Vol. 30, núm. 2 (2012)


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GALERÍA LATINOAMERICANA DE ARTE

Imagen de cubierta: “Puente campesino”, Alejandro Vivas Benítez.

Esta pintura de Alejandro Vivas es una invitación a la ensoñación y al desciframiento. Personificando el mundo inerte, dándole vida y palabra a un puente, el autor recrea el motivo del beso, del enamoramiento, del amor platónico. Ya quisiera este puente besar a su río y, sin embargo, por mucho que logre plegarse, tenderá a dejar de ser puente –a romperse o desestructurarse- con lo cual su naturaleza estaría seriamente afectada. Por ello, en la composición, queda en suspenso la intención y provoca una intensión, en el sentido de IN- TENSUM, en donde al puente enamorado no le queda más alternativa que dejarse estar en su propia circunstancia.


Imaginativo y de un atrevimiento dulce, este cuadro de tipo romántico es una recreación de dos naturalezas, a saber, la naturaleza humana, terca y endurecida por la piedra, la motivación y el empeño y la naturaleza del campo, sencilla y existente con una condición de por sí incuestionable que deja correr el tiempo y los acontecimientos sin premeditación alguna.
Los juegos tensivos entre lo masculino representados en el río y lo femenino, curiosamente en el puente que se vuelve boca dispuesta al beso, recrean de modo extra-género una circunstancia amorosa quizás reflexiva respecto al amor humano y amor místico por la naturaleza.

El cuadro recuerda igualmente la vieja discusión filosófica sobre los cuatro elementos y la postura de Heráclito sobre el momentum y los tiempos de un mismo río marcados por la finitud. Y siendo que la curva ha representado siempre lo femenino, este es un caso en que el puente –masculino por naturaleza- subvierte su condición, su en sí, diría Heidegger,  y se permite feminizarse, transmutarse a favor del río, de lo fugaz aparente que se perpetúa al contrario de la usanza pues este, como se ve, fluye hacia arriba, río místico quizás, como el río de Shambala.
Y aquel chamizo del fondo superior izquierdo, o este pequeño de abajo a la izquierda, o el casi inasible a los ojos de la mitad tras el puente, que recuerdan la finitud, el otoño, el final de lo que está aquí, de lo que es verde y parece perpetuarse, otra vez como una metáfora visual de la decadencia y la finitud, como un reflejo inconsciente del decaimiento del hombre, fuertemente simbolizado en lo masculino obsoleto y decadente en un entorno contradictoriamente joven y vivaz.

Las piedras, por su parte, asoman tímidamente a un escenario, coquetas y feminizadas en sus formas y en sus colores grises que contrastan con el verde del pasto, tan parecidas a los árboles bien secos, bien a la espera de otra primavera.
Por el carácter campesino tropical y colombiano que puede verse en esta escena, es un cuadro colombianísimo, andino por demás, hecho para sorprender al espectador, con una intencionalidad compleja que recrea el ser de los que no tenían voz hasta ahora, como es el caso del puente. Pero es también la recreación de un sentimiento universal, tratado también filosóficamente, que nos permite ver en este pincel mucho más que las proporciones matemáticas. Hay luz que, como se advierte, es tropical y le da un tono muy familiar al cuadro y adicionalmente una perspectiva muy bien tratada que logra diferenciar amablemente los límites visuales de las cosas que están en este universo trabajadas de manera poco egocéntrica, muy generosa y reflexiva, como se espera del acontecimiento que está puesto a disposición del criterio del espectador.
Hay en el cuadro un regocijo sereno, una armonía secreta y una resignación dulce que se extiende, mágicamente, por todo el espacio de la pintura. Será quizás el placer mismo, representado en la plenitud de una vida enamorada, como lo debe ser la vida del campo…

Dulce M. Bautista