale de ellas. Aunque en algunos casos puede resultar complicado darse de baja completamente (y seguro que los usuarios no desaparecen sin dejar rastro), es bastante habitual dejar la cuenta inactiva durante largos periodos de tiempo.

Con el acercamiento a personas con intereses, ideales o gustos afines, se establecen nexos frágiles, débiles, de compromisos limitados; y por tanto identidades sociales ligeras, volubles, modificables sin grandes traumas. (No es lo mismo ser miembro de una red de amigos que ser miembro de una Iglesia o socio de un club de futbol en el que le meten los padres). Identidades sociales contingentes, pero de gran valor simbólico para el individuo, puesto que le proporcionan caminos para su proyección y parámetros para su autoestima (me veo y me ven con muchos amigos o con pocos). Devienen elementos definitorios de sí mismos ("no soy nada sin mi celular, el Internet y mis redes sociales"3) y definitorios de los otros con los que se relaciona ("si no estás en MySpace, no existes"4).

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5. Las identidades son instrumentos para la interacción social

Las identidades, como concepto y objeto de estudio, han cobrado auge en las últimas décadas del siglo XX y no parece que estén declinando. Al contrario, lo que se aprecia es más bien su permanencia y expansión en los ensayos (filosóficos, antropológicos, sociológicos, políticos) y en los foros públicos de diversa índole. Las rebeliones de los colonizados, las reclamaciones de igualdad de derechos, las migraciones, algunas de las acciones terroristas o algunos de los atrincheramientos en determinados territorios o ámbitos de poder han contribuido al relieve de las políticas y reivindicaciones identitarias, que son, a la vez, materiales y simbólicas. Tienen en su horizonte, cambios en las estructuras sociales, asociados a cambios supraestructurales.

De carácter simbólico y material son los reclamos de las minorías étnicas, religiosas o políticas; de las organizaciones feministas, homosexuales o ecologistas; de los nacionalismos, regionalismos y localismos. Actores y movimientos sociales que pretenden un lugar al sol del mundo globalizado. Pero no cualquier lugar, sino el que consideran que les corresponde en concordancia con las tradiciones (reales o inventadas) que esgrimen, los derechos históricos de los que dispusieron alguna vez en un territorio; o, más ambiguamente, los modos de ser o las formas de relacionarse que, supuestamente, serían peculiares de un conjunto de seres humanos. En fin, colectivos organizados de sujetos que piden espacio para actuar en sociedad, pero no desde la condición de individuos que reclaman el trato digno y el cumplimiento de los derechos humanos universales, sino desde la agrupación que se ha dotado de una particular visión del mundo y con ella da sentido a sus situaciones, experiencias y prácticas sociales.

Las identidades se manifiestan y se legitiman a través de prácticas diversas, generalmente prácticas comunicativas, actuaciones con las que muchas veces no se obtiene un beneficio material inmediato ni directo. A los participantes de la acción les puede bastar con obtener de ella un beneficio simbólico hacia dentro del grupo (en pro de la cohesión) o/y hacia fuera (buscando el conocimiento y reconocimiento externo).

Quienquiera que repase (parcialmente, por supuesto) la abundante bibliografía acumulada sobre los temas que de alguna manera se relacionan con tales procesos (sentimientos de pertenencia, reivindicación de reconocimiento, proyectos políticos, etc.) se encontrará con toda clase de valoraciones sobre el intento de explicar las cuestiones sociales con el recurso al concepto de identidad: desde quienes piensan que se trata de un ardid esencialmente reaccionario5, hasta quienes lo juzgan imprescindible para entender las motivaciones y los procedimientos de la acción colectiva en el mundo contemporáneo.

No resulta de mucha utilidad distinguir entre identidades reales e identidades virtuales, como si pertenecieran a dos planos que nunca se encuentran porque uno es físico y otro no lo es. Toda identidad, como toda comunidad, es imaginaria; y, en la medida en que es reconocida por los demás, forma parte de la realidad donde tienen lugar las interacciones y las relaciones sociales. Las identidades son instrumentos para conseguir algo en los procesos de interacción. Se conforman comunicativa y cognitivamente de acuerdo a unos objetivos que se pretenden lograr, sean simbólicos, materiales o ambas cosas a la vez. Los objetivos pueden ser distintos según con quién se interactúe, o algunas otras circunstancias (el tiempo, el lugar, los deseos, etc.) y, por ello, varían las construcciones identitarias.

En el caso de los actores que se expresan en redes sociales de Internet, se cambia el nick, se proporciona otra información sobre uno mismo, la edad, el estado civil, los gustos, las aficiones, las necesidades; "elementos que, en suma, pretenden contar nuestra matriz identitaria para producir un efecto sobre "el-otro"; aunque muchas veces esta estrategia puede estar basada en la evasión, o mejor en la omisión de los datos" (Arcila, 2009). En definitiva se elige otro "yo", otra forma de aparecer en sociedad, confeccionada para la ocasión; nueva forma que los demás actores deberán respetar como tal y no desvelar su correspondencia con una forma anterior, salvo que decidan no jugar con las mismas reglas.

Los jóvenes manejan más la performance de identidades en esta clase de interacciones donde se juegan la consecución de objetivos individuales o grupales, pero no la transformación de estructuras sociales, como se pretende con otras políticas identitarias (ciertos nacionalismos, indigenismos, fundamentalismos religiosos, etc.). No existe un movimiento juvenil que exprese un proyecto de identidad como puede hacerlo el movimiento Mapuche. Pero sí existen productos culturales por los que sienten y manifiestan afinidad -de donde extraen recursos simbólicos con los que elaboran identidades grupales- y formas de expresión con las que los jóvenes ganan autonomía colectiva, distanciándose de sus mayores, como veremos en el epígrafe siguiente.

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6. Los jóvenes abren espacios y modalidades expresivas con las que aumentan su distanciamiento cultural de los mayores

Organizaciones mediadoras como las productoras de prensa, radio, televisión, cine y música ofrecen representaciones de la juventud que pueden ser aceptadas (en todo o en parte) o no aceptadas por sus destinatarios. Una mayoría de jóvenes suele percibir los medios de comunicación "convencionales" o "unidireccionales" como manipuladores, influyentes, y, por ello mismo, poderosos vendedores de imágenes estereotipadas de la juventud. Por esta razón, se apartan relativamente, al menos, de unas formas de ver, oír o leer muy respetuosamente, propias de sus padres y abuelos. No obstante, jóvenes adolescentes y preadolescentes atienden y consumen los productos de las industrias culturales (sean discos o video clips, comics o cine de terror) y, en un cierto sentido, somos lo que consumimos más lo que hacemos con aquello que consumimos.

En esta línea, si nos referimos a productos comunicativos a los que los jóvenes y adolescentes prestan atención (series en las que ven reflejadas ciertas vivencias, revistas donde los famosos aparecen como modelos6, etc.), parece razonable pensar que alguna influencia tienen sobre ellos, aún cuando se trate de jóvenes con formación universitaria y capacidad para analizar esas representaciones y reconocer las deficiencias y simplificaciones de que adolecen.

La investigación patrocinada por el Injuve (Instituto de la Juventud de España), con el título Juventud, Sociedad de la Información y Relaciones Familiares7  se llevó a cabo con el objetivo de comprender el papel de la familia como instancia mediadora en la influencia de ciertos medios de comunicación (televisión, Internet, teléfono fijo y móvil) sobre las relaciones familiares que mantenían los jóvenes españoles con los mayores de su familia.

En ese momento (2003) aún había más personas que consideraban "muy necesario" o "bastante necesario" el televisor que el ordenador, pero ya era previsible que, en poco tiempo, ocurriera a la inversa. El cambio lo anunciaba la condición de jóvenes y preparados académica y profesionalmente de quienes estaban apartándose del televisor y acercándose al ordenador.

En la empatía de los jóvenes con la cultura tecnológica, que va de la información absorbida por el adolescente en su relación con la televisión a la facilidad para entrar y manejarse en la complejidad de las redes informáticas, lo que está en juego es una nueva sensibilidad hecha de una doble complicidad cognitiva y expresiva: es en sus relatos e imágenes, en sus sonoridades, fragmentaciones y velocidades que ellos encuentran su idioma y su ritmo. Estamos ante la formación de comunidades hermenéuticas que responden a nuevos modos de percibir y narrar la identidad, y de la conformación de identidades con temporalidades menos largas, más precarias pero también más flexibles, capaces de amalgamar, de hacer convivir en el mismo sujeto, ingredientes de universos culturales muy diversos (Martín-Barbero, 2002).

Si queremos conocer en profundidad el modo en que los jóvenes se socializan y, dentro de este fenómeno, el modo en que construyen identidades para relacionarse con el resto, necesitamos seguir observando los medios de comunicación que utilizan los jóvenes de ambos sexos y de todas las condiciones sociales y el uso que hacen de ellos.
En ese afán de continuar las observaciones sobre el uso de los medios, y especialmente de los más novedosos, emprendimos en 2007 el estudio Comunicación y lenguajes juveniles a través de las TICs, al entender que en los jóvenes se hacían más visibles los nuevos lenguajes, no sólo orales, sino también escritos, que ciertas tecnologías como el SMS o los chat de Internet estaban promoviendo. Los jóvenes se estaban apropiando de unos canales comunicativos por donde circulan visiones del mundo ajenas al control y la centralidad de las escuelas, institutos y universidades.

Ciertamente, son visiones del mundo fragmentarias, contradictorias, desorganizadas en su gran mayoría; pero no dejan de ser representaciones de la realidad sobre las cuales, además de leer y oír, hablan y escriben; debaten en los chats, los foros, los blogs y toda clase de sitios web en los que se juntan y se enredan con otros; que, probablemente, es su motivación más fuerte. Es decir, son modos de socializarse que escapan al control de la Iglesia y de las instituciones escolares, antaño reconocidas como fuentes legítimas del saber sobre la vida y el conocimiento que habilitaba para ir escalando posiciones en la sociedad.

El estudio Comunicación y lenguajes juveniles a través de las TICs concluía recomendando:

(…) reflexionar sobre los nick como fenómeno que está haciendo aflorar una especie de otro yo, algo diferente del sujeto social que se mueve en el entorno físico, pero que se mantiene (en unos casos más tiempo, en otros menos) en el espacio virtual de la Red. Y ese mantenimiento supone un esfuerzo cognitivo y expresivo digno de observación y estudio. Al margen de que sea (o no) indicativo de necesidad, creatividad, etc. (como en la ficción literaria), desde el punto de vista sociológico, asistimos a procesos de construcción de sujetos sociales que estructuran y desestructuran relaciones con otros; cambios que pueden representar mucho en la vida de los agentes de carne y hueso para quienes el ritual de encontrarse (o hacer que su personaje se encuentre) con otros personajes (creados por otros comunicantes) está cargado de emotividad" (Bernete, 2007: 89)

Las TIC facilitan ahora otra experiencia de la vida. La política y la economía, la amistad y la sexualidad, la sanidad y el arte se aprenden, se aprecian y se desprecian usando las TIC, que se han convertido, por tanto, en elementos constituyentes de la cultura de quienes ahora son jóvenes (nativos digitales, en los términos de Prensky, 2001) y elementos transformadores de la cultura de sus mayores (inmigrantes digitales).

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7. Discusión

Volvamos, para concluir, a nuestra pregunta inicial. ¿Existe una identidad juvenil? Es característico de los jóvenes de todas las épocas que busquen abrir espacios propios, para la acción y la comunicación con sus iguales, donde no entren los mayores, pues ello menoscabaría su autonomía. Hasta no hace mucho tiempo, con la maduración del joven o la joven y su integración en los ámbitos donde asumían responsabilidades, las diferencias respecto de los mayores se iban reduciendo en el entramado de la sociedad adulta. Pero este proceso no está claro que se produzca en nuestro tiempo de un modo similar, pues los más jóvenes son también los más impregnados de la clase de conocimientos que se necesitan para abrirse camino en la sociedad actual, la llamada "cultura digital", sus lenguajes, sus posibilidades de desarrollo y expansión. Los mayores van a remolque y tienen que aprender de los jóvenes, haciendo un esfuerzo enorme para aprender a hacer cosas que los chicos y chicas aprenden jugando y divirtiéndose.

Los jóvenes abren más y más (ciber)espacios para su autonomía, usando su ventaja de conocimientos en el manejo de las TIC. Un desfase tecnológico que bien pudiera guardar una estrecha relación con el mayor distanciamiento cultural entre generaciones, aunque siempre experimentado según las condiciones materiales en que viven los jóvenes y sus mayores.

Con el estudio Juventud, Sociedad de la Información y Relaciones Familiares (Lorente et. Al, 2004) se comprobó que la brecha principal es la que separa a los ciudadanos de estatus socioeconómico más bajo respecto de todos los demás. Se trata de aquellos que, además de vivir de espaldas a Internet, con lo que tal condición pueda comportar en la práctica (carencia de información, pérdida de oportunidades, etc.) sienten que son, o van a ser, señalados, hasta en los círculos familiares, como deficientemente integrados en sociedad, por no estar insertos en la red universal de comunicaciones.

Cabe concluir señalando que, en cuanto a las repercusiones integradoras o fragmentadoras (incluyentes y excluyentes) de este desfase tecnocultural entre jóvenes y mayores, la Sociedad de la Información y, en particular, algunas de sus instancias socializadoras, tiene ante sí un problema que es una nueva manifestación de la desigualdad social: el desarrollo y la implantación de las TIC en todos los ámbitos de la producción y la reproducción social pueden contribuir a la exclusión de quienes aprendan más tarde su manejo. En la mayor parte del planeta, sólo una minoría se las encuentra en casa al nacer y se familiariza con ellas al tiempo que lo hace con el resto del mobiliario (como antes sucedió con el radio transistor y el televisor, por ejemplo).

Los poderes públicos se encuentran ante el reto de diseñar políticas de integración de todos los niños y niñas en una sociedad donde ya apunta una nueva forma de división entre quienes desde muy pequeños conocen el mundo, trabajan, compran, oyen música o se divierten a través de las TIC y quienes llegarán a hacerlo más tarde. La forma apresurada de dar ordenadores a los escolares españoles, antes de que los profesores y gestores de la educación hayan planificado cómo incorporar estos instrumentos a sus labores didácticas parece reflejar, al menos, un cierto intento de evitar la exclusión de los nuevos jóvenes del sistema productivo, conformado ya sin vuelta atrás sobre la base de un sistema tecnológico-informacional.

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8. Referencias Bibliográficas

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NOTAS

1. Conferencia pronunciada por Jordi Pujol en agosto de 2004, en la Universitat Catalana d'Estiu.

2. Algunas entidades escapan de esta pauta: no pretenden una gran homogeneidad interna, como vía para afirmar su identidad, cuando sus portavoces manifiestan que es la diversidad interna (no la homogeneidad) su principal seña de identidad (como suele señalarse en la ciudad y en la Comunidad de Madrid). Naturalmente, esto no significa que allí donde se enarbola con orgullo la bandera de la diversidad no existan problemas de exclusión social, puesto que tal fenómeno no está relacionado sólo con las políticas identitarias.

4. Dijo Skyler, de 18 años, a su madre, Kathy Sierra, investigadora interesada en la inteligencia artificial desde que fuera desarrolladora de juegos. Citado por Danah Boyd (2007)

5. Cf., por ejemplo, el epílogo de Félix Ovejero al libro ¿Tercera Vía o neoliberalismo? Martín Jacques (comp..), Barcelona, Icaria, 2000.

6. Véase, por ejemplo, el libro de Juan F. Plaza (2005).

7. El estudio (publicado con el título Jóvenes, Relaciones Familiares y Tecnologías de la Información y la Comunicación. Lorente et. Al, 2004) incorporaba la realización de grupos de discusión, como técnica cualitativa previa a la elaboración de hipótesis y, posteriormente, la explotación de una encuesta a la población española de ambos sexos de 15 a 64 años, residente en ciudades de más de 50.000 habitantes y capitales de provincia. Muestra de 1918 entrevistas.

 

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